Por J. Jesús López García

Hay situaciones en nuestra cotidianidad que concebimos como algo ya dado, como algo que siempre nos ha acompañado, y que es parte de una identidad local totalmente propia. Como una torta de jamón común que curiosamente porta una rebanada de jamón tipo york que era muy caro en nuestro país y cuya procedencia es de origen foráneo -York, Yorkshire, Inglaterra- hasta que empezó a producirse el propio. En el caso del bolillo, aunque cuya ascendencia del trigo data al momento de arribar a América, pero que en el siglo XIX durante el periodo gubernamental de Porfirio Díaz, la nación francesa aportó un toque particular al integrar la capa exterior dorada que guarda el blando migajón, así como la “masa madre”.

Es así como todo lo referido, incluso aquello que pareciese una particularidad regional, posee una buena parte de influencia forastera.Ylo anterior ocurre con prácticamente todas las producciones humanas. La arquitectura no solamente no es la excepción, sino que se une a ese fenómeno de reminiscenciasextranjeras de una manera muy activa. A pesar de adaptarse por necesidad en un sitio específico, la edificación es un proceso que conlleva una serie de recursos materiales y de saberes técnicos que van trascendiendo épocas y lugares por igual. De esa manera lo que fue una arquitectura vernácula de tierra -como el adobe-, piedra y madera, después de trescientos años de pervivencia en nuestra ciudad aguascalentense, fue cambiándose por otra de ladrillo recocido, concreto y acero en el pasado siglo, y así probablemente seguirá por un buen tiempo.

La antigua Villa de Nuestra Señora de la Asunción de las Aguas Calientes era un pequeño poblado enclavado en una ruta de transporte de plata en el norte de lo que fuese el Reino de la Nueva Galicia, parte del virreinato de la Nueva España. Con la independencia de México, Aguascalientes poco después se emancipó de la jurisdicción de Guadalajara -capital de la Nueva Galicia- primero y de Zacatecas después. Ya constituido como estado de una república federada, Aguascalientes accedió a una nueva categoría de identidad pues en ese momento se involucraría con las cadenas productivas emanadas desde los Estados Unidos, nueva potencia hegemónica del continente en sustitución de España.

Es de esta manera como Aguascalientes empezó a ocupar un sitio nuevo en la vida económica, social y política del país, un sitio mucho más privilegiado que aquel que ocupase en el periodo novohispano, fase que sin embargo le dio su origen. Con esa nueva circunstancia histórica, Aguascalientes probó nuevas maneras de construir edificios y de disponerlos en la traza urbana que por supuesto, también cambió.

Como el ejemplo de las procedencias diversas en los alimentos más cotidianos, la arquitectura local se modificó fuertemente no sólo en su perfil, sino en aquello que define una forma arquitectónica: sus procesos constructivos, sus materiales y sus maneras de ser habitada y utilizada. La finca ubicada en la Calzada Revolución -hoy conocida como Alameda- en una esquina con la Avenida de la Convención Oriente, es una muestra de las procedencias extranjeras derivadas del porfirismo, encantado como estaba con las influencias francesas, inglesas y estadounidenses y que se refleja en este inmueble de dos niveles, lo que denotaba un mayor poder económico -las casas de dos niveles eran escasas en el periodo virreinal en la Villa de la Asunción-.

La casona dispuesta sobre el principal paseo urbano de su tiempo en nuestra ciudad -y que guarda una semejanza al ya extinto Hospital Ferrocarrilero no muy alejado de la finca referida-, cuenta con áreas jardinadas alrededor con el proposito de permitir una vista desde el interior de 360º hacia el exterior; con un porche al acceso, todo construido en ladrillo -en sustitución del adobe tradicional-. Es muy probable que las losas fueran soportadas por viguería metálica o de madera, pero el edificio es una muestra de la arquitectura foránea adaptada en los albores del siglo XX a nuestra entidad, de la mano de la llegada del ferrocarril, y a partir de ello, su influencia ha sobrevivido en la presencia actual de materiales que en su momento eran inéditos, por no mencionar la disposición más cercana al chalet que a la casa tradicional de patio y zaguán, que las casas del siglo XX y XXI muestran en múltiples categorías habitacionales.

La arquitectura es entonces un bien que muestra en su tangibilidad muchos factores que son producto de procesos de transculturalidad muy fuertes: las características de los edificios son resultado de generaciones que van probando soluciones que se adaptan a su lugar, pero también a su tiempo, a veces en detrimento de alguno de los dos, pero siempre con miras a satisfacer la necesidad de una pertenencia.

Sin duda alguna, la finca en comento es solamente un ejemplo de las múltiples casonas que se levantaron en la mancha urbana acaliteña, lo que refleja de forma clara la influencia de arquitecturas de otras latitudes, particularmente adaptadas a nuestra ciudad capital. Probablemente hoy en donde el mundo es uno, ya no sea lo mismo.