Hace muchos años, cuando aún vivía el Comandante Fidel Castro, conocí en un congreso de Nuevas Tendencias del Derecho Civil al Dr. Raúl Molina, abogado argentino que representaba a Cuba y era asesor personal del primer ministro. En las diferentes reuniones nos identificamos y trabamos una relación amistosa; procurábamos tomar café juntos, comer, en fin, convivir. Una tarde, después de las sesiones académicas, en la terraza de uno de los hoteles del zócalo de la Ciudad de México, con la maravillosa vista de la Catedral y los majestuosos edificios del entorno, estuvimos platicando. Raúl ponderaba los avances de la Revolución, entre otras cosas. Me dijo: «Logramos reducir la edad de la jubilación». Le pregunté: «¿Raúl, por qué la gente se jubila en Cuba?». Se quedó viéndome con extrañeza y me explicó que era un derecho, por el cual se había luchado para mejorar las condiciones de los trabajadores, y que la Revolución había logrado muchas conquistas irreversibles. Yo le argumenté que entendía la jubilación en el mundo capitalista, donde el obrero era explotado, convertido en un engranaje más del sistema de producción, víctima de la plusvalía y donde su único «capital» era su prole; pero en un país comunista, donde los medios de producción pertenecían al pueblo, donde el trabajo era un medio de realización y no de explotación, donde había desaparecido la alienación, no entendía por qué la gente ya no quería trabajar y dejar de engrandecer a la Patria y a sus compatriotas. «No lo había visto así», me contestó, «lo pensaré».

Don Vicente Chávez era superintendente de la Maestranza, el taller de los FF.NN. de México y por las tardes presidía la Junta de Conciliación y Arbitraje para los Trabajadores. Era un hombre sensato, con sentido común, mesurado, muy listo, de buen trato y con la experiencia acumulada de su trabajo en el taller, dirigiendo y conciliando. Era un hombre sabio y me distinguió con su consideración. Me decía que le gustaba cómo litigaba, que le recordaba el estilo del Lic. Eduardo Rodríguez Láris y yo me sentía tan satisfecho como gato capón. Platicábamos mucho entre audiencia y audiencia, y no pocas veces, sin pretexto alguno, sólo por el gusto de platicar, lo buscaba en la Junta, donde se hacían tertulias entretenidas y sustanciosas. Participaban, claro, Don Pancho Herrera Limón, Don David Hernández y no faltaba algún acomedido que se entrometiera en la charla. Recuerdo que una tarde, Don Vicente, comentando acerca de los jubilados que se juntaban en la Plaza de Armas para matar el tiempo mientras llegaba la hora de cenar, nos dijo: «Jubilar a una persona que puede trabajar es un crimen, un crimen contra el trabajador y un crimen contra el país». «¿Por qué, Don Vicente?», pregunté. «Véalos usted, improductivos, oxidándose, envejeciendo sin oficio ni beneficio, sintiéndose desplazados e inútiles, y además constituyendo una carga para los que trabajan». Comprendí su punto de vista. Cuando Don Vicente se jubiló del ferrocarril, continuó trabajando y prodigando su experiencia, su talento y su sensibilidad.

Estoy convencido de que el hombre se realiza en su trabajo, a condición, claro está, de que su ocupación coincida con su vocación y en la que pueda encontrar, además de la gratificación de realizar lo que le agrada, los medios de subsistencia para una vida digna. Estoy convencido de que esa es una de las tareas del Estado, tarea fundamental: crear las condiciones y proporcionar los medios para que cada individuo pueda desarrollar sus potencialidades en beneficio propio y de la comunidad en la que vive.

México es un país extraño. Se dice que cuando André Bretón lo conoció, dijo que era auténticamente la representación del surrealismo. Tantos contrastes, tantos colores, tantos sueños, tantas expresiones artísticas, tantas frustraciones, tantas derrotas y tan pocas victorias.

Aprendí en la escuela que los mexicanos éramos valientes, éramos patriotas, éramos esforzados. Que el país era un cuerno de la abundancia, que teníamos lo mejor del mundo y que la Virgen de Guadalupe, lo que no había hecho igual con ninguna otra nación, excepto algunas más que tomaron como divisa el mismo salmo. Peccata minuta. Aprendí que no había pueblo más ingenioso y amante de la libertad que el mexicano, que éramos el resultado del crisol de razas, de águilas y leones. Que cada uno de nosotros había nacido soldado, dispuesto a dar la vida en el altar de la patria ante la presencia de los extraños enemigos.

Todo eso lo aprendí y lo creí a pie juntillas, y a partir del ’68, que fue un terrible parteaguas y empezó una gesta para sacudirnos un gobierno autoritario, autocrático y populista, estuve convencido de que efectivamente los mexicanos encarnábamos todo eso.

Extraño país, los enemigos no vienen de fuera. Los enemigos de la libertad, de la democracia, de la república, están dentro. Son los timoratos que, siguiendo lo que decía Erich Fromm, tiemblan ante la libertad, ante el ejercicio responsable de la libertad y ante la posibilidad de enfrentarse a un caudillo que quiere imponer su visión no de un país, sino de un feudo en que su voluntad única se imponga sin controles, sin cortapisas, sin reservas. Es tan cómodo estirar la mano, es tan fácil recibir, es tan sencillo no tener que esforzarse y argumentar los agravios de la historia. Que si los españoles, que si las encomiendas, que si la iglesia, que si los hacendados, que si los acaparadores, que si los terratenientes, que si el PRI, que si el PAN. México ha creado una nueva clase de mexicanos, atenidos, temerosos, acomodaticios, agraviados. Escoja su agravio que la 4T lo reivindicará, escoja qué quiere reivindicar: los pueblos originarios, los derechos de la mujer, los derechos de la comunidad LGTB, los oprimidos, los violentados, los sufridos, los migrantes, los no migrantes, los explotados, los explotadores, los, etc., etc., etc.

¡Qué país tan extraño! No lo reconozco en su historia, en sus tradiciones, en su lucha. Sometido a un autócrata rodeado de extraños enemigos de la libertad y de la democracia.

 

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