Pasarían las siete de la mañana cuando subía por la Gran Vía, casi desierta. Frente al Rialto, por la boca del metro Santo Domingo, unos operarios de limpia, con un camión cisterna barrían los estragos de la madrugada con mangueras que tiraban agua a presión. Yo bajé al arroyo de la calle, para no correr la suerte de unos juerguistas que apenas se sostuvieron en pie tras ser barridos a la altura de las perneras. Los operarios dejaron las mangueras y uno de ellos se acercó al único café iluminado; justo yo pasaba frente de ellos cuando una dependienta le dijo que abriría en cinco minutos.

Un repartidor de Glovo ocupó el primer lugar de la fila, una joven suramericana el segundo, yo el tercero. Los operarios permanecieron a la espera junto a una banca, mientras dentro se afanaban en poner la máquina del café a punto.

Bajando, como quien viene de Princesa, un parrandero –un sujeto en la cincuentena, bien vestido, visiblemente ebrio–, buscaba apoyo en los muros para no perder el equilibrio. Imágenes de domingo temprano en Madrid. Pronto abrieron la cafetería –el borrachín encaminó su gravedad rumbo al Callao–, yo me hice de un café largo y seguí mi camino.

No me había decidido en los días previos a hacer ese viaje. Ya bastante trajín había tenido en los días por el sur y el Zarévich no se decidía acompañarme. Pensé hacer el trayecto a Zamora en tren, hacer noche en el pueblo y volverme al otro día, pero se iban pasando los días y no acababa de decirme que sí, que iría. Con el regreso ya a la vista, pensé que aquel domingo, el último del viaje, era buena ocasión. Ya regresaría yo a la rutina, al muermo cotidiano, a los problemas (que siempre esperan agazapados nuestro regreso), y me lamentaría no haber hecho la visita.

Renté un coche para irme muy de mañana, pasar unas horas en el pueblo, y volverme a Madrid esa misma noche. Uno nunca sabe sí habrá una próxima vez o cuándo puede ser esta.

Así que hice la reserva, me desperté de madrugada, decidí caminar hasta la oficina, por la Plaza de España, parar por un café y fumarme un cigarrillo, antes de apurar los pasos, a la pequeña oficina frente al gigantesco Riu. Pronto tramité la entrega del auto, bajé al estacionamiento subterráneo y a los tantos minutos, cruzaba ya por la Bajada de San Vicente, para tomar la M30 a la altura de la estación de Príncipe Pío, en una zona por donde hace muchos años, casi treinta, tenía yo mis cuarteles madrileños.

Dejé la Complutense atrás, para tomar la Autopista 6 a la altura de Aravaca y dejar, con la vía aún sin mucho tráfico, Pozuelo, Las Rosas y parar en Torrelodones, donde afuera de un polideportivo estacioné, me bajé a hacer un cigarrillo más, y volví a programar el GPS del auto, que me indicó que estaba a poco más de dos horas y media de mi destino.

Yo que he sido turista, viajero, emigrado, nunca había hecho esto.

Conducir, claro que sí: de hecho me fascina ese placer de circular por enormes autopistas por parajes ignotos, sobre todo en territorios donde salir a la carretera no es jugarse la vida –un placer del que no disfrutamos en este país secuestrado–; lo que no había hecho nunca era peregrinar, y justo eso hacía allí a la altura de    Guadarrama, a punto de cruzar la pequeña serranía que separa ese punto de Madrid y Castilla y León, cuando el tráfico se pudo denso y comenzó a caer un sirimiri, que en algunos tramos se convirtió en un chubasco.

Ignoré las señales que invitaban a las equidistantes Segovia y Ávila, y me seguí, como quien va a Galicia, para adentrarme a las llanuras castellanas. Paré en un reposadero de carretera entre Rueda y Medina del Campo, para respirar, para deleitarme con esa sensación de ir de aquí para allá por el mundo y seguí mi camino. Crucé el duero para rodear Tordesillas y dejé la rura al norte para dirigirme a mi destino: Morales del Vino.

Como quien va a Zamora o, unos pocos kilómetros más allá, a Portugal, a la altura de Oporto, me encontré con una carretera de 4 carrilles en algunos tramos entera para mí, hasta que paré en Morales del Toro (otro cigarrillo), entré a los suburbios de Zamora, y gire unos kilómetros al sur, para llegar al pueblecito (menos de 3 mil habitantes), que encontré más bien feo. Paré frente a la iglesia: pesada, chaparra, de un gótico tardío y pobretón.

Salvo un viejecillo de doscientos años, que pasó de largo, dos ucranianas, jóvenes y atractivas, y un par de autos cuyos ocupantes me vieron con curiosidad, o con sospecha, qué sé yo, no me encontré un alma. No me atreví a asomarme en un pequeño café, que era el único negocio que daba signos de vida –luz en el interior y alguna música que no supe distinguir–, pero cuya puerta estaba entreabierta y nada más.

Poco sé de los naturales, salvo su mala fama de ser huraños, toscos y de caracter reseco, como buenos naturales de estas tierras.

Dí un paseo en calles de casas bajas y sin encanto, protegidas por portones y ventanas selladas, hice alguna foto, y en el auto hice el tramo al lugar de mi peregrinación: la Ermita del Cristo de Morales.

Ya les contaré. Abur.