Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

“Top Gun: Pasión y Gloria” (1986) fue una de esas cintas que sin ser una maravilla en cuanto a trama o presentación de personajes cristalizó varios de los tropos culturales ochenteros como la hipermasculinidad a través de una actividad riesgosa, la celebración del armamentismo como cauce expresionista y el adoro a los iconos de una Norteamérica preñada de despersonalización, belicismo y capitalismo (autos y motocicletas último modelo desplegando sus máximas capacidades, bebidas famosas retratadas mejor que en sus comerciales televisivos y la Fuerza Aérea y Navales mismas posicionándose como una marca registrada del mundo libre). La historia era lo de menos -un joven altanero (Tom Cruise en papel consagrante) con grandes aptitudes para maniobrar aviones militares se enamora de una instructora (Kelly McGillis), juega voleibol con tintes homoeróticos en la playa y básicamente se dedica a antagonizar con algunos compañeros y líderes de la base- pero su puesta en escena estilizada con ese toque característico del finado director Tony Scott a modo de anuncio para perfume y su movido soundtrack liderado por la rola “Danger Zone” de Kenny Loggins la trascendieron a objeto de culto por aquella generación hasta la fecha, tanto así que ya tenemos en cartelera después de cinco fechas tentativas de estreno frustradas por la pandemia su secuela, titulada «Top Gun: Maverick” en honor al personaje encarnado por Cruise e indicativo inequívoco de que suyo será el protagonismo. Lo bueno es que ante la flojera de argumento que resultó la primera no hace falta mucho para superarla, cosa que hace sin problema ésta continuación dirigida por el efectivo Jospeh Kosinski (Tron: El Legado) quien repite mancuerna con Cruise después de la interesante pero fallida “Oblivion: El Tempo del Olvido” (2013) rescatando muchos de los componentes narrativos de la original -con todo y ritmo similar- para traspolarlos a una trama sobre la nueva generación de pilotos ahora bajo la mentoría de Cruise.

Kosinski  solidifica una historia que nos habla de redención, madurez y cierta emancipación a los modelos culturales gringos descritos previamente centrando el drama en los conflictos internos de Pete “Maverick” Mitchell (Cruise) quien simplemente no se perdona la muerte de su compañero “Goose” (Anthony Edwards) durante el clímax de la película anterior. Trabajando como piloto de prueba independiente, es convocado de nuevo por la Academia de Combate Aérea (mejor conocida como “Top Gun”) para que entrene a unos jóvenes pero prometedores reclutas con el fin de ejecutar una peligrosa misión en un territorio anexo a la otrora Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas que realiza pruebas no autorizadas con plutonio y bombardeen sus instalaciones. Su ubicación es difícil, pues se localiza frente a una muralla montañosa que deberá ser sorteada con precisión mediante maniobras imposibles para no ser detectados, por lo que “Maverick” será el indicado para enseñarles cómo realizarlas en base a lo visto en el filme previo. El protagonista segmentará la historia en base a su peso en la trama hacia dos elementos: su reencuentro con un viejo amor al que se aludió en “Pasión y Gloria” pero jamás vimos en pantalla de nombre Penny Benjamin (Jennifer Connelly) quien ahora administra el bar local y las constantes secuencias donde adiestra a los impetuosos jóvenes que incluyen al hijo de “Goose” apodado “Rooster” (Miles Teller), de quien “Maverick” se siente responsable al punto de sobreprotegerlo en nombre de su culpa, colocándolo en posición frontal de choque con él al considerarlo responsable directo de la muerte de su padre. Todo conduce a la ejecución de la misión que tendrá resultados implacables y concluyentes en la vida de “Maverick”, “Rooster” y el resto del equipo.

La maciza mano del guionista (y director ocasional) Christopher Mac Quarrie en tándem con Ehren Kruger y Eric Warren Singer coloca primero la disección de los aspectos emocionales del personaje principal y posteriormente el diseño de espectaculares secuencias de vuelo que lucen sorprendentes ante la ausencia total de efectos digitales y recuperar esa valiosa materialidad que sumerge de trancazo al espectador a instancias del propio Cruise y el súper productor Jerry Bruckheimer. Kosinski termina por amarrar el proceso sublimando el ritmo según los matices dramáticos lo requieran obsequiando escenas que dejan ver a “Maverick” como un ser humano real y dejando a todos los personajes secundarios como arquetipos funcionales a los que no podemos asomarnos demasiado interiormente pero que no dejan de generar resultados, así como varios homenajes al filme original que incluyen secuencia de futbol semidesnudo en una playa al atardecer y la aparición del personaje interpretado por Val Kilmer, “Iceman”, a modo de nota nostálgica que funciona por el peso y valor que tiene en la trama. “Top Gun: Maverick” tal vez no despegue tan alto como “Pasión y Gloria” ante su anacrónica postura, pero es un entretenimiento más logrado y mejor trabajado que su predecesora y si no termina por inspirar a Luis Miguel para hacer otro video donde hurte y fusile la idea y estética con alguna cancioncita melosa e insoportable como ya lo hiciera años atrás, entonces no hay ningún problema.

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