Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Ahora me acuerdo de un refrán que destila jocosa crueldad… Mal inicia la semana para el que ahorcan en lunes. Me vino a la memoria el primer día de julio, cuando sucedió lo nunca visto: el anuncio de la cancelación de la Feria de San Marcos apenas iniciado el mes en que podría haberse celebrado, de acuerdo a lo anunciado aquel fatídico 14 de marzo, en que fue pospuesta como consecuencia de la irrupción en nuestras vidas, de la muerte microscópica. Entonces este diario, a partir de la información proporcionada por la autoridad, escribió lo siguiente: “se pospone para los meses de junio y julio como medida de prevención ante el avance del coronavirus COVID-19 en el país, cuyos casos hasta el momento no se han presentado en la entidad.”

La verdad es que hicimos cuentas alegres -ahora sí me incluyo-… De acuerdo a la experiencia de la influenza de 2009, en su momento me pareció que esta propuesta era plausible: creí que para fines de mayo o principios de junio, el coronavirus habría sido controlado, lo suficiente como para que pudiéramos reanudar nuestras vidas con aquella, la vieja normalidad y tener la feria en julio.

En verdad se trata de un hecho inédito. De seguro me equivoco, pero hasta donde tengo noticia, ni siquiera en tiempos de guerra ocurrió semejante cosa. De hecho fue en 1848 cuando se decidió llevar la feria del Parián al Jardín de San Marcos, y cambiarla de noviembre a abril. Menciono lo anterior porque el 2 de febrero de ese año se había firmado el infame Tratado de Guadalupe Hidalgo, que dio fin a la guerra con los Estados Unidos, y que fue ratificado el 30 de mayo. O sea que la pérdida de la mitad del territorio nacional no fue suficiente razón como para desanimar a los aguascalentenses de aquella época de realizar su feria.

Se ha dicho que no es la primera ocasión en que ocurre esto, que sucedió en 1838, 1839, 1840 y 2009, por lo que esta vez sería la cuarta. Por mi parte ejerceré mi sacrosanto derecho de no estar de acuerdo. Quizá se trate solo de una cuestión de términos, pero me parece que las cosas cambian si a las palabras les agregamos una intención; contenido, o un poco de historia.

Suspender” no es lo mismo que “cancelar”. Se suspende lo que puede reanudarse. En cambio cuando algo se cancela, se acabó… Las ferias señaladas del siglo XIX fueron suspendidas, es decir, ni siquiera se consideró la posibilidad de realizarlas, esto porque las primeras habían sido origen de múltiples quebraderos de cabeza para la autoridad, por los abusos, las cosas que los inocentes ojos de los aguascalentenses de aquella época debieron ver, en materia de alcoholismo, prostitución, juegos prohibidos por Dios y por la ley, etc. Esta suspensión fue posible gracias a que entonces la feria no había adquirido todavía carta de ciudadanía entre nosotros; alcanzado el suficiente arraigo como para considerarla una estación obligada en el recorrido anual de la población, tal y como ocurre hoy en día. La feria es identidad, cultura; es Aguascalientes… Y por eso es intocable, a menos, desde luego, que se presente una circunstancia como la de este año de desgracia.

Y si a partir de 1840 volvió a tener lugar, fue porque pudieron más las voces de quienes veían en la fiesta una fuente de riqueza, que las de aquellos que la consideraban una nueva Babilonia insertada en esta “urbe medularmente levítica”(para usar expresión de uno de mis santos patronos, Eduardo J. Correa).

La feria de 2009 fue cancelada a unos días de haberse iniciado, pero esta, señora, señor: esta de 2020 ni siquiera vivió un solo minuto. Para usar una metáfora que, espero, sea afortunada, esta feria ni siquiera alcanzó a tener una reina… Y esto; todo esto, hace de su cancelación algo único.

Ahora me pregunto qué pasará con algunas actividades. Por ejemplo, ¿en 2021 se convocará la presentación de proyectos para el Ferial de Aguascalientes, o se optará por montar el elegido para este año?, cosa por demás lógica, esta última. El Premio Bellas Artes de Poesía, que ganó Elisa Díaz Castelo, fue anunciado para ser entregado el 7 de mayo. ¿Ya se entregó? Una vez decidida la cancelación, ¿se va a entregar?

Para terminar, una última reflexión.“Cada quien habla de la feria según le va en ella”, afirma la sabiduría popular. En este sentido, me interesa destacar dos posibilidades. Vista la fiesta desde el lado lúdico, resulta irrelevante que se haya cancelado, en aras de no propiciar que se convierta en vehículo de contagios. No importa, dada la gravedad de la situación, la pérdida de vidas, de empleos, de tranquilidad y bienestar que está padeciendo mucha gente, debido a la paralización de actividades, digamos, rutinarias. Vista la fiesta del otro lado, es decir, desde la perspectiva de quienes perdieron algo, sí es importante. Olvídese de los grandes empresarios, las alcoholeras, los que montan antros y se llenan de pesos los bolsillos, etc. Piense más bien en la gente humilde, en quienes fungen como meseros, músicos, barrenderos, preparadores de comida callejeros, artesanos, pequeños comerciantes, operadores de volantines, vaqueros, monosabios, empleados de estacionamientos, etc. Por ellos sí es de lamentarse la cancelación.

¿Que no va a haber feria este año? Bueno, la habrá el próximo, y si no, el que le siga. Como dice el refrán reformado: “No hay COVID-19 que dure 100 años, ni pueblo que lo resista”. Después de todo la feria llegó para quedarse… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).