Por J. Jesús López García 

La traza urbana de una ciudad se define por la manera en que se disponen las calles, las plazas y todos aquellos espacios públicos delimitados por los paramentos de edificios, que a su vez, establecen las secciones de esos ambientes y con ello la manera en que se camina, se habita, se apropian aquellos lugares comunes y se accede a los ámbitos particulares.

El esquema urbano de las metrópolis es así mismo producto de circunstancias originadas a lo largo de la historia de un asentamiento, de una serie de manifestaciones, de estrategias, aspiraciones y miradas que el Estado, los habitantes o grupos dentro de ellos, materializan a través de una deficiente o excelsa planificación.

Baste citar que las trazas irregulares con inesperados ángulos y secciones variables de calles con edificios de planos en apariencia arbitrarios, que se pueden apreciar en los cascos medievales en algunas de las urbes europeas, son mal denominadas «de plato roto» por parecer una pieza cerámica fragmentada –si nos imaginamos cómo se perciben desde el aire–, sin embargo, más bien se diseñaron en función de cada uno de los elementos existentes en el sitio: topografía, ríos, arroyos, zonas arbóreas, entre otras, es decir «de manera orgánica», así como considerando un conjunto de dispositivos de defensa ya que los burgos de la Edad Media eran sitios libres, no sujetos a la protección directa de algún señor feudal, por lo que formaban también lugares propicios para el ataque de contingentes armados.

Además del amurallamiento, las callejuelas filtraban a los enemigos reduciendo el impacto de la agresión al dispersar a los atacantes, los cuales de esta manera se veían en apuros al disminuir lo compacto de su fuerza, quedando vulnerables al encontrarse solos y sin apoyo alguno.

En el ataque español a Tenochtitlan, ayudó a las huestes de Cortés la traza recta y amplia de las calzadas de la capital mexica. Los aztecas eran el poder hegemónico de la región, y su manera de urbanizar fue con base en obtener terreno plano al estrato lacustre del valle de México; ellos eran los atacantes y no contemplaron una fuerza invasora como la hispánica.

Los proyectos ortogonales en el mundo occidental dieron comienzo desde la antigüedad grecolatina, sin embargo se dejaron de proyectar durante la Edad Media para nuevamente delinearse al final de ésta con el advenimiento de la artillería: las armas de fuego originaron el paulatino abandono de la edificación de murallas y la guerra se volvió más ofensiva que defensiva, por lo que la regularización en el trazo urbanístico, también, fue cada vez más empleada en la medida de que la paz –generada por la consolidación de los reinos y Estados–, el comercio y las maneras modernas de producir bienes, requerían líneas de tránsito rectas para facilitar el flujo de personas y mercancías.

Las «Ordenanzas de descubrimientos, nueva población y pacificación de las Indias» de Felipe II contenían, entre muchas otras cosas, disposiciones para regularizar en una retícula los nuevos poblamientos americanos a partir del siglo XVI; Aguascalientes es de los asentamientos constituidos bajo esa normatividad novohispana, sin embargo, si llevamos a cabo un análisis del centro de nuestra villa –el núcleo fundacional– con el foco de ciudades más grandes fundadas en el mismo siglo tales como la de México, Morelia, Puebla o Guadalajara, observaremos que la nuestra presenta una traza variable y fragmentada, es decir «orgánica».

Ciudades mineras como Zacatecas o Guanajuato, cuentan una traza discontinua por la adaptación a una topografía accidentada, y en el caso acalitano –antigua villa con un desarrollo inicial precario–, algo tiene de ambas modalidades: buscó el ángulo recto normado por las ordenanzas pero se tuvo que adaptar a las pendientes del terreno con escurrimientos al río San Pedro o a los varios arroyos de sus inmediaciones, tratando de irrigar las huertas durante los trayectos del agua, de modo natural.

Es así como el trazo ortogonal terminó desintegrado, hasta que al final del siglo XIX, fue cuando el centro de nuestra ciudad comenzó a «enderezarse» un poco. El término «plato roto» alusivo a una ciudad posee connotaciones bélicas, no obstante, al margen de que en sus primeras épocas de vida del sitio aguascalentense sufrió algunos embates chichimecas, lo cierto es que la traza se consolidó posteriormente a los años difíciles ya pacificada la región, por lo que debe considerarse solamente «discontinua» lo que trae como consecuencia que en diversos rincones citadinos aparezcan a nuestro encuentro, rompiendo las visuales oblicuas y propiciando perspectivas singulares que todavía podemos disfrutar al recorrer las calles de la parte primigenia de Aguascalientes, tal como el que presenta el Instituto Cultural de Aguascalientes –conocido por la generalidad como la Casa de la Cultura– al caminar desde el oriente hacia el poniente por la calle Moctezuma –continuación actual de Madero–, que en apariencia es un accidente que tal vez produzca un freno del tráfico vehicular, pero que al caminante sin prisa ocasiona un panorama cautivante en cuyo amparo, se experimentan vivencias urbanas exquisitas.

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