Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

(Nota: Esta película se exhibe en cartelera comercial y se incluye en este espacio por su naturaleza analítica y observadora del fenómeno cinematográfico, pero es responsabilidad del espectador si decide asistir a una sala cinematográfica ante la contingencia sanitaria que impera).

Vale la pena aclararlo desde el inicio: si no les gustó “Thor: Ragnarok” (2017), ésta les sabrá como aceite hirviendo, pues no sólo se retoma la fórmula comedia/aventura/desacralización de la estampa del protagonista tal cual le gusta al director neozelandés Taika Waititi y con la que armó toda la estructura argumental de aquella cinta, sino además explora la vena sensible e incluso romántica del superhéroe asgardiano con los esperados matices inclusivos que significan guiños a relaciones homosexuales y empoderamiento femenino a mansalva. Lo mejor es que, también como era de esperarse si se trata de un filme de Waititi, todo embona cual debe y, si bien la comedia se impone en el proceso, se nos brindan elementos dramáticos que abordan aspectos tanatológicos –la muerte– e identitarios, ya que Thor es aquí el catalizador para un mesurado discurso sobre la recompostura emocional, la focalización existencial y la monta de un corazón desolado, temas importantes que por supuesto no se abordan a la medida de Ingmar Bergman, pero sí trasminan en una jocosa y atiborrada experiencia multicolor que nos deja un sabor a entretenimiento plenario en la boca.

La película inicia con la presentación del antagonista en turno: Gorr, el Asesino de Dioses (el siempre confiable Christian Bale), un acólito de un dios menor a quien se le niega salvar a su hija moribunda, muriendo cruelmente en el desierto, por lo que en calidad de apóstata se hace de una temible espada capaz de asesinar a cualquier deidad y acometer con el panteón divino en pos de venganza y demostrar que ninguno brinda o es capaz de recibir piedad. Por su parte, Thor (Chris Hemsworth) continúa sus aventuras junto a los Guardianes de la Galaxia en busca de paz interior después del rompimiento con su antiguo amor, Jane Foster (Natalie Portman), a quien reencuentra una vez que el Dios del Trueno regresa a la Tierra junto a su pueblo asgardiano, pero con la sorpresa de que ahora posee el mítico martillo Mjolnir en calidad de la Diosa del Trueno sin que Thor sepa que esto ocurrió debido a un cáncer que mina la vida de Jane y sólo el místico martillo puede ayudarla. Cuando Gorr secuestra a los niños de Nueva Asgard y los héroes descubren que su plan es acudir a un ente portentoso llamado Eternidad, capaz de cumplirle un deseo, los Thor se alían junto a la valerosa guerrera asgardiana Valquiria (Thessa Thompson) y el ser de piedra Korg (el mismo Waititi) para detenerlo. La aventura implica no sólo enfrentarse a un ser capaz de aniquilarlos gracias al poder que le otorga la mágica espada, también será un viaje de autodescubrimiento para el Hijo de Odín y Jane Foster conforme redescubren lo que sienten uno por el otro y localizan aquello que requieren entre ellos para ser felices, aun si uno de ellos se encuentra en etapa terminal.

Waititi logra ese esperado balance entre la hilaridad continua –y vaya que embiste en ocasiones, ya sea mediante diálogos, situaciones absurdas, como las cabras gritonas voladoras de la mitología nórdica, o ese afán a veces innecesario por mostrar a Thor como un bufón empedernido– con los aspectos más dramáticos que involucran siempre pérdida o muerte. Incluso la presentación de un numeroso grupo de infantes en riesgo se trabaja con cierta intensidad, pero con un factor de cierto empoderamiento que parece hablar más sobre cómo los niños requieren enfrentar aspectos serios y maduros de la vida antitéticamente infantilizando la narrativa para los adultos. Es difícil a estas alturas que la maquinaria Marvel cambie rumbo y si los fanáticos de los cómics constantemente se sienten agredidos por la falta de fidelidad en cuanto a cómo sus adorados personajes e historias se presentan en pantalla grande mejor será que mantengan su lealtad al medio impreso y se olviden de las iteraciones fílmicas, pues lo que aquí se ve es una adaptación que apuesta por la autoparodia a modo contestatario del nihilismo monotemático y estéril que su Distinguida Competencia utilizó –y abusó– a modo de lineamiento narrativo. La cuestión es que Waititi lo hace bien, dirige con energía y sapiencia gramatical cinematográfica y todo el reparto entra al juego con aplomo, lo que se ve reflejado incluso en personajes secundarios como Zeus, aquí interpretado por Russell Crowe, quien se maneja a modo antagónico pero crucial para demostrar la idea de que incluso los dioses más fabulados poseen su talón de Aquiles, y funciona, porque se muestra con corrección argumental y discursiva. “Thor: Amor y Trueno” es una experiencia onanista mental que requiere dejar la rigurosidad fuera del cine y entregarse a la experiencia con una mentalidad lúdica sin academismos, pues estamos hablando de cómics y aquí, con un buen villano, un héroe que busca cómo ser tal y unacontraparte (o contrapartes) femenina(s) sólida obsequia correctamente sin posturas o pretensiones  lo que cualquiera que leemos o leímos historietas buscamos en ese medio: escapar.

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