En Guerrero no habrá una solución en automático sólo porque el gobernador Ángel Aguirre Rivero haya sucumbido a la presión política y social, y solicitado licencia para separarse del cargo. Pero para nada. Aguirre, como tantas veces se dijo, tenía los días contados como gobernador. No había de otra.

En su momento, platiqué con usted sobre este problema que no es de ahora sino de décadas, tal vez de siglos, porque Guerrero ha sido cuna de movimientos armados y de guerrillas legendarias, como la de Lucio Cabañas. Ahora es el llamado crimen organizado. Tengo la convicción de que los problemas en Guerrero no se acaban con la salida del gobernador. De hecho, creo que lo peor está por venir, está por aflorar. Porque ahora empezarán a surgir testimonios que harán que la piel se le ponga a uno chinita, a pesar de que con frecuencia decimos que ya nada nos asombra. Esto no es cierto: lo de Guerrero nos sacudió fuertemente porque una cosa son las ejecuciones y otra que un alcalde ordene la desaparición de más de cuarenta estudiantes. Esto no se había visto nunca en México. Habrá tiempo de discernir el conflicto en Guerrero, de ahondar en las enormes complicidades entre el poder y el crimen organizado, y, sobre todo, qué es lo que le aguarda a esa desgraciada entidad.

AHORA LO TRAEN A COLACIÓN como si este antecedente no hubiese existido. De hecho, hubo muchas ocasiones por parte del partido que lo llevó a la gubernatura de Guerrero e, incluso, por analistas políticos que se esmeraron en destacar lo que se veía por encimita y no los orígenes políticos del mandatario. Mire usted: en realidad nunca se tuvieron dudas de que Ángel Aguirre Rivero tenía que renunciar. Sin embargo, el hombre había creado complicidades con los altos mandos de su partido, el PRD.

Había muchos intereses creados de por medio. Esto explicaría las ambivalencias que mostró, desde el principio, el líder nacional perredista, Carlos Navarrete. Que sí, luego que no, y finalmente, pero sólo cuando ya había hecho pública su solicitud de licencia para separarse del cargo, Navarrete anunció que el partido le había pedido a Aguirre dejar el puesto. Ni siquiera en este epílogo pudo lavar la cara manchada por los titubeos y las presiones a las que se sometió este dirigente que, por lo pronto, ya tuvo su primer descalabro.

Dicen que “mal empieza la semana el que ahorcan en lunes”. Y esto parece ser lo que le ocurrió a Navarrete. ¿De dónde surge Aguirre? Nace a la política en grande cuando el periodista Ricardo Rocha difundió un histórico reportaje video grabado donde se aprecia claramente que fuerzas policiacas estatales de Guerrero, masacraron a decenas de campesinos que iban a Chilpancingo a protestar por abusos cometidos en su contra en sus comunidades. Iban en camiones de redilas, desarmados. Y entonces, en un paraje llamado “Aguasblancas”, fueron interceptados por policías del Estado. No hubo preguntas. No hubo aclaraciones. Una lluvia de balas acabó con todos los campesinos.

Inicialmente, el aparato de comunicación del gobernador Rubén Figueroa Alcocer, compadre del presidente Ernesto Zedillo –y se dijo que fue uno de los financieros de su campaña– difundió la versión de que iban armados y habían disparado contra las fuerzas del orden público. En medio de este proceso desinformativo que parecía encaminarse a lograr la impunidad, el periodista Ricardo Rocha alcanzó la más grande exposición de periodismo de investigación. Transmitió las imágenes que alguien había tomado. No había lugar a la duda: los policías habían masacrado a los campesinos. Hasta antes de la difusión de este personaje, la prensa en México estaba herméticamente cerrada a cualquier expresión de libertad de expresión que atentara contra un gobernador o contra el presidente.

Rocha, con su reportaje de Aguasblancas, abrió el camino a una nueva prensa y esto no tiene vuelta de hoja. Lo que nadie se explicaba es cómo fue posible que Rocha hubiese podido transmitir su trabajo periodístico a través de las pantallas de Televisa.

Ignacio Marvan, académico e historiador, reveló que su amigo Rocha le confesó en alguna ocasión que había hablado con el hoy extinto Emilio Azcárraga Milmo, sobre los hechos de Aguas Blancas. Insólitamente, “El Tigre” Azcárraga le dio la luz verde. Hasta ahora, nadie se explica cómo un empresario como Azcárraga Milmo, fiel a los gobiernos priistas, había dado su autorización para la difusión de estos sucesos. Hay quienes afirman que estaba profundamente molesto con Zedillo por el famoso “error de diciembre” que afectó seriamente a miles de empresarios y en especial, al consorcio televisivo. Que por eso dio la orden. Como resultado del escándalo, Figueroa Alcocer solicitó licencia al Congreso estatal para separarse del cargo. Y entró al relevo un joven político llamado Ángel Heladio Aguirre Rivero. Era el cachorro del cacicazgo de los Figueroa.

Recuérdese que el padre de Figueroa Alcocer, del mismo nombre, fue gobernador de Guerrero en tiempos de Luis Echeverría. De ahí el poderío del clan, al que Zedillo, que nada tenía que ver con LEA, se sometió desde la campaña presidencial. Zedillo nunca le perdonó a Ricardo Rocha su osadía de echarle abajo a su compadre, el gobernador Figueroa. El resto del sexenio, Rocha gozó las mieles de la gloria periodística pero con el tiempo los intereses Gobierno-Televisa se volvieron a acomodar y el periodista quedó en una situación complicada que le impidió alcanzar los niveles con los que seguramente había soñado.

Ángel Aguirre viene de ese medio caciquil y su llegada al Gobierno, por la vía de las elecciones, se debió a una táctica alianza entre el PRD y el PAN. Acostumbrado a cohabitar con grupos de poder, incluso, del crimen organizado, se sabe que Aguirre mantenía una relación cercanísima con el matrimonio Abarca-Pineda, el alcalde y la primera dama de Iguala. Aguirre debió renunciar el siguiente día de que se supo de la desaparición de los 43 normalistas. Eso es lo que hace un gobernante con dignidad y responsable de su papel ante su pueblo y ante la historia. En lugar de actuar con honor, se aferró a negar que él tuviera algo que ver con los hechos. En ese momento nadie lo culpaba de nada. Pero insistía en que no tenía ninguna responsabilidad en los hechos. Lo cierto es que si no tenía culpa, sí tenía responsabilidad. El cobijó con el manto de su poder a la pareja gobernante de Iguala. En Guerrero todo mundo sabía que existía una amistad “íntima” entre Aguirre y la primera dama de Iguala, según revela el periodista Carlos Loret de Mola en una de sus columnas. Entonces, si tenía esa cercanía con el alcalde de Iguala y con la esposa, ¿cómo es que ignoraba que ellos representaban en Iguala al grupo criminal “Guerreros Unidos”? Creo que para Aguirre la pesadilla apenas empieza.

HAY ANALISTAS QUE sospechan que Aguirre retrasó su salida 28 días para darse tiempo a arreglar sus cosas al interior de Palacio de Gobierno. Pero el costo ha sido muy alto. Más de veinte edificios públicos tomados por miles de estudiantes, el Palacio de Gobierno incendiado, así como el Congreso, la sede del PRD y varios palacios municipales. En esta revuelta, no todo ha sido producto de la indignación social.

Mezclados entre los estudiantes, grupos de delincuentes vandalizaron comercios cuyos dueños no tienen nada que ver con el problema. El pillaje y la rapiña se hicieron presentes. Y mientras esto ocurría, el gobernador Aguirre se desvanecía. No se atrevió a intentar –siquiera eso, intentar– poner orden. Había perdido la autoridad moral y el respeto de una gran porción de la sociedad guerrerense. Por desgracia, con su salida no termina el conflicto. Mucho me temo que, por el contrario, vendrán sucesos más preocupantes.

A FIN DE CUENTAS, AGUIRRE es un eslabón más en la cadena de gobernadores guerrerenses que, por distintos motivos, no terminaron su mandato. En 80 años, han sido más los que no terminaron que los que lograron llegar al final del camino.

Por ejemplo, los que cayeron: en 1932, Adrián Castrejón. En 1937, Inocencio Lugo. En 1935, Gabriel Guevara, en 1954, Gómez Maganda.

En 1961, Raúl Caballero Aburto, por el asesinato de copreros. En 1971, el Profesor Caritino Maldonado murió al desplomarse el helicóptero en el que se desplazaba sobre la sierra guerrerense.

En 1975, Israel Nogueda huyó del Estado, perseguido por el Gobierno de Luis Echeverría.

En los noventa, ya en el Gobierno de Zedillo, cayó Rubén Figueroa Alcocer, como ya se ha dicho.

Y ahora Ángel Aguirre. En 80 años, ¡sólo cinco gobernadores terminaron su mandato! Estos son: Rubén Figueroa Figueroa, Alejandro Cervantes, José Francisco Ruiz Massieu, René Juárez Cisneros y Zeferino Torreblanca.

Como verá usted, la violencia y la inestabilidad política y social en Guerrero no se gestaron en años recientes. Desde luego, muchas madres lloran a sus hijos desaparecidos. Los quieren de regreso en sus hogares. Y desgraciadamente el Gobierno –en todas sus instancias–, no tiene respuestas. En este mar de lágrimas, de dolor y de indignación, no han faltado los oportunistas que se infiltran en un movimiento social auténtico, con gran sentido social, para hacer de las suyas. Total: Aguirre se fue porque así tenía que ser. Vienen tiempos sombríos. Ya verá usted.