Por J. Jesús López García

Las ciudades son organismos vivos, nacen, crecen, se reproducen –bajo esquemas y modelos- y mueren. Algunas de las ciudades antiguas continúan siéndolo en la actualidad, pero con toda seguridad los habitantes de ese asentamiento original no lo reconocerían hoy en día, como por ejemplo Atenas, Roma o la misma Ciudad de México. Muchas han sido objeto de planes macabros por hacerlas desaparecer, como en el caso de Varsovia cuando los alemanes invadieron Polonia y consideraron reducirla a un pequeño poblado pues desde su visión, dejando de existir ese país, ya no era necesaria una capital que además sirviese como foco de resistencia polaca. Otras como la Ciudad de México ha sufrido metamorfosis impactantes, las grandes edificaciones mexicas fueron parcialmente demolidas y sobre de ellas se erigió la ciudad española, capital de un virreinato y después de una nación nueva, sin embargo aún resurgen los rasgos de su originalidad azteca de manera inesperada en las excavaciones de los túneles para el Sistema de Transporte Colectivo Metro o para arreglar alguna línea de drenaje.

Otras metrópolis han experimentado un auge súbito y sus dimensiones, su imagen y su vocación con ellos se muestran radicalmente diferentes, como la ciudad de Chicago que siendo en el siglo XIX mayoritariamente ganadera sufrió en 1871 el Gran Incendio –posiblemente debido en buena medida por la madera de sus edificios dedicados a graneros y establos- que tuvo que ser reconstruida por completo, pero en esa ocasión con estructura de metal y hacia arriba levantándose así los primeros “rascacielos” de esa capital que recibió un flujo muy grande de inmigrantes, lo que elevó el precio del suelo por la demanda repentina.

Y ese recuento de transformaciones es tan grande como las cantidades de ciudades pequeñas, medianas y grandes que existen en el mundo. La nuestra también ha experimentado un gran número de cambios a los largo de sus más de cuatro siglos de existencia, incluso desde sus inicios la traza urbana fue rectificada y vuelta a trazarse en sucesivas ocasiones; por cierto ese proceso no ha terminado, pues todas las capitales van tanteando las soluciones a sus necesidades y problemas con base en el ensayo y error.

Aguascalientes lleva poco más de un siglo transformándose de manera importante como no lo hizo en las centurias anteriores, al menos en extensión y en demografía. Pasó de ser una ciudad de corte agrícola a una de innegable vocación industrial. Con ese cambio vino el consiguiente aumento en su tamaño territorial y de población y eso ha traído requerimientos por resolver; igualmente conlleva los bienes urbanos que de otra manera no hubiesen sido posibles y que ahora vemos como algo natural, ya sean teatros, museos, estadios, gimnasios, bibliotecas, parques, centros comerciales, aeropuertos o universidades. Todo es parte de la constitución de una ciudad de tamaño medio a grande. Lo mencionado surgió en ese poco más de un siglo de transformaciones del episodio en la vida de nuestra capital que aún continuamos viviendo.

Los cambios no siempre son tan espectaculares a la vista o la experiencia. La introducción del alumbrado o la electrificación, así como el drenaje o el agua potable también corresponden en Aguascalientes al último cuarto de su tiempo histórico, y los inmuebles que ahora nos parecen viejos realmente son parte de este final episodio, como el que se ubica en la esquina de las calles Talamantes y J. Guadalupe Posada en el Barrio de San Marcos, construido con ladrillo y concreto armado, mezclando sus usos de una manera que lo acerca por completo al modo actual de vivir. En su diseño se perciben líneas modernas mezcladas combinadas con algunos rasgos del Art Déco; se aprecian los ajustes extraños que la ciudad y sus edificios tienen que librar tal y como lo muestran el cableado de la red de electrificación o el poste de alumbrado atravesando el balcón del inmueble, aspectos que ya no son tan comunes pero que dan testimonio de la forma en que las urbes muestran sus errores o sus aciertos y sobre de ellos va amoldandose la planeación de su crecimiento y la normatividad que acompaña ese desarrollo, sancionándolo y acompañándolo.

Exaltamos con gusto la imagen de esas ciudades de ensueño que no parecen cambiar nunca y que poseen edificios magistrales, modelo de innumerables fondos de fotografías turísticas, pero son capitales que muestran las anomalías de su crecimiento, o las que afrontan los errores haciéndolos funcionar por cualquier vía, lo que exhibe que están vivas y que esos cambios a la vista son los que dan testimonio de tal vitalidad.

La nuestra es sinónimo de un desarrollo que a lo largo de más de cuatrocientos años, da cuenta de lo que los aguascalentensen han moldeado y que legaron para beneplácito de los actuales pobladores, y aún más para aquellos que viniendo de fuera se han afincado aquí. Lo grandioso es que aún es una localidad que incluso la podemos disfrutar caminando, en bicicleta o en transporte, su tamaño lo permite. La invitación está hecha.