Luis Muñoz Fernández

Hay demasiada gente que vive del cuento.Aunque no se ha medido su impacto en la economía nacional y estatal, se puede adivinar que es considerable. Sujetos de toda jaez que se distinguen por no aportar nada al producto interno bruto, salvo su propia gorronería. Viven a costa de los bienes y servicios que producimos los demás: son auténticos parásitos.

Los hay más o menos inofensivos salvo para sí mismos: los vagos que en su pereza llevan la penitencia de una vida muy precaria. Pero los más peligrosos son los que, incrustados en todo tipo de cargos de la administración pública, viven a nuestras costillas, nos torturan mientras nos depredan, gozan de sueldos considerables y hacen pingües negocios con nuestros recursos.

La palabra “parásito” tiene una historia interesante (para = al lado de; sitos = pan). Según Ricardo Soca, periodista uruguayo y autor de tres tomos sobre la historia de las palabras, los parásitos en la antigua Grecia eran “los altos funcionarios encargados de verificar la cosecha de trigo y la preparación del pan, así como los banquetes en homenaje a los dioses”. Más tarde, la palabra extendió su uso para nombrar a todo tipo de huéspedes e invitados a las fiestas y banquetes.

Hoy usamos la palabra parásito para designar a ciertos tipos de gérmenes que no sólo viven a expensas de nuestra sangre y nutrientes, perjudicándonos con su acción extractora, sino que nos molestan con su simple presencia. De hecho, una de sus principales estrategias para sobrevivir es camuflarse para pasar desapercibidos y alimentarse poco a poco de nuestra savia vital sin causarnos la muerte, prolongando hasta el límite su estancia en nuestra anatomía como auténticos polizones.

Maravilla enterarse de los ingeniosos mecanismos que han desarrollado para lograr sus fines, llegando incluso a sintonizar sus relojes biológicos para coevolucionar con nosotros. Ya nuestros más remotos y peludos ancestros africanos estaban plagados de piojos. Los acompañaron en sus dilatadas migraciones y hoy siguen entre nosotros, pero ya no tanto agarrados de nuestros cabellos o vellos corporales, sino en cómodos despachos, sintiéndose importantes, “comiendo con manteca” y muy atentos al próximo salto de trapecista, de chapulín o de pulga, según lo que pretendan, para seguir medrando a costa nuestra.

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