Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Hace medio siglo, quizá mas, se ponía de moda cada determinado tiempo coleccionar estampitas de diversos temas de interés infantil o juvenil que se pegaban en un álbum. Por cierto la palabra álbum en el sentido con el que ahora la conocemos tiene un origen curioso. Su significado original es blanco y proviene por supuesto de una raíz indoeruropea como bien lo sabía el Dr. Desiderio Macías Silva, que lo apuntaba en su Micromorfología de los términos médicos. Los romanos usaban tablillas recubiertas con cera que marcaban con un punzón a manera de tableros de anuncios, la cera purificada tenía un color blanco, de allí el nombre de la tablilla. Los pretores romanos en el Foro colgaban un “álbum” en el que se inscribían las acciones legales que reconocerían durante el año. De allí se derivó el llamar álbum a una tablilla, a un rollo, a un cuaderno que contuviera un conjunto de acciones, de propósitos, de nombres, o de estampitas.

Los álbumes se compraban en la tienda de la esquina, pintoresca, abigarrada, olorosa, única, antes de ser sustituidas por los plásticos y adocenados eslabones de una cadena que uniforma gustos, sabores, olores y colores, todos igualmente plásticos y adocenados, con la excepción (hay que decirlo) del café, que con cierta regularidad sabe a café. Después había que adquirir los sobrecitos cerrados en que venían las estampas y que además de la finalidad obvia de llenar el álbum, servían para intercambiar, para echar volados, para envolver chicles, para adornar paredes, para forrar libretas y hasta para hacer barquitos de papel. Una vez mi hermano primo Gabriel y yo juntamos tantas estampitas sobrantes que pudimos hacer dos armadas de barquitos que llenaron varios botes de avena Tres Minutos que desplegadas ocupaban dos recámaras y la sala de Mujer Mexicana 4. A veces los álbumes se regalaban por alguna empresa comercial, refresquera o de golosinas, que lo usaban como gancho porque luego en la compra de sus productos se obsequiaban sobrecitos con las preciadas estampitas.

Había álbumes de toreros, de automóviles, de aviones, de artistas, de caricaturas, de boxeadores y el que más suscitaba la emoción por ser el de los ídolos infantiles: el de los luchadores. Nombres mágicos, misteriosos, algunos quizá ingenuos, sin el rebuscamiento en que ahora incurren los publicistas (Algún día habrá que exigir cuentas a las agencias de publicidad por el daño que han hecho al lenguaje, a las costumbres, a las tradiciones, en una palabra a la cultura). El Médico Asesino, El Enfermero, Black Shadow, Blue Demon, La Tonina Jackson, El Gigante de Ébano Dorrell Dixon, El Cavernario Galindo, El Santo y el mero mero héroe de mi infancia el Huracán Ramírez al que vi luchar en el Centro Deportivo Ferrocarrilero, en la arena de Monterrey y en la Coliseo de México.

Mi afición por la lucha, como muchas otras, ha sido mas de lectura que de práctica, mas de seguimiento noticioso que de acudimiento presencial. Aún así la generosidad de Don Jesús Pérez y la bonhomía de Melesio González, promotores entusiastas e incansables de la lucha libre antes de la invención de las grandes empresas que monopolizan el espectáculo y que contratan a destajo a los auténticos artífices que se la juegan un día y otro también, apenas con el tiempo suficiente para montar las rutinas, trasladarse, a veces mal comer, volver a trasladarse, modificar rutinas, trasladarse, y así…Don Jesús y Mele me hacían el favor de convidarme cuando la Cancha del Estado era el centro de la lucha libre nacional, no sólo geográfica lo que era obvio, sino por la calidad de los actores del Pancracio. Por cierto otra bonita palabra, de pan todos y cratos gobierno, el gobierno de todos.

Las discusiones interminables sobre la verdad del espectáculo, se ahogaban por el torrente de sangre derramada de Ray Mendoza cuando el Nazi con una corcholata que mostró al público pero que ni el referi ni el comisionado vieron rajó la frente del científico con lo que acabó la lucha.

Esporádicamente continué asistiendo hasta una infausta función en el Auditorio Morelos en la que se presentaba un joven luchador enmascarado de la Laguna, que se anunciaba como Pentagón. Era una lucha múltiple en la que en una de las caídas le tocó enfrentarse a La Parka. El encuentro era parejo, el rival formidable y haciendo gala de su condición física Pentagón escaló las cuerdas y desde lo alto del poste se lanzó en un tope que casi le cuesta la vida. Cayó mal, sobre la nuca, las cervicales cedieron, la médula se lesionó y quedó inmóvil sobre la colchoneta. La Parka se percató de inmediato y detuvo su ataque. El referi intervino y suspendió la pelea, se llamó a los paramédicos que en una camilla cuidadosamente colocaron al luchador ante el estupor silencioso del público que estalló en una ovación cuando lo sacaron del recinto. Ovación que no oyó Jesús Andrade que estuvo clínicamente muerto por varios segundos. El pronóstico era pésimo, si salvaba la vida quedaría cuadrapléjico. La atención oportuna, la rehabilitación y dos voluntades superiores, una la de él, la otra la del Dios en el que él cree, le permitieron sobreponerse, recuperar la movilidad aunque no la vista que perdió en un 85% y ahora promueve a su hijo en la difícil profesión de la que aquel accidente le separó.

Pedro Aguayo, El Hijo del Perro Aguayo, no tuvo tanta suerte. O quizás sí. Cuando Sócrates abandonaba el aerópago luego de ser condenado a muerte se dirigió a sus jueces, según cuenta Jenofonte en su Apología, diciendo: “Jueces míos, ya es tiempo de retirarnos, ustedes para vivir, yo para morir. De ustedes y yo ¿quién lleva la mejor parte?. Cuando el cuerpo del Hijo del Perro Aguayo tras cuatro interminables minutos de pesarosa agonía abandonaba el Aerópago de Tijuana en una improvisada parihuela, había ya cumplido la sentencia de muerte que otra Parca, la que todos habremos de enfrentar en algún momento, había decretado, con el apoyo de la incuria, la impericia, la imprudencia, la culpa criminales de los empresarios y las autoridades de Tijuana. ¿Por qué si en la grabación podemos apreciar que al salir del ring luego de la tijera que le aplicaron se golpeó en la nuca, por qué el comisionado no lo vió? ¿Por qué si en la grabación se puede ver que al regresar al ring iba seminoqueado apoyándose en la cuerda para incorporarse, el referi no lo vió? ¿Por qué sus compañeros luchadores continuaron una rutina que repetían mecánicamente no se percataron que sucedía algo que no estaba en el escript? ¿Por qué al desplomarse exánime su torpe “segundo” lo zarandeaba licuando las últimas fibras de una médula seccionada, cuando era perceptible que su condición era grave? ¿Por qué el comisionado permitió que la función continuara sin servicios médicos que según se dice atendían a otros luchadores lesionados? ¿Por qué se permitió la función sin la disponibilidad adecuada de servicios paramédicos? ¿Por qué ese día Pedro Aguayo Jr. llegaría a su raya?

La muerte es irremediable, todo lo demás puede y debe remediarse para que estos nuevos héroes, trabajadores esforzados, gladiadores explotados, protagonicen sus hazañas fuera de mi álbum con un mínimo de seguridad, de cuidado, de dignidad.

¡Descanse en paz, Pedro Aguayo Jr.!

 

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