Luis Muñoz Fernández

Según la “Wikipedia”, la política de tierra quemada es “una táctica militar que consiste en destruir absolutamente todo lo que pueda ser de utilidad al enemigo cuando una fuerza avanza a través de un territorio o se retira de él”. Pues bien, desde mediados del siglo pasado los seres humanos vamos por la vida en ese plan, arrasando con todo, no sólo sin pensar en las generaciones futuras, sino tratándolas como enemigos a quienes les vamos a entregar un planeta difícilmente habitable. Es lo que nos acaban de informar el pasado lunes 9 de agosto de 2021 los científicos que integran el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático.

En su informe dan por comprobado científicamente que la humanidad es la que “ha calentado la atmósfera, el océano y la tierra”, lo que ha provocado “cambios generalizados y rápidos en el planeta”. Ya no se trata de una mera hipótesis: es un hecho demostrado. Aunque el origen de las alteraciones climáticas puede remontarse a mediados del siglo XVIII con el inicio de la Revolución Industrial y el uso del carbón como combustible, han sido los últimos treinta años, con el consumo inmoderado de combustibles fósiles, cuando los efectos en el medio ambiente se han profundizado y acelerado a tasas tales que auguran para nuestros hijos y nietos una difícil sobrevivencia en un planeta cada vez más hostil.

Lo estamos atestiguando en este mismo momento: incendios imparables en Australia, Canadá, los Estados Unidos y el Mediterráneo oriental. Lluvias torrenciales e inundaciones nunca antes vistas en lugares hasta ahora impensables. Temporadas de huracanes cada vez más prolongadas e intensas, incluso fuera de su presentación estacional habitual. Olas de calor extenuante que agosta los campos y los bosques, mientras derrite los hielos polares, los glaciares y el permafrost, la capa permanente de suelo congelado de las regiones árticas. Nos dirigimos con paso cada vez más rápido hacia un “planeta inhóspito”, como el título del excelente libro que sobre este tema publicó hace dos años el periodista David Wallace-Wells.

Me entristece profundamente que mis descendientes no puedan gozar libremente de la naturaleza que marcó mi infancia y cuyo contacto, cada vez más escaso, nos nutre y ubica en nuestra verdadera dimensión. Que no puedan gozar de un paisaje verde que serena el ánimo y contemplar, “sentados para tomar la fresca”, el ocaso de las tardes de verano, mientras la luz del sol adquiere tonos dorados antes de emitir el último destello del día.

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