Por: Octavio Díaz García de León

 La idea: Cada nación tiene sus propios traumas nacionales. Aún después de muchos años de que ocurrieron ciertos hechos vergonzosos para una nación, persisten en el inconsciente colectivo esos acontecimientos pasados que siguen determinando comportamientos de dirigentes y ciudadanos, aunque ya no tengan sentido en un contexto actual. Es tiempo de superarlos.

Diversos pensadores han intentado psicoanalizar o tratar de definir el carácter de una nación. En México se han escrito libros tales como el Laberinto de la Soledad de Octavio Paz; La Raza Cósmica de José Vasconcelos; Fenomenología del Relajo de Jorge Portilla; El Perfil del Hombre y la Cultura en México de Samuel Ramos, entre otros.

Pero es difícil definir un perfil psicológico que abarque a los 127 millones de mexicanos. Sin embargo, en ellos fluyen corrientes transversales que permiten distinguirnos de otras naciones, no sólo desde el punto de vista cultural, sino también por los mitos y traumas nacionales.

Sucede también en otros países y esos traumas todavía generan reacciones importantes. En Alemania aún subsiste el horror ante las atrocidades realizadas por los nazis. Sus acciones y políticas aún están guiadas por tratar de quitarse el estigma del genocidio que cometieron.

En Israel pervive el mismo trauma, pero en otro sentido. ¿Cómo es posible que millones de judíos fueran llevados a la muerte de manera dócil y voluntaria? Como reacción, Israel se convirtió en un estado militarmente poderoso, capaz de prevalecer ante vecinos hostiles.

Estados Unidos tiene los suyos: su pasado esclavista y el apartheid que oprimió al sur de Estados Unidos hasta los años sesenta del siglo pasado, sigue dirigiendo políticas públicas y ocasionando reacciones violentas.

México tiene su buena dosis de traumas también.

Una supuesta conquista salvaje realizada por los españoles y un pasado indígena idílico ha generado una política anti hispánica que, 500 años después de los hechos, resulta lamentable.

El trauma de la pérdida de la mitad de nuestro territorio a manos de los Estados Unidos sigue haciendo sombra para tener una buena relación con ese país a pesar de los tratados de libre comercio y los 174 años de distancia.

La lucha entre Iglesia y Estado que dividió al país (Guerra de Reforma y Guerra Cristera) sigue latente y no se han cicatrizado las heridas en algunas regiones del país.

Setenta años de una dictadura de partido encabezada por una élite depredadora, amparada en el supuesto legado de la Revolución, siempre queriendo regresar por sus fueros.

La pobreza añeja y la imposibilidad de generar riqueza para todos han propiciado un estado asistencialista y clientelar que no logra superar a la pobreza, en lugar de enfocarse a impulsar el desarrollo económico.

A algunos políticos les favorece el mantener vivos esos traumas porque generan resentimiento, lo cual, a su vez, genera ira y deseos de venganza que se encausan hacia el pasado en lugar de que se dirijan hacia problemas del presente tales como: una pandemia mal manejada que lleva más de medio millón de muertos; la inseguridad que se traduce en un número récord de asesinatos; la caída de nuestra economía; la mayor inflación en 20 años; el aumento de la pobreza; la destrucción del sistema de salud; etc.

¿Cuándo dejaremos de buscar en el pasado la explicación a los males del presente, superar los traumas nacionales, dejarlos descansar en paz y pensar en el futuro, en las próximas generaciones, para que éstas crezcan con una conciencia sin tabúes y traumas, con conciencia de ganadores, para que empujen al país hacia la libertad y la prosperidad?

Espero que el 2022 inicie la superación de esos traumas y para cada uno de ustedes que me hacen el favor de leerme espero no se dejan abrumar por los traumas nacionales.

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