Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

En este punto, son muy claras las dos facetas que el afamado y muy admirado director Christopher Nolan ha puntualizado en el desarrollo de su idiolecto: aquella que busca un centro de gravedad argumental muy claro donde la trama se ancle lo más posible en una realidad envuelta de escrutinio técnico y lingüística fílmica (“Insomnio”, “Dunquerque”, su trilogía sobre Batman) y la otra donde la narrativa se presta a un juego de exploración muy personal donde predomina la descomposición o arreglo autoral de los morfemas cinematográficos, es decir, de los componentes mínimos que conforman la lingüística fílmica al expresar un significado preciso (“Following”, “Amnesia”, “Interestelar”), lo que suena rimbombante pero tan sólo se trata de retomar y actualizar las herramientas que nos legaron genios como Eisenstein o los creadores de la Nueva Ola Francesa a la sensibilidad posmoderna. Con “Tenet”, su película más reciente, el señor Nolan prosigue con esta senda al procurarnos una especie de palíndromo audiovisual que certifica su habilidad e interés por diseñar un laberinto prosístico capaz de producir un síncope al espectador menos avezado. Pero lejos de trabajarlo a modo de propuesta, Nolan circunscribe la curiosa idea de generar un relato en dos vías temporales en sus cánones preestablecidos de lo que percibe como entretenimiento, por lo que esta cinta luce y se lee tal cual las otras producciones del director inglés intrigando en un inicio, como siempre, con sus espectaculares premisas pero ahora diluyéndose e incluso frustrando al espectador cuando el proceso no se aleja demasiado de la zona de confort del cineasta, otorgándonos un compilado de sus mejores trucos sin producir algo genuinamente propositivo, al punto que resulta predecible y excesiva. La película sigue siendo un portento de edición, dirección y puesta en escena, pero es un máximo esfuerzo por conseguir algo genuinamente pobre en cuanto contenido e incluso construcción de personajes. Esta es, sin duda, la cinta más floja en la carrera de Nolan.

La trama es sorpresivamente lineal y casi sencilla en el fondo: un hombre cuyo nombre jamás se revela, pero autodenominado por las circunstancias como El Protagonista (John David Washington), es reclutado por una corporación encubierta llamada “Tenet” (“Principio” o “Cánon” en español, lo cual revela las intenciones narrativas del director) para que participe en una misión a nivel global con el fin de localizar y detener a un oligarca ruso llamado Andrei Sator (Kenneth Branagh) con habilidades precognitivas quien desea detonar no la Tercera Guerra Mundial, sino “algo peor” como ominosamente señala un personaje en la película ¿De qué se trata? Bien, resulta que desde el futuro algo o alguien está enviando objetos y tecnología capaces de producir algo llamado “tiempo inverso”, lo que significa que operan en sentido contrario (v.g. una bala percutada se desprende de su lugar de impacto en trayectoria inversa a si fuera disparada normalmente de un arma hacia adelante). Al inicio, parece que son pocos los elementos capaces de transitar en tiempo opuesto, pero poco a poco vemos que también automóviles e incluso personas transitan de modo contrario al convencional, lo que aprovechará el villano soviético para producir un proceso de inversión temporal planetario mediante una máquina en su poder producto de sus negociaciones con una misteriosa organización del futuro y así aniquilar toda la vida existente ¿Su motivación? Estado terminal por cáncer pancreático, así que si él muere, se lleva al mundo consigo. Para frenarlo El Protagonista cuenta con el apoyo de Kat (Elizabeth Debicki), la ex esposa de Sator quien la sojuzga mediante chantajes por una pintura falsa que ella le vendió hace tiempo y Neil (Ropert Pattinson), carismático agente que parece saber más sobre el tiempo inverso de lo que parece.

Nolan abre el arcón de los juguetes para presumirnos todo lo que ha recolectado en cuanto a sapiencia sobre el género de espías estilo James Bond para diseñar toda su estructura dramática, la cual luce como la fantasía más salvaje de Ian Fleming si acaso su universo literario y cinematográfico tuviera acceso a la ciencia ficción respaldada por los postulados físico-cuánticos más recientes (de hecho, el físico teórico ganador del Nobel Kip Thorne asesoró el rodaje) y sus personajes tuvieran cierta afasia anímica, ya que todos los entes que circundan esta enredada trama funcionan más como robots que reaccionan a lo que sucede frente a ellos que como seres humanos genuinos. Las buenas intenciones de Nolan por urdir una trama rica y compleja se subyuga por escenas francamente ridículas como aquella donde nuestros héroes estrellan un avión en un hangar a modo de distracción o que telegrafían sus movimientos arruinando las supuestas sorpresas o giros de tuerca reservados para el tercer acto, como la identidad de unos atacantes enmascarados en dicho aeropuerto que van en tiempo inverso y agreden al Protagonista y a Neil, estructurándolo todo al gusto del director, quien emplea sus consabidas artimañas: persecuciones automovilísticas, fotografía macro, descomposición de la realidad, etc. Todo el proceso pudo funcionar confiando en la inteligencia del espectador, el cual de cualquier manera siempre se entrega a un relato fantástico sin cuestionar su realidad científica (para muestra, la horda de fanáticos de las cintas de “Matrix”), pero valioso tiempo se pierde mediante varias escenas que explican con detalle el funcionamiento del tiempo inverso e incluso detallando aquello que recién vimos una toma antes, alargando innecesariamente el metraje. Tal parece que Nolan olvidó lo que él mismo precisó en su filme “El Gran Truco”: el público no desea saber cómo se realiza la magia, tan sólo quiere ser engañado. Y en eso precisamente es en lo que falla “Tenet”.

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