Moshé Leher

El jueves pasado, último día del Yom Kippur, estaba yo baboseando y cenando, serían las nueve de la noche, cuando reparé, oh Yahvé, que no había entregado -ni siquiera esbozado- mi artículo para el viernes: se me hizo un nudo en el esófago, pues yo seré lo que quieran y gusten, pero sé de las cuitas de un editor ante escritores insensibles y carentes de responsabilidad.

Podía alegar, en mi descargo, que soy un judío respetuoso de las muchas prohibiciones de la religión mosaica, una de las cuales es guardar como el día sagrado que es el Día de la Expiación, que justo terminaba al salir las estrellas de la noche del 16 de septiembre; como estaba nublado y las estrellas nunca aparecieron, podía acudir corriendo a consultar con el rabino cuál era el precepto.

También podía argumentar, de hecho lo intenté, que siendo el 16 de septiembre una fiesta mayor en el calendario cívico del pueblo mexica, yo había supuesto que era un feriado, lo que me fue desmentido, una vez que, pasada la alarma, contacté a la redacción para preguntar: a) si había edición de viernes, y b) si estaba a tiempo a escribir apresuradamente y enviar mi artículo, preguntas ambas que me fueron respondidas afirmativamente.

En lugar de andar haciendo alegaciones bembas, y falsas, pues ni tengo rabino, ni soy un judío piadoso, ni soy de los que santifican las fiestas, amén de que las fiestas patrias, y en general todas las festividades me tienen sin cuidado y me importan un rábano, me puse a escribir, justo sobre el Yom Kippur (no se me ocurrió otra peregrina idea), y ya ven, los que tuvieron la amabilidad de leerme, que salió lo que salió.

Yo que no festejé nada ni el 15 ni el 16, ni de la celebración religiosa ni de la efeméride cívica, quedé tan apurado por el trance, que me volví a la cocina y me tomé hasta tres copitas de mezcal, o hasta cuatro, o hasta cinco, sólo para quitarme el mal sabor de boca, pues no quiero pasar por un tipo de esos que asumen compromisos que luego no van a cumplir.

Ya en mi lecho, con los Cuentos de Odessa, de Bábel, en la mano y la mirada perdida, medité sobre la peculiar condición de ser judío en esta tierra en la que, cuando era niño, sólo sabíamos de los judíos por las películas sobre nazis, las películas bíblicas que daban en Semana Santa y, principalmente, por las barbaridades que decían algunos curas sobre el pueblo ‘deicida’ y las cosas atroces que escuchaba en mi entorno.

Un día un primo mío le escupió a su hermana, o eso dijo la hermana, a la sazón prima mía -muy a mi pesar-, que a gritos lo acusó con su madre, ergo mi tía -también desafortunadamente-, que a su vez lo acusó de ser ‘un judío’, lo que me dejó una imagen infantil de los israelitas (no los israelíes: aclaración pertinente), de sujetos narigudos, taimados, codiciosos y que iban por el mundo escupiéndole a quien se les pusiera enfrente.

A la pregunta, frecuente, de qué se siente ser judío en estas tierras, he de responder que nada, pues afortunadamente el común de la gente no han visto un judío en su vida, y aunque se encontraran de repente -y por una extraña circunstancia-, a un hasidím de Williamsburg en, digamos, El Parián, lo confundirían con un ropavejero, o con uno de esos extraños señores de traje negro que vieron un día que fueron a Polanco, en la capital.

Yo de hecho, es verdad, suelo ver a un judío, con todo y su kipá, por la zona del Mercado Juárez, arrastrando un pequeño muestrario de vestidos de tela barata, montado en una de esas estructuras con pequeñas ruedas, confeccionadas justo para andar por las calles arrastrando vestidos de tela barata.

Por lo demás no saben, hoy que comienza la fiesta del Sucot (o de las tiendas o los tabernáculos), que dura diez días, la tranquilidad que me da no tener aquí ni sinagoga, ni rabino, ni una congregación con la que festejar esta interminable lista de festividades, algunas de ellas con un ayuno atroz incluido, con la tranquilidad de que aquí hay como tres personas capaces de distinguir a un judío: uno que fue mesero en Vail durante un tiempo, un capitalino emigrado que trabajó para una familia de fabricantes de vestidos de tela barata, un insigne artista que es también medio hebreo -sin albur-, y yo.

¡Jag sucot sameáj!

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