Por J. Jesús López García

La arquitectura es una actividad humana que acompaña a la comunidad de personas de diversas maneras. En ocasiones la lleva a cabo de forma solemne, impuesta por las estructuras políticas, sociales e históricas sobre el imaginario colectivo; palacios, templos, grandes recintos para la congregación de masas o para la representación del poder obligado, validan a este último y le sirven para lograr su permanencia en el tiempo, en el espacio y entre la sociedad humana.

Sin embargo en la mayor parte de las ocasiones la arquitectura se conduce a la cotidianidad particular de los seres,y de entre ellos, algunas manifestaciones arquitectónicas logran trasponer la significación privada para acceder a un modo de identidad local. Con el tiempo, los edificios y el uso a ellos encomendado terminan por ser una entidad difícil de separar. El nombre de un establecimiento comercial, de un punto de convergencia comunitaria o la vivienda de alguien entrañable para un colectivo, va ligándose a la edificación que le alberga.

En el centro de la ciudad de Guanajuato existe un restaurante cuyo nombre es «La Gallina Aristotélica», así como el restaurante italiano «El Gallo Pitagórico» y aunque parece broma, ambos establecimientos tienen ya un considerable tiempo de establecidos y aluden a funciones iguales; por otro lado, también les hermana su filiación helénica -al menos en el nombre- y el tipo de edificios -dos casonas de fines del siglo XIX- que hacen del paisaje urbano guanajuatense buena parte de lo que es. En nuestra ciudad, tiendas como «La Sinceridad» y su vecina -ya desaparecida- carnicería «La América» son piezas de un panorama aguascalentense similar, donde el nombre original y su grafía son fracciones de edificios que serían totalmente olvidables, y que por su identificación con su designación nominal, producen en su sitio por el contrario, un reconocimiento de la comunidad.

En ocasiones la manera en como bautizan a una finca posee una trascendencia en el tiempo debido a algún equívoco, baste mencionar el ejemplo que aún hoy en día se conoce como «El Moro», el edificio Art Déco de la Lotería Nacional ubicado en la avenida de Paseo de la Reforma número 1 en la colonia Tabacalera, en la Ciudad de México y diseñado por los arquitectos Manuel Ortiz Monasterio Popham (1887-1967) y Bernardo Calderón Cabrera (1922-2004) y concluído en 1946. El edificio actual, ya con muchas décadas a cuestas, continúa siendo nombrado de esa manera pues el proyecto original era un sistema de cinco pisos, de los cuales dos eran de sótano dando la imagen de una tienda de moro o comercio morisco, de ahí el adjetivo calificativo «El Moro». Como sea, edificio y nombre van consolidándose como parte de las tradiciones locales. «La Pedrera» del arquitecto Antoni Gaudí (1852-1926) en Barcelona, realmente es la Casa Milá; se le llama de la otra manera por su forma, textura y color -que curiosamente no fue dispuesto así por el arquitecto que tenía la idea de cubrirlo con su famoso trencadís polícromo con base en fragmentos cerámicos.

En nuestra ciudad acalitana, las tradiciones locales van nutriéndose del reconocimiento de un lugar que se confina a un objeto construido. Su calidad es lo de menos, la arquitectura da una solidez que puede asirse o tocarse a un nombre, que por otra parte es algo más etéreo si no se le refiere a una cosa corpórea.

Quienes nacimos en esta capital, aunque no vivamos en el centro de Aguascalientes, probablemente podamos relacionar la farmacia «Tecolote» con la esquina de las calles 5 de Mayo y Valentín Gómez Farías No. 102, donde se ubica este establecimiento que desde hace muchas décadas se nombra como farmacia, no como botica, lo cual alude a su enfoque moderno. El edificio originalmente tenía una marquesina de concreto que fue sustituida por la actual de vigueta y bovedillas de cuña y los aplanados reticulados por uno liso; sus edificios vecinos,  modificados o inexistentes ya, le daban presencia por ser el edificio más alto, posición de jerarquía que se realzaba por el ochavamiento de su esquina -recurso usual en el siglo XIX, si bien el «Tecolote» es una construcción de mediados del XX. Decoran la finca de manera tímida unas estrías verticales rectas en sus esquinas de filiación Déco que son la única licencia decorativa del inmueble.

Establecimientos como el de la farmacia «Tecolote», son parte importante de una identidad local. Una filiación apoyada no tanto en formas, instituciones o hechos heroicos o trágicos, sino en un acontecer cotidiano que da cuenta de los días de una población que encontraba puntos de convergencia en partes de la geografía urbana. Sitios entrañables fuese por su visita continua o simplemente por que han estado ahí, como parte de algún recuerdo o como un asidero en el tiempo contra la destrucción parcial o total que el tiempo va operando en nuestras comunidades.

Sin duda alguna la figura del tecolote sobre la marquesina se convirtió en el sello distintivo de la farmacia que, lamentablemente, ya no existe más.