Umbrales

Por J. Jesús López García
Zagúan de la finca ubicada en la calle Cristobal Colón No. 132.

Estamos acostumbrándonos a llegar a nuestro destino saltando en lo posible toda circunstancia transicional. La inmediatez que exigimos a todo aquello que tecnológicamente sea posible va borrando toda zona intermedia, la espera es cada vez más corta e irrelevante. Desde un origen, pasando por un trayecto hasta un destino, tratamos de eliminar los aspectos que acompañan al rumbo y para ello requerimos de una serie de dispositivos para que nos distraigan en lo posible de la demora engorrosa.

En la arquitectura presenciamos en revistas y libros el cuidado a ciertos espacios protagónicos dentro de los edificios retratados o reseñados, conscientes de que es muy probable que en la mayor cantidad de ellos, sólo les conoceremos de esa manera y no visitarlos en persona, pero también ávidos de imitar ese golpe de efecto, no es raro que nos descubramos diseñando nuestra arquitectura con base en un encuadre específico, desdeñando aquellos lugares que sirven de transición entre esos espacios fotogénicos.

Caer en el extremo de diseñar edificios atendiendo solamente a los espacios estelares nos limita a una vistosidad espacial que lejos de mantenernos expectantes, nos cansará a medida que nos familiaricemos con esos ámbitos. En la arquitectura los espacios de transición servían como umbrales hacia otros ámbitos, hacia otras experiencias. Desde los hipogeos egipcios concebidos como transiciones para partir de este mundo a la eternidad o los espacios de tránsito griegos como los peripatos, esos deambulatorios que rodeaban patios y jardines -donde Aristóteles fundó su escuela peripatética, enseñando a sus discípulos ejerciendo al tiempo la actividad de caminar-, hasta los nártex de las iglesias medievales en que se purificaba el peregrino tras un largo viaje para entrar al templo, los umbrales transicionales fueron tan importantes como los espacios principales de toda edificación.

Incluso arquitectos eminentemente modernos como Charles-Édouard Jeanneret-Gris, mejor conocido como Le Corbusier (1887-1965) llamaron la atención sobre las transiciones involucrándolas en lo que el llamó la “promenade architecturele” o el paseo de la arquitectura, concibiendo el trayecto del habitador o usuario de los espacios arquitectónicos como una especie de “storyboard” cinematográfico, lo que hace contradictorio nuestro enfoque contemporáneo a la apreciación arquitectónica que parece más atento a destacar vistas icónicas únicas de ámbitos escogidos, en lugar de incentivar el aprecio de todo un conjunto a través de paseos y vistas divergentes de todos los espacios, algo que sería más afín a la diversidad y a la capacidad de “navegación” propios de nuestro tiempo.

Aun así quedan algunos espacios dedicados a ser umbrales que aún pueden disfrutarse en toda clase de edificios, sobre todo tradicionales, pues la arquitectura moderna en aras de la eficiencia tendió con el tiempo a tratarles como meros puntos de convergencia o vestibulación concebidos de una manera totalmente funcionalista -a veces, paradójicamente, no del todo funcional-.

Pórticos, andadores, pasillos, atrios, peristilos y zaguanes, son algunos de los elementos que conforman el repertorio de las transiciones arquitectónicas que fácilmente podrían convertirse en umbrales. Representamos aquí un zaguán tradicional de nuestra arquitectura construida desde el siglo XVI hasta principios del siglo XX. Éste espacio que se ubica en lo que hoy es un mercado gastronómico en la calle Cristobal Colón No. 132, mantiene su encanto y sirve de agradable umbral para acceder a un patio igualmente disfrutable, además de ser evidencia de que con imaginación todo edificio puede adquirir una nueva vida conservando y potenciando sus atributos, éste lugar sirve para invitarnos a habitar nuestros edificios y los espacios con las pausas que hacen más llevadera nuestra cotidianidad.

Los contrastes de la sombra que antecede a la luz del patio, las proporciones estrechas en oposición a las más holgadas de los espacios subsiguientes y la solemnidad de algunos elementos de la arquitectura tradicional como el arco de medio punto, revisten de misterio y solemnidad este vestíbulo que separa lo público de la calle, de lo privado de la casa, de una manera sencilla y natural. Estos recibimientos espaciales son a la vez hospitalarios y formales: otorgan una bienvenida al visitante al mismo tiempo que controlan su acceso de manera cortés y comfortable.

Los umbrales son sitios que eslabonan a los sitios principales dentro de un edificio, su atractivo radica en acondicionar nuestro paso por la arquitectura, después de todo son las transiciones una buena parte de nuestro tiempo de vida. En nuestro estado en general y, en particular, en nuestra ciudad acalitana, aún sobreviven múltiples casonas de pasados siglos en donde podemos admirar su conformación arquitectónica. Basta entreabrir las puertas de madera para percibir el umbral que divide la vida pública de la vida privada. El zaguán continúa siendo útil para recibir a los dueños de la finca o en su caso a las personas que llegan de visita. En tiempos remotos también este espacio contaba con bancas en donde se podían sentar gentes que iban de paso y a las cuales se les ofrecía un jarro de agua, así de esta manera se convertía en un lugar semipúblico. Desafortunadamente ya no se permite el paso ni se ofrece agua.