Por J. Jesús López García

Por más de 3,000 años la gran arquitectura egipcia mostró unas variaciones que a los ojos de la mayoría de la gente parecen muy poco significativas, y sin embargo, el paso de las monumentales pirámides hacia la construcción de los grandes templos como los de Luxor, Karnak o el templo funerario de la reina Hatshepsut -conocido como Djeser-Djeseru- fue uno que duró varios siglos. Al poner atención podemos ver esas pirámides del Reino Antiguo como una manifestación religiosa en que los faraones fallecidos servían como interlocutores con los dioses, de ahí que sus tumbas fuesen imponentes criptas.

Los templos de los reinos Medio y Nuevo por otra parte nos hablan de una casta sacerdotal muy poderosa, por lo que lo que estos fueron los edificios destinados a cuidar y administrar la relación divina en una época de mayor estabilidad. Los cambios en la arquitectura se habían ido presentando de la misma manera pausada, probando soluciones espaciales, formales y estructurales, explorando posibilidades plásticas y constructivas amparadas por prácticas y tradiciones que a fuerza de repetición se afianzaban en el sentir y hacer de las comunidades. Es por ello que hasta apenas unos 120 años la arquitectura seguía recurriendo a los cánones tradicionales, con sus órdenes clásicos, empleando lo que el arquitecto, crítico e historiador inglés John Summerson (1904-1992) llamaba “el latín de la arquitectura”: formas y planteamientos de diseño y construcción que provienen desde la Antigüedad greco latina y que hasta la Revolución Industrial comenzaron a cambiar debido a una explosión de innovaciones tecnológicas en materiales y procesos de construcción que terminaron por modificar mucho de lo que se concebía como una manera única de erigir edificios, repitiendo la fórmula combinatoria de capiteles, fustes, basamentos, pedestales, con sus respectivos entablamentos rematados por frontones, coronados por cúpulas, entre otros.

Con la industrialización implementada en los modos de construcción, llegó también un crecimiento acelerado de las ciudades, lo que conllevó a una demanda súbita de edificios dentro de los que la vivienda fue uno de los tipos más experimentados, sobre todo para aquellas personas que se trasladaron del campo a la ciudad y que requerían de un sitio para vivir, así que en la vivienda se centraron los esfuerzos por hacer un edificio práctico, sencillo en su funcionamiento y a la vez acorde a los nuevos modelos de urbanización moderna. Colonias de obreros, fraccionamientos residenciales o vecindades para quienes no podían acceder a una casa en las colonias referidas, fueron parte de la experimentación local con la vivienda en la primera mitad del siglo XX.

Y fue tal vez en este sistema arquitectónico donde empezó a notarse el cambio profundo en la manera de construir. Naturalmente en Aguascalientes las naves industriales, el teatro, la estación de tren, eran inéditos, pero esos edificios nacieron en la capital acalitana plenamente modernos, al menos en sus maneras de ser construidos. La casa por su parte cambió el adobe por el ladrillo recocido y la viguería de madera fue sustituida por las vigas de acero. Paulatinamente apareció un espacio nuevo: la cochera, y de esta manera la casa tradicional realizada durante 350 años, en un lapso de unas 3 décadas cambió de manera total.

Lo anterior es sólo un testimonio local de lo que ocurrió hace poco más de 100 años en el mundo, donde el andar pausado de la historia milenaria de la arquitectura fue sustituido en muy poco tiempo por un paso cada vez más veloz. Lo referido aquí tal vez no sea apreciable a simple vista pues estamos ya acostumbrados a ver una ciudad heterogénea donde se sobreponen modos, tiempos y tipos constructivos en aparente desorden, por eso con el ejemplo de las fincas ubicadas en la calle General Barragán números 108 y 110, ilustran lo expuesto.

Realmente en lo relativo a la construcción los inmuebles mencionados no cambian mucho. Ambos realizados con ladrillo, con losas a base de viguería metálica el de la derecha, y el otro con losas de concreto, sin embargo en sus características formales encontramos dos edificios vecinos ejecutados en diferentes épocas: el de la izquierda recto y de vanos horizontales, evidenciando cerramientos de concreto armado, con paños lisos sin mayor ornamento que el enmarcamiento de los vanos y un acabado de franjas horizontales en el eje del acceso; el de la derecha de remate mixtilíneo delimitado por dos columnas helicoidales, su acceso con arco de medio punto y azulejos a manera de ornamento; domina la parte superior un nicho. El primer edificio de rasgos modernos es parte con su vecino de características neocoloniales de un solo conjunto en que lo que parece antiguo se reúne con lo nuevo y ambos son ejemplos de cómo la tradición -representada por el edificio de la derecha- que se niega a dejar de existir, finalmente recurre a la innovación constructiva que irá definiendo nuevas formas, en este caso, la configuración del inmueble de la izquierda.

Otros ejemplos los encontramos con frecuencia en las principales calles de la ciudad, basta estar atentos en ellos.