“Hay tanto qué aprender de las bestias…””
Conde Drácula, en conversación

¿Qué es un vampiro?… Bueno, por lo general, asociamos un concepto tan abstracto como ése a la imaginería que nos es prestada desde que las primeras representaciones visuales de tales seres abandonaron una condición estática pictórica o meramente onírica y cobraron movimiento ante nuestros ojos gracias al cine, desde el temible y pavoroso Conde Orlock de la paradigmática “Nosferatu” (Murnau, Alemania, 1919) hasta los diamantinescos “chupasangre” vegetarianos e insoportables en su metrosexual y banal cotidiano de la excrementable saga “Crepúsculo”, por lo que la figura de los hijos de la noche se ha visto dulcemente ultrajada al almibarar el mito nocturno por excelencia y a sus oscuros habitantes en galanes incomprendidos que recitan sonetos cursis a la menor provocación (por no mencionar las vacías modas posmodernas y kitsch que se amparan a la sombra de las capas aristocráticas de los aludidos hematófagos, cortesía de las nulidades literarias de Stephanie Meyer y Anne Rice). Ahora, una línea de exploración que busca humanizar al legendario personaje, pero partiendo de raíces meramente humanas, surge desde Asia gracias al trabajo del extraordinario cineasta coreano Chan-Wook Park (director de la soberbia trilogía revanchista “Sr. Venganza”, “Oldboy” y “Sra. Venganza”), quien ahora dirige “Thirst – Sed de Sangre”, un vistazo eminentemente psicológico sobre el ansia existencial y tribulaciones que por lo general acompañan la insaciable ingesta de hemoglobina… pero ahora con premisa científica y no sobrenatural.
Sang-Hyeon (interpretado con fluidez por la estrella surcoreana Kang-Ho Son, de quien ya tuvimos el gusto de catar sus habilidades histriónicas gracias a ese mordaz e inteligente drama familiar con monstruo marino asesino incluido titulado “El huésped”) es un sacerdote católico-romano norcoreano con las características conductuales que la práctica religiosa debería conllevar (pero que en realidad pocos en el clero aplican) y que podrían considerarse virtuosas: bondadoso, honesto, atento y desapegado de los bienes o intereses materiales. Un cura modelo. De hecho, es este proceder lo que, primero, se torna un elemento integral en la trama debido al fatídico destino que le aguarda y, segundo, el detonante para el punto argumental de la cinta, ya que, en una expedición misionera en África, accede amablemente a probar un suero experimental que podría salvar muchas vidas. Desafortunadamente pierde la vida como resultado y sólo una transfusión sanguínea podrá salvarlo. Y así sucede, pero con un inconveniente: la sangre trasvasada estaba contaminada con un virus hematófago y ahora Sang-Hyeon comienza su resurrección con una peculiar necesidad de consumir el elixir carmesí. Esto lo llevará directamente a las puertas de un amigo de la infancia, Kang-Woo (Ha-Gyu Shin) y su familia, la madre en estado cancerígeno terminal de nombre Lady Ra (Hae-Suk Kim) y su esposa Tae-Ju (Ok-Vin Kim, actriz que se roba sin piedad toda escena donde participa), una sumisa ama de casa analfabeta con quien sostendrá una relación que va más allá de la mera carnalidad, ya que mientras él trata de lidiar e incluso desechar la idea de ingerir sangre para sobrevivir, ella se ve fascinada e incluso erotizada por ello, por lo que constantemente busca penetrar en el voto de castidad del sacerdote hasta transformarse en el monstruo metafórico que el protagonista literalmente podría ser, pero niega.
Evidentemente la premisa argumental de un individuo cuya devota entrega a los preceptos divinos se ve brutalizada ante el sometimiento físico y emocional de la metamorfosis vampírica, resulta por demás fascinante, ya que se presta a una profunda exploración de la condición humana, donde la sotana no contiene ni sostiene al hombre y el hombre no contiene ni sustenta a la bestia ansiosa por yugulares. Por fortuna, la sólida ejecución narrativa permite que estos temas jamás divaguen en panfletos existenciales baratos o meramente desacralizantes para mostrar una antífrasis humana que dimensiona la irónica condición del personaje más allá de lo obvio, pero un poco menos de lo grandioso, ya que Chan-Wook Park se permite ciertas indulgencias que por desgracia minimizan el máximo potencial de su historia con el uso de repetitivas secuencias de fricciones corporales que pretende equilibrar con el pathos característico de personajes en situaciones similares (“La adicción”, “Cronos”, “La Mosca”, “El Hombre Lobo” o el mismo Conde Drácula en alguna de sus incontables adaptaciones), por lo que en ocasiones el sentido discursivo se extravía.
Sin embargo, la riqueza en ideas es constante, con un manejo por demás sobrio y que se ve soportada magistralmente por el sobresaliente cuadro de actores que permiten ahondar en las motivaciones y tics emocionales de sus personajes, logrando salvar el escollo de la caricatura suburbana y permite la creación de un tapiz cotidiano que se percibe real y, por ello, pavoroso, pues lo ordinario de sus vidas genera un alto grado de identificación y, por ende, de vinculación con el espectador, creando genuina tensión y suspenso. ¿Quien diría que una adaptación del clásico texto de Èmile Zolá “Thérèse Raquin”, nutriría a un humor negro punzante, reflexiones filosóficas sobre el estado actual de la religión y líquido escarlata que escurre a raudales de la boca del protagonista? No cabe duda de que una gran historia puede yacer inmanente en cualquier lugar, sólo hay que saber dónde buscar y cómo torcerlo.
“Sed de Sangre” es un magnífico ejemplo de las posibilidades que ofrece una criatura legendaria cuando no se le reduce a seducir jovencitas que van de shopping o a untarse lentejuela en la epidermis para lucir agradables, y por ello, a Dios gracias.

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