Luis Muñoz Fernández

Dicen que el ideograma chino con el que se escribe la palabra “crisis” significa simultáneamente tanto “peligro” como “oportunidad” y ya sabemos que los chinos, hoy tan denostados, son depositarios de una sabiduría antiquísima. Confucio (551-479 a.C.) decía: “Todos los seres de la naturaleza tienen una causa y producen unos efectos; todas las acciones humanas se fundan en unos motivos y dan lugar a unas consecuencias. El conocimiento de las causas y de los efectos, de los motivos y de las consecuencias, constituye la raíz del método racional con el que se alcanza la perfección”.

Mucho se habla hoy del papel central de los profesionales de la salud en la pandemia que estamos enfrentando. Ese papel es indiscutible porque atender a los enfermos es el deber esencial del médico, su más antiguo cometido. La profesión médica existe justamente para eso. Ya lo decía el doctor Francis Weld Peabody (1881-1927): “Una de las cualidades esenciales del médico es su interés en la humanidad, porque el secreto del cuidado del paciente consiste en hacerse cargo de él”.

Aunque en todas las epidemias se difunden informaciones falsas y la población asume como verdades creencias que la confunden, la asustan o la hacen confiarse injustificadamente, en esta época de las redes sociales, la cacofonía se amplifica y diversifica hasta cotas inimaginables, extendiéndose de manera instantánea y generalizada. Su propagación compite con la del mismo coronavirus. Desde conspiraciones mundiales hasta tratamientos milagrosos, pasando por supuestas intervenciones sobrenaturales e hipótesis improbables sobre el origen de esta plaga.

Es ahí donde aparece como fundamental otro deber del médico: su papel como consejero, su función de educador. No es casualidad que las palabras “doctor” y “docente” tengan una etimología común. Además, por su formación científica, el médico debe ser uno de los bastiones del pensamiento racional en nuestra sociedad.

En este momento de crisis, los médicos experimentamos a diario la necesidad que tiene la población de información confiable y, a la vez, asistimos azorados a la gran difusión de textos, audios y videos, a cuál más descabellado, que sólo sirven para desorientar o, lo que es peor, para llevar agua al molino de los especuladores materiales y espirituales. ¡Cuidado!

Hoy, como siempre, es un deber del médico ser la luz de la razón que disipa las tinieblas de la ignorancia y el oscurantismo.

Comentarios a: cartujo81@gmail.com