Por Dra. Ednna Milvia Segovia Miranda

 Después de un buen descanso, me llena de alegría estar de regreso con usted querido lector para seguir compartiendo las peripecias de la “vida forense”, a través de nuestras tertulias amigables. Como es sabido, los descansos ayudan a olvidarse un tanto de este mundo real que nos rodea y nos permite viajar a una realidad ágrafa donde se desempolvan las cosas memorables. En esta pausa he reconocido este campo al que me he dedicado toda mi vida, pasando horas y días pensando para comprender la trama embarañada de los fenómenos que involucran a las ciencias forenses y sus implicaciones, advirtiendo que por añadidura he llegado a desarrollar una habilidad de pensamiento que me revela los matices, los recovecos, las facetas, los detalles y la complejidad hasta de lo más simple. Condición que no puedo dar por descontada por el solo hecho de haber nacido en la especie homo sapiens sino como un logro profesional que se forma a través del tiempo. Pensar como Sherlock Holmes es sin duda un propósito excelente para ejercitar nuestra mente, al alcance de todos y podemos en nuestro día a día, aprender a conocer un poco mejor los áticos de nuestro cerebro.

Decía Joseph Bell, el médico forense en el que Arthur Doyle se inspiró para modelar su famoso personaje de Sherlock Holmes, que todo diagnóstico que uno intente llevar a cabo, ya sea en un contexto forense, científico o en cualquier otro, debe basarse en tres pasos muy básicos: observar cuidadosamente, deducir astutamente y confirmar con evidencias. La comunidad científica ha encontrado tanto en la ficción seriada como en estos personajes literarios una manera de analizar el discurso científico basado en un razonamiento muy poco peculiar para la investigación científica.

Vivimos en mundo donde la única certeza es la incertidumbre y dudar resulta bueno porque evita la precipitación, evita que nos lancemos –sin reflexionar– por una opción, por lo que siempre será pertinente darle dos o tres vueltas a un asunto antes de tomar una decisión. El escepticismo ha sido uno de los elementos del pensamiento de Holmes, nunca dejar de cuestionarse ideas o pensamientos, hasta los propios, aprender a descalzarse prejuicios para ser capaces de ver más allá de nuestra nariz. En el “método holmesiano” todo cuenta, todo aporta información, él mismo lo exponía así: “Ya conoce usted mi método. Se basa en la observación de minucias”, es decir los detalles. Su arte consistía, además, en seleccionar esa infinita información, ordenarla y analizarla. La capacidad de deducción fue la herramienta intelectual con la que resolvió los 60 casos que componen la obra completa del detective.

Sherlock, para deducir de una manera idónea u óptima, no dudaba en alejarse del problema, tomar distancia para tener mayor claridad y economizar sus energías, buscar momentos para motivarse e inspirarse, porque un pensamiento sin ceses, sin pausas, sin fugas, sirve más bien para poco. Porque el descanso es “elemental, mi querido Watson”.