Juan Sergio Villalobos Cárdenas
 Maestro en Derecho

7:50 AM; llegué a la parada del autobús y observé la cuartilla con el rol de horarios detrás del acrílico que se leía perfectamente; mi transporte llegaría a las ocho de la mañana en punto. “Sí como no” pensé para mis adentros. Me sorprendí; el transporte llegó a la hora indicada. El operario no me cobró; una máquina instalada en el interior del autobús con pantalla táctil mostraba en un mapa digital las zonas de la ciudad. Elegí la zona de mi destino e introduje el monto solicitado, la máquina emitió un ticket. Durante todo el trayecto permanecí sentado al igual que el resto de los pasajeros; nunca hubo gente de pie en los pasillos y menos colgados en los estribos del autobús. Todas las unidades que abordé tenían rampa para personas con capacidades diferentes; y cuando una persona necesitaba hacer uso de ellas, el operario bajaba de la unidad, accionaba la rampa y ayudaba a la persona a subir al autobús. En una ocasión subieron algunos jóvenes revoltosos que importunaban a los pasajeros. Sin que nadie lo advirtiera, el operario presionó un botón; en cuestión de segundos una patrulla detuvo la marcha del autobús y cuatro policías accedieron por los accesos delanteros y traseros de la unidad pidiendo el ticket a todos los que ahí estábamos; los jóvenes -que por cierto no habían pagado en la máquina- fueron bajados inmediatamente; el autobús siguió su camino. Un altavoz con una grabación indicaba el nombre o calle de cada parada. No tomé un solo autobús que incumpliera con el horario programado.

No lo soñé ni es producto de mi imaginación, sucedió en realidad; pero en Suiza. Inevitablemente me preguntaba entonces como ahora, ¿por qué no podemos gozar de un sistema de transporte así? La respuesta es simple: porque no queremos.

En las últimas semanas acudimos al enfrentamiento protagonizado por la anterior administración del gobierno del Estado y los concesionarios del transporte público. Todo comenzó con la petición de incremento en la tarifa del pasaje que realizó ATUSA. Los argumentos fueron que en los últimos años la tarifa había permanecido sin cambio, que el diésel, refacciones y mantenimientos de las unidades habían tenido incrementos sostenidos que los sufridos concesionarios habían tenido que soportar en solitario, sin la solidaridad del gobierno. La autoridad (in)competente en la materia, decidió conceder un “justo” aumento a la tarifa, así lo explicó a los diputados a puerta cerrada el ex titular de la SEGUOT, aunque días antes había sostenido que el gobierno no cedería a presiones o chantajes. Y al final, como siempre, el usuario, el ciudadano común deberá soportar los “justos” aumentos en los servicios.

Luego, en el colmo se nos dice que la nueva tarifa, ni siquiera con el “ajuste”, es suficiente para modernizar las unidades; que con esa tarifa tercermundista no se puede pedir un transporte público de primer mundo. En fin, “paguen más y aguántense como siempre”, ése es el mensaje. Pero, ¿Qué tiene que ver la tarifa con la forma de conducir de los operarios?, ¿o la tarifa es acaso impedimento para cumplir con horarios?, ¿una baja tarifa justifica atiborrar las unidades con tanta gente? Me gustaría saber cuántas veces a la semana los dirigentes de la concesionaria o los servidores públicos que autorizaron el aumento a la tarifa se suben a uno de esos autobuses. ¿Se atreverían a subir a sus hijas o a sus esposas a esos atestados autobuses en horas pico? ¿las expondrían a esas maliciosas caricias que las usuarias tienen que sufrir todos los días por usar un transporte público atestado? Ni que decir del compromiso con el medio ambiente; hay unidades que parecen verdaderas chimeneas con ruedas.

Lo que ha sucedido con el incremento a la tarifa del transporte público pone de relieve la urgencia en aplicar la vacuna que la propia Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos pone a nuestra disposición en el artículo 28: la competencia. Los monopolios están prohibidos, y la razón es obvia: cuando unos pocos acaparan los productos o los servicios, los costos se elevan y la calidad decae. Es tiempo de abrir las concesiones del transporte público (todo el transporte público, cualquiera que sea la denominación) La ciudadanía merece más oferta en el sector; opciones como el metro o el metrobus han sido proyectos exitosos en varias ciudades del país, ya es tiempo de irlas explorando. Sólo introduciendo oferta y competencia en el sector los actuales concesionarios valorarán si es negocio o no tener una concesión; y si no lo es, pues que se dediquen a otra cosa, estoy seguro que encontrarán para desarrollarse alguna actividad lícita y lucrativa que no lesione la economía de las familias de Aguascalientes.

Es tiempo que la autoridad y los concesionarios entiendan que no son ellos sino la población quién manda en el tema de transporte público (y en todo lo demás); Y algo diré, aunque con pocas esperanzas que lo comprendan: no es la tarifa la que resulta ser tercermundista, sino la mentalidad inerte de quien usufructúa la concesión y de la autoridad que diseña la política con que se pretende atender estos temas. Eso y no otra cosa es lo que nos separa de tener un transporte público como el que disfrutan los suizos.

 

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