RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

Las fechas memorables no han podido ser celebradas como estábamos acostumbrados hasta antes de la pandemia. Hoy con tristeza e incertidumbre tenemos que hacernos a la idea de que las cosas ya no volverán a ser igual, aunque aparezca la vacuna y sean inoculados los miles de millones que habitan el planeta tierra. El coronavirus llegó para quedarse, como la influenza y tantas otras enfermedades. Y la verdad es que es muy triste percatarse que hasta a principios de este año la población en México vivía con muchas libertades: Acudir a eventos masivos, tanto deportivos, como artísticos o religiosos. Se podían organizar fiestas de todo tipo y echar la casa por la ventana invitando a cientos de amigos y familiares, sin ninguna preocupación más que la de que todo saliera bien. Se podía viajar a los centros turísticos más importantes tanto de México como del mundo, a las grandes ciudades, a las enormes aglomeraciones de lugares  como la CDMX, Nueva York o Las Vegas. Nadie pensaba que esa libertad de caminar despreocupadamente se iba a terminar. Y el lunes pasado pudimos observar cómo la población se quedó con las ganas de acudir a los diferentes panteones a festejar a sus difuntos. México sin duda es uno de los países en donde las tradiciones están muy arraigadas y la del Día de Muertos es una de las más importantes a nivel mundial. Hay ciudades como Pátzcuaro en donde los festejos son extraordinariamente hermosos, llenos de colorido; en la noche la enorme cantidad de canoas con sus redes en forma de mariposa iluminadas con veladores y adornadas con las flores de cempasúchil, que brindan un espectáculo muy hermoso. Y la gente en el panteón comiendo en las tumbas la comida que les gustaba a sus muertos. En verdad algo impresionante y hermoso. Eso ya no se vio el domingo en la noche ni el lunes durante el día.

Hace algunos años tuve oportunidad de visitar la ciudad de Huejutla, Hidalgo, para un día 2 de noviembre. Debo comentar que esta ciudad es la que, según los canales que dan la temperatura, es la ciudad con las más altas temperaturas, y sí, el calor era infernal. Los lugareños de la Huasteca Hidalguense celebran el llamado Xantolo, que quiere decir fiesta de todos los santos. Los festejos inician ¡el 24 de junio!, y las celebraciones se van realizando en todos las poblaciones y comunidades de Hidalgo y el día máximo es el día 2 de noviembre. Recuerdo que a media mañana el grupo de Rotarios con el que habíamos ido a presenciar ese evento, salimos del hotel no sin antes desayunar un delicioso zacahuil, que es un tamal grande, con una longitud de más o menos un metro con 50 centímetros, cuyas porciones alcanzan para cuarenta comensales. Se prepara con masa de nixtamal blanco martajada, mezclada con salsa de chile chino, ancho y morita, ajo y agua, todo molido en metate. Le integran carne de res y de pollo, y en algunas ocasiones guajolote. Se cuece en horno de barro por espacio de 12 horas. ¡Riquísimo!  Luego de desayunar nos trasladamos al panteón, el cual está en cerro y así, con el terreno empinado, el cual es difícil y cansado de caminar, suben cargados los ataúdes de los difuntos hasta el lugar en que van a ser sepultados. Cuando yo vi aquello consideré mucho a quienes cargaban los féretros, pues si uno que no iba cargando nada iba sudando la gota gorda para llegar ya no digamos hasta mero arriba sino a la mitad. El estar en este panteón nos hace imaginar que estamos en la época de la Gran Tenochtitlán, y le diré porqué: En todas las tumbas hay mínimo un indígena, que incluso no habla español, que es familiar del o los difuntos ahí enterrados. Y están debidamente aseados, portando su camisa y su calzón tan blanco como la nieve. Se paran muy derechos mirando el horizonte, sin hacer platica ni nada. Toman con mucha formalidad su visita con sus difuntos, y arriba de la tumba tienen unas canastas con comida, principalmente tamales envueltos en hoja de plátano. Y la tradición es que esos tamales los regalan a los que pasan por ahí. Si alguna persona dice que no, que no quiere, se considera como una ofensa. Recuerdo que esa mañana el cementerio parecía un hormiguero, cientos de personas deambulaban por todos lados; nosotros terminamos con una bolsa llena de tamales, los cuales la verdad estaban muy sabrosos, además de que estaban cocidos con leña, que les da un sabor muy especial.

Todo lo anterior, esas bellas tradiciones… ¡Ya no se pudieron realizar! Lo cual es un golpe muy fuerte a las tradiciones que tienen varios siglos de haberse iniciado. Y ahí viene otra fecha importante en la vida nacional, el 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe. Temo que ese día el control de las multitudes no se pueda realizar, tomando en cuenta que el pasado 28 de octubre, en la Iglesia de San Hipólito, que es donde se venera a San Judas Tadeo, no se pudo controlar a los miles de personas que acudieron, sin importar la pandemia. No cabe duda que la fe mueve montañas, pero el día 12 de diciembre creo sí habrá problemas. La gente no se va a contener y aunque sea por afuerita van a ir a celebrar a la Reina de México.

En fin, los tiempos vividos tan hermosos ya no regresarán. A pesar de la vacuna, creo que pasaremos una Navidad un poco tristes, pues no podremos reunirnos con todos nuestros seres queridos como antaño. Mientras tanto hay que seguirnos cuidando, ya sabe usted cómo.