Por J. Jesús López García

Existen fincas icónicas, que sean en su imagen urbana o en su espacio interior, manifiestan esa característica que trasciende a su propia constitución física y “contagian” a toda una familia de edificios: el Panteón de Agripa -realmente finalizado por el emperador Adriano y no por Agripa- estableció un modelo que no se puede negar en muchísimos edificios, que de manera directa o indirecta retoman su planteamiento espacial y/o formal para recrear su composición; en Aguascalientes, el Camarín de la Virgen, a espaldas del templo de San Diego, y la casa de Thomas Jefferson (1743-1826) -presidente de Estados Unidos y arquitecto- llamada “Monticello”, son ejemplo de ello.

Sin embargo, también existen varios edificios que al margen de su composición como un todo, poseen algunos fragmentos o trozos en su constitución que son mucho más característicos que el conjunto entero, basta sacar a colación la sección del templo del Erecteion en la Acrópolis de Atenas donde se encuentran las “Cariátides”, columnas escultóricas con la forma de mujer, o también la escalinata que realizó Miguel Ángel para la Biblioteca Medicea Laurenziana, ambos fragmentos icónicos y que perviven en la memoria más que la imagen total del edificio.

Naturalmente para que ocurra el fenómeno descrito, el edificio usualmente posee elementos que se añadieron en etapas sucesivas, lo que ocasiona un ajuste de formas y composición, lo cual produce una disposición en el espacio circundante que parece hilvanarse con el contexto. Las pirámides en el desierto o las catedrales góticas, ordenan el espacio que les rodea y tienen con ellas una relación de jerarquía -como el Partenón, enfrente del Erecteion referido-.

Los trozos de algunas arquitecturas crean fragmentos de ciudad que se vuelven rincones donde la vida cotidiana mantiene un asidero; producen recovecos en que se establecen relaciones visuales o actividades heterogéneas, o simplemente crean imagenes particulares, a veces independientes de la imagen de todo el conjunto arquitectónico y urbano al que corresponden. En el barrio de San Marcos existe un fragmento del templo de San Marcos que en su costado sur tras los arcos botareles que sirven de contrafuertes -también llamados arbotantes, de ahí que las lámparas urbanas de esa forma toman su nombre-, da lugar a la capilla de Nuestra Señora del Pueblito, construcción que se proyecta desde el transepto de San Marcos y termina en un ábside cilíndrico. En su fachada sólo se abren los vanos de una sencilla puerta con un discreto arco de medio punto y un óculo. No tiene en su portada una división en calles y cuerpos pero es precisamente el conjunto con la estructura lateral de San Marcos, lo que hace que ese fragmento arquitectónico y urbano se vuelva muy interesante.

En nuestra época donde lo instantáneo de las soluciones y las respuestas son casi una norma, todo se requiere acabado e inmediato, pero observando esta clase de trozos, podemos apreciar que también hay objetos que van reclamando su lugar en el tiempo, y en el caso de la arquitectura, en el espacio y que el resultado de esas intervenciones separadas en la cronología, a veces extrañas a las convenciones, resultan en elementos cuya particularidad las hace originales y casi irrepetibles, pues la solución que se dio en su momento al desplantar una capilla nueva anexa a una iglesia existente, tal como en el caso analizado, obedeció a su vez a varias particularidades como la pertinencia de una nueva iglesia, la disponibilidad de recursos y espacios, las modalidades de la forma arquitectónica y la construcción del momento, entre otros.

A menudo nos encontramos en nuestro paso por la ciudad con espacios así, de disposición no muy clara, de desplante en apariencia indefinido, las formas nos vienen al encuentro sin una lectura determinante. Apreciemos esos rincones de ciudad que se manifiestan con su variedad compositiva, aptos para refugiranos del sol, para observar su perfil y ver y sentir sus texturas; esos pequeños sitios son agradables a la vista y a la memoria y como el espacio de Nuestra Señora del Pueblito, hay una gran variedad de ellos en todas las ciudades; no son casi ninguna, obras maestras de la arquitectura, pero poseen las características de lo “interesante”, de aquello que promete al observador un disfrute oculto y que sólo se revela a quien tiene la paciencia y la sensibilidad suficientes para correspondeer con su propio interés al conocimiento de la arquitectura y la ciudad que están ahí presentes como pasado, presente y futuro de las fuerzas que forman y transforman a nuestras comunidades que al igual que esos fragmentos, más que entidades unitarias, se constituyen como una suma de particularidades.

Afortunadamente para la comunidad acaliteña, en la capital aguascalentense existen un buen número de esos fragmentos arquitectónicos que nos van conformando espacios de referencia. Es cierto que algunos de ellos han desaparecido con el paso del tiempo, basta citar el caso de los portales en la calle Colón esquina con Antonio Acevedo, o los atrios de los templos, como el de Tercera Órden o el de San Antonio.