Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Si nos fijamos bien, cada cinta de “Toy Story” posee tal autosuficiencia argumental que cada uno de sus desenlaces amarra adecuadamente todo el desarrollo sin que debamos considerar una secuela que resuelva cabos sueltos, por lo que una cuarta cinta en esta serie no debería sorprendernos. Lo mejor es que aún quedan cosas valiosas qué decir y en esta producción se aborda un punto de necesaria exploración: el mismo Woody, aquel vaquero de juguete consagrado tanto a la resolución de conflictos en su entorno lúdico como al confort emocional de su dueño, pero siempre desatendiendo su propia felicidad. Esto se resuelve en la cuarta entrega, la cual posee todos los elementos característicos de estas películas en cuanto al manejo de drama, humor y emoción pero sondeando las necesidades afectivas de Woody como punto nodal y dejando en un relativo margen al resto de sus conocidos compañeros de aventuras (Buzz Lightyear, Jessie, Ham, Rex, los señores Cara de Papa, et al.), lo que queda perfecto para esta cinta más preocupada por explorar ciertas cuestiones de índole filosófica y existencial que en contar chistes.

Después de los acontecimientos en “Toy Story 3”, vemos cómo Bonnie, la pequeña que ha heredado a Woody y compañía, juega con todos sus juguetes menos el vaquero, tal vez por ser un arquetipo de masculinidad caduco que no cuadra con su visión femenina (o, simplemente, por ser un juguete para niños), relegándolo al clóset con mayor frecuencia. Tratando de recuperar su relevancia, decide ayudar a Bonnie en su primer día en preescolar proveyéndole de materiales como cuchara-tenedor, alambre y demás para realizar manualidades. El resultado es Forky, un rústico juguete que la niña adora pero que él constantemente se autodenomina basura por los componentes que lo crean, así que Woody busca orientarlo para que obtenga sentido de pertenencia. Todo se ve afectado cuando, durante un viaje familiar, Forky escapa por una ventana seguido de Woody para terminar en una tienda de antigüedades donde el vaquero se reencuentra con Bo Peep, la pastorcita que en las primeras dos cintas se perfilaba como interés amoroso pero que ahora, después de haber sido donada por su dueña, mantiene una postura autónoma e individualista sobre cómo un juguete no requiere por fuerza de un niño para adquirir una motivación. Como siempre, las cosas se complican cuando entra al juego Gabby Gabby, una muñeca vintage cuyo más caro sueño es pertenecer a la nieta de la dueña del establecimiento, pues está convencida que esa es la clave para ser feliz y para ello requiere el disco de voz integrado en Woody cuando jalan de su hilo (“Hay una serpiente en mi bota”). Lo que en apariencia es una antagonista que busca apropiarse por la mala de un componente integral en Woody, termina siendo uno de los mejores personajes en esta serie, pues sus motivaciones son claras y precisas, a la vez que su psicología y maquillaje emocional evoluciona conforme va interactuando con el vaquero y Bo Peep. Por otro lado, Buzz y dos personajes nuevos llamados Bunny y Ducky tratarán de rescatarlos de la tienda de antigüedades.

Esta película aborda temas importantes como la pertenencia y la necesidad de desprenderse del pasado para seguir adelante, y es precisamente por lo que funciona aun cuando creíamos que se había generado el cierre perfecto en la cinta anterior. Lo que nos queda claro es que la tercera parte concluía el arco argumental de los juguetes con respecto a su relación con Andy, su anterior dueño, pero ahora se abre un marco más amplio sobre las nuevas decisiones y eventos por afrontar en esta nueva etapa, en particular Woody y su irresoluto deseo por ayudar a los demás a costa de sus propias necesidades, lo que queda de manifiesto en esta cinta. El guionista y animador de PIXAR, Josh Cooley (“Intensa Mente”) realiza en este, su debut como director, un eficiente balance entre las necesidades básicas de una historia como ésta que será apreciada por niños (secuencias graciosas a cargo de Bunny, Ducky y un acróbata de ascendencia canadiense muy al estilo de Evel Knievel llamado Duke Caboom) y la exploración a fondo de aspectos reflexivos en cuanto a identidad que sólo podrán ser captadas por adultos (algo que sintetiza Forky en una sola línea de diálogo: “¿Por qué estoy vivo?”). La cinta no busca darle grandes respuestas a preguntas enormes, pero no es tan timorata o banal como para vararse en los aspectos más gratuitos de la historia y logra adentrarse aunque sea un poco más en todos los planteamientos previos en estas cintas sobre lo que significa existir y qué hacer una vez que estamos aquí. “Toy Story 4” jamás fue concebida para superar lo que se logra en las magníficas cintas previas, pero ciertamente está dentro de lo mejor que ha producido PIXAR últimamente.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com