Territorio y haciendas

Por J. Jesús López García

Las huertas de Aguascalientes fueron parte de su crecimiento urbano, en sus inicios muy ligado a la producción agrícola de pequeña escala, siendo esa economía de base hortelana, uno de los pilares del desarrollo local, mismo que coincidía plenamente con un aumento cíclico que permitió la subsistencia de un asentamiento humano más bien pequeño.

La Villa de Nuestra Señora de la Asunción de las Aguas Calientes, tuvo una reducida población hasta su ascenso al rango de ciudad en el siglo XIX, y sobre todo cuando se instalaron los centros industriales de los Talleres del Ferrocarril Central Mexicano y la Gran Fundición Central Mexicana, sucesos que marcaron el cambio de la vocación productiva de Aguascalientes. Con lo anterior, de paso y de manera necesaria, también modificó radicalmente el desarrollo urbano local, expandiendo los bordes de la capital hasta llegar a formar una zona metropolitana Aguascalientes con los municipios de Jesús María, San Francisco de los Romo y Pabellón de Arteaga.

Pero estos procesos de industrialización que ya damos por cosa hecha en la actualidad, realmente son un capítulo que abarca sólo el último cuarto de la historia de nuestra ciudad, y para dar testimonio de los trescientos años previos aún contamos en la capital y en los diferentes municipios, con edificios, monumentos y algunas construcciones procedentes del periodo novohispano y del siglo XIX previo al arranque de la industrialización. Templos y casonas responden por la mayor parte de ese acervo, pero afuera de las metrópolis que constituyen a nuestro estado tenemos una buena cantidad de haciendas que también son testimoniales de los procesos de ocupación del suelo estatal.

La Ley General de Asentamientos Humanos de 1976 es un ordenamiento federal que busca la planificación, conservación, mejoramiento y crecimiento de los centros de población en el territorio nacional. Estos ordenamientos generales datan formalmente de siglos atrás, pues una de las primeras acciones de planificación del territorio virreinal fue la expedición del libro II de las llamadas “Ordenanzas de descubrimientos, nueva población y pacificación de las Indias”, comúnmente conocidas como “Ordenanzas de Felipe II”, pues fue ese rey quien las firmó en el Bosque de Segovia el 13 de julio de 1573, es decir, apenas dos años antes de que el mismo monarca dispusiera la Cédula de Fundación de la Villa de Nuestra Señora de la Asunción de las Aguas Calientes.

En esas Ordenanzas se detallaba la manera en que debía organizarse la “pacificación” del territorio americano, pero sobre todo su colonización, empresa compleja y enorme, dadas las características territoriales y humanas de este continente y del talante evangelizador y a la misma vez utilitario de las acciones correspondientes.

Para semejante labor no bastaba la fuerza de la Corona que de esa manera echó mano de la iniciativa de sus súbditos para poder al menos iniciarla. Por ello se otorgaron “mercedes de tierras” a los primeros colonos para que así ellos emprendiesen la colonización de estas tierras, y de la misma manera a las afueras de las ciudades, se crearon los primeros latifundios productivos que debían soportar en buena medida la economía de regiones más amplias. Las haciendas así, fueron unidades productivas agrícolas que se preservaron hasta iniciando el siglo XX, desmanteladas parcialmente por la Revolución.

Algunas de ellas señoriales, otras más modestas, las haciendas locales no tuvieron una reputación tan atroz como tantas otras más al sur de México, por ser la población local más homogénea y mucha de ella de “gente a caballo”. Un ejemplo de hacienda lo es “Los Cuartos”, rescatada hace ya algunas lustros de la destrucción total, y que actualmente en un ambiente muy agradable manifiesta una nueva vocación formativa para la infancia y la juventud de Aguascalientes.

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