Mircea Mazilu

Después de más de dos meses de guerra en Ucrania, la tensión se está trasladando a otras regiones de influencia rusa. Es el caso de Transnistria, un territorio moldavo autoproclamado independiente desde hace tres décadas en donde el pasado martes 26 de abril se produjeron varias explosiones que han encendido las alarmas en la comunidad internacional.

Transnistria, o República Moldava Pridniestroviana, es una franja situada entre el río Dniéster y Ucrania, que se autoproclamó como república en octubre de 1990 tras la desintegración de la Unión Soviética. En 1992 esta región rebelde llevó a cabo una guerra civil contra Moldavia, país al cual pertenece, con el objetivo de afianzar su independencia, la cual sigue sin ser reconocida por ningún Estado relevante.

A pesar del conflicto, en el cual murieron unas 1,500 personas, Transnistria sigue formando parte de facto de la República de Moldavia, aunque tiene su propio gobierno autoproclamado e, incluso, su propia moneda. Es más, el territorio está exento de impuestos ante Chisinau, capital de Moldavia, antiguo miembro de la URSS.

La República Moldava del Dniéster, como también se le conoce, cuenta con cerca de 500 mil personas, aunque en la actualidad allí residen unas 200 mil. La mayoría de su población es rusohablante, rasgo que la distingue del resto de Moldavia, en donde predomina la población de etnia moldava y rumanohablante. Es esta diferencia la que precisamente representa el motivo por el cual Transnistria buscó su autogobierno con respecto a Chisinau a partir de la caída de la Unión Soviética.

En 2006 en la región de Transnistria se aplicó un referéndum, en el cual más del 97% de los votantes escogió la integración con Rusia. Es más, este último país cuenta con armas y unos 1500 efectivos en la región, lo que complementa los 10 mil soldados y 15 mil reservistas transnistrianos.

Así pues, el caso de Transnistria recuerda al de Donbás, región que cuenta con población mayoritariamente rusohablante y con el apoyo de Moscú, lo que trajo como consecuencia el estallido de la guerra en el este de Ucrania en 2014 y, por consecuente, la invasión de Rusia a este país el pasado 24 de febrero de 2022. Además, es un caso muy similar al de Crimea, territorio que fue incorporado a la Federación Rusa hace 8 años; y es también muy parecido al de Chechenia, Osetia del Sur y Abjasia, territorios en donde Rusia intervino militarmente en defensa de los movimientos prorusos surgidos allí a lo largo de las décadas pasadas.

El pasado 23 de abril el comandante del Distrito Central del Ejército ruso, Rustam Minnekaev, afirmó que el objetivo de su país es, además de controlar el sur de Ucrania y Donbás, lograr una salida a Transnistria, donde, según el mismo, la población de habla rusa es víctima de opresión.

Después de estas declaraciones, la situación con respecto al caso de Transnistria y Moldavia se calentó todavía más, cuando el pasado 26 de abril se produjeron varias explosiones en territorio transnitriano, que afectaron a una unidad militar, al aeródromo de la capital Tiraspol y a las torres de televisión y radio de Grigoriopol. Afortunadamente, los actos terroristas no provocaron ninguna pérdida humana.

Las autoridades de Transnistria, las cuales son afines a Moscú, han acusado a Ucrania de estas explosiones, mientras que Kiev niega su implicación. Al mismo tiempo, el gobierno de Moldavia sostiene que se trata de una provocación protagonizada por los servicios secretos transnistrianos, los cuales trabajan junto al Servicio Federal de Seguridad (FSB) ruso, con el propósito de que Rusia consiga sus objetivos en esta franja de tierra bañada por el río Dniéster.

Si Transnistria corriera la misma suerte que Crimea, Moldavia podría convertirse en la siguiente víctima de Rusia pues, al igual que Ucrania, este pequeño país del viejo continente está buscando la integración a la Unión Europea, una intención que creció con el estallido de la guerra en el territorio de su vecino el pasado 24 de febrero.

Mircea.mazilu@hotmail.com

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