Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Un afable homenaje al slasher clásico

En este furor actual por ejercitar la calistenia posmoderna, el más privilegiado ha sido el cine de horror, viendo rescatados sus baluartes más insignes que, bien o mal, le dotan de vigencia a las añejas fórmulas donde asesinos enmascarados y presencias sobrenaturales ven embellecidas sus rústicas formas narrativas mediante la estilizada sensibilidad que provee la tecnología y difusión de sus modelos mediante su apreciación y probable revaloración por la fijación millennial, en lo que ahora se entiende por vintage, al punto que escritores industriales con cierta veteranía, como R.L. Stine, le han entrado al juego con una trilogía literaria denominada “Fear Street” que contrapesa todos los componentes icónicos del terror cinematográfico setentero y ochentero para establecer un marco de referencia donde sus personajes puedan accionar con libertad, sin que se torne autorreferencial al estilo de Wes Craven con “Scream: Grita Antes de Morir” (1996). Ahora que Netflix se dio a la tarea de adaptar estos textos en una tríada de cintas que resultó todo un éxito de vistas, vemos que este modelo se adapta perfectamente al medio audiovisual, aunque no de manera coordinada y tersa, pues los capítulos encuentran variantes muy claras en cuanto a calidad argumental y ritmo, pero he de reconocer que el conjunto termina por funcionar, no sólo por su venerable empleo de las herramientas visuales y de fondo al género que emula (slasher y cine de explotación barriobajera), sino porque su cuadro de actores mete en cintura los puntos anacrónicos de la trama que ya se antojan absurdos (brujería, maniacos imparables que resucitan a placer, casualidades levantacejas, etc.) persuadiendo al espectador de sus predicamentos con un buen trabajo de su parte.
La trilogía inicia el año de 1994, donde se nos informa sobre una eterna rivalidad entre las comunidades de Shadyside, lugar donde siglos atrás se condenó y ejecutó a una bruja llamada Sarah Fier que los maldijo antes de morir, acarreando muertes, producto de enloquecimiento aparentemente azaroso por alguno de sus pobladores generación tras generación, (lo que queda claro en la primera secuencia del filme), y la más pija Sunnyside, donde jamás se ha vivido un crimen violento. El foco recae en la adolescente Deena (Kiana Madeira), estudiante de prepa de Shadyside, quien, junto a su hermano menor Josh (Benjamin Flores Jr.), y sus amigos dealers Kate (Julia Rehwald) y Simon (Fred Rechinger), descubre el origen de la maldición de la bruja que ha atormentado a su pueblo por muchos años, la cual tratarán de revertir ahora que la ex novia de Deena, Sam (Olivia Scott-Welch), se ha mudado a Sunnyside y es el blanco de la amenaza sobrenatural. Durante una noche, los eventos se desarrollarán con lujo de violencia cuando no uno, sino tres misteriosos asesinos, al parecer poseídos por Sarah Fier, buscan liquidarlos. La única solución radica en una sobreviviente de estos ataques (Gillian Jacobs), quien escapó de la muerte años atrás en un campamento de verano y donde se ubicará la acción de la segunda cinta.
Estamos ahora en 1978, cuando las hermanas Cindy (Emily Rudd) y Ziggy (Sadie Sink), quienes simplemente no logran consolidar una relación armoniosa ante la actitud rígida y disciplinada de la primera con la rebelde y anárquica disposición de la segunda, se encuentran en un campamento veraniego llamado “Nightwing” (en efecto, los nombres de ciudades y espacios como éste carecen de sutileza), donde todos se verán en peligro cuando descubren accidentalmente tanto las grutas donde la bruja fue muerta como su diario donde registra sortilegios y un mapa a modo de pentagrama de las laberínticas cavernas. La maldición termina por recaer en el novio de Cindy, quien se transforma en un monstruoso homicida, muy a la usanza de Jason Voorhees en “Viernes 13, Parte 2”. El clímax nos conducirá a la tercera parte, ubicada en 1666, cuando conoceremos la verdad sobre la malograda hechicera interpretada por la misma Madeira, quien debe ocultar un amorío lésbico y lidiar con una comunidad intolerante y retrógrada. La conclusión revelará la realidad sobre la protagonista, quien puede o no ser la causante de esta matanza.
Toda la historia es llevada por la directora Leigh Jeniakcon con una honesta visceralidad que raya en la frescura, sin escamotear en los momentos gore, cuando se debe (basta ver la confrontación final en el capítulo “1994”) y procurando cierta sensibilidad a las relaciones sentimentales, sobre todo el apasionado romance entre Deena y Samantha. Si acaso el cambio de rumbo narrativo entre los tres filmes es lo que no permite una coherencia correcta en el seguimiento del argumento, sobre todo en el primer filme, cuando se abarca demasiado en poco tiempo, a modo de presentación de conflictos, héroes y antagonistas y un repaso macro a toda la mitología que se observará con más precisión en las cintas posteriores, además que “1994” peca de un seguimiento muy laxo a su historia, apegándose más a lo propuesto por Wes Craven en los 90, que en procurar una propuesta propia. Aún así, la trilogía de “La Calle del Terror” se deja ver tanto por los fanáticos de hueso colorado del género, como por aficionados modernos del horror.

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