Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga.

Las penas se acompañan con música

Esta es la historia real (menos las partes inventadas, según nos aclara una voz en off al inicio de la cinta) de Jonathan Larson, un compositor neoyorquino que, en el albor de su cumpleaños número 30, se enfrasca en un ensimismamiento por concebir su obra de teatro soñada para Broadway. A la postre lo lograría con una obra que da título a esta adaptación cinematográfica de Netflix y otra producción: “RENT”, muy querida por los amantes del teatro musical y que debo confesar jamás he visto. Pero su prometedora carrera quedaría trunca por un mal cardiaco que acabó con su vida en 1996, por lo que este proyecto arroja una luz biográfica a quien se le ha encumbrado como uno de los pioneros en trabajar temas tabú como la homofobia y el multiculturalismo en los escenarios gringos a inicios de los 90’s, temas que también le interesan a Lin-Manuel Miranda, otro aclamado creador de musicales que dirige este proyecto después de su irregular filme anterior, “En El Barrio”, donde también explora aspectos raciales y de discriminación en una moderna ciudad de Los Ángeles. El dramaturgo posmoderno de ascendencia dominicana evidentemente encuentra en la vida de Larson muchos puntos de vinculación con la suya, sobre todo en cuanto al proceso creativo, lo que se refleja en el esmero con que lo presenta desde una postura mitificadora aún si el protagonista es un sujeto acomplejado, con varias carencias afectivas y con una monomanía que le impide conectarse adecuadamente con otros seres humanos, incluyendo su mejor amigo Michael, un actor homosexual a quien conoce desde niño y Karesse, su novia, ambos dispuestos a proseguir con sus vidas abandonando todo sueño idealista persiguiendo trabajos que les ayudarán a crecer y desarrollarse como profesionistas, algo que Larson simplemente no entiende. Todo esto me remitió un poco a aquella joya de la introspección musical y creativa llamada “All That Jazz / El Show Debe Seguir” (1979), donde el director Bob Fosse, creador de varias leyendas de Broadway y coreógrafo inventivo que marcó un antes y después del teatro de variedades norteamericano, supo alternar con coherencia dramática las histerias y conflictos que acarrea la hermética labor de escribir letra y música para una obra con un cotidiano que involucra un ego monumental, promiscuidad y espectáculo desde una perspectiva muy dramatúrgica que no le tiene miedo al aplique correcto de símbolos y momentos pseudo líricos que dimensionan la figura de un protagonista consagrado a los escenarios y a sí mismo. A Miranda le falta mucho camino por recorrer para llegar hasta este punto de elocuencia y concreción narrativa, por lo que “Tick, Tick… ¡BOOM!” es tan solo un asomo algo pueril a los traumas producto del quehacer artístico pero que tiene un as bajo la manga: la excelente interpretación de Andrew Garfield en el rol principal, permitiéndole a la cinta ser algo más que un mero despliegue narcisista y solidario entre entes de Broadway.
Garfield logra meterse en la piel de Larson, mostrándolo como un ser de cierta fragilidad emocional, quien literalmente siente que el tiempo se le acaba conforme se acerca la fecha de su trigésimo cumpleaños (a lo largo de la cinta no dejará de referir a personajes como el legendario compositor Stephen Sondheim ya habían triunfado a los 27) y que debe sostenerse viviendo en un cuartucho del Soho neoyorquino trabajando de mesero en una cafetería los fines de semana mientras se esfuerza por sacar adelante una obra suya titulada “Superbia”. Los constantes números musicales de esta película se trabajan bajo las consignas preestablecidas del teatro musical, enunciando melódicamente el sentir de personajes o situaciones y procurándole una trascendencia a eventos francamente banales o intrascendentes. Pero ésa es la magia del musical: dotar de importancia artística a momentos que, de narrarse de forma estándar, se percibirían triviales o anodinos. Y de eso hay mucho en esta cinta, pues aunque se pretenda encumbrar a Larson como un genio (y tal vez lo sea, repito, no he visto “RENT”), esto no logra mostrar algo que alguien más seguramente vivió o vive en cualquier punto del planeta sin importar su condición socioeconómica o étnica. En las dos horas de metraje, jamás pude encontrar algo que me señalara que la vida del protagonista es digna de contarse en cine o poseedora de rasgos trascendentales para que se le obsequie este trato tan benévolo, y si bien los números musicales son alegres, rítmicos con letra bien trazada y significativa, no es algo distinto a lo ya visto en muchos otros trabajos similares, por lo que queda el remanente de que si el personaje principal no estuviera enfilado a su fatídico destino, tal vez ni siquiera se le contemplaría para una versión fílmica de su vida, recalcando pues la idea de que todo se trata de cierto ejercicio manipulador para con las emociones del público. “Tick. Tick… ¡BOOM!” tiene en Garfield el componente ganador, pero el resto, sin denostar el evidente trabajo arduo que conlleva la creación de un musical como éste, no resulta novedoso o tan interesante como Lin-Manuel Miranda parece creer.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com

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