Por J. Jesús López García

Los estilos, las tendencias y las escuelas arquitectónicas y artísticas mantienen siempre un tronco principal del que se presentan variaciones con diversos matices de convergencia o divergencia con ese cuerpo primigenio. Las diferentes maneras de articularse esas variaciones, se han sucedido desde hace cientos de años. Primero la tradición arquitectónica se va asentando en procesos y técnicas acordes a los materiales, los usos y los caminos que toma la mano de obra, después se va consolidando un repertorio de formas y disposiciones espaciales que van estableciéndose como un canon: constructiva y estructuralmente no tiene repercusión alguna que en un edificio de dos o más cuerpos o niveles el orden dórico deba mantenerse siempre en la planta baja y que en composición ascendente le siga el jónico y luego el corintio -los romanos inventaron el orden compuesto al sumarle niveles a sus grandes edificios, como el Coliseo-, sin embargo la convención artística totalmente artificial así lo indica.

Es por lo anterior que las variaciones «extrañas» o «raras» se repitan, a veces como caprichos o excentricidades -como el Royal Pavillion que John Nash (1752-1835) hizo para la colonia británica con cúpulas bulbiformes similares a las de los palacios de los mogoles en la India, escapándose a toda convención occidental, británica e india también-, a veces como adaptaciones a ciertos factores particulares, como las torres de las iglesias oaxaqueñas, muy anchas y muy bajas debido a los sismos, pero a veces ocurren como exploraciones personales de lo que se pudiese pensar, fuese una especie de disidencia de la línea común, como el templo de Pérgamo hace dos mil años o la arquitectura de Carlo Scarpa (1906-1978) el siglo pasado.

Dentro de esas variaciones por disidencia no todas fueron una manera de cuestionar a lo establecido, basta mencionar los edificios de Alvar Aalto (1898-1976) o los de Luis Barragán (1902-1988) que se alzaron como respuestas localistas a los planteamientos de la Escuela Moderna, el resultado fue una obra original, inscrita en la Modernidad pero también en las tradiciones particulares finlandesa y mexicana respectivamente. Otras variaciones se suscitan por una inquietud en ensayar soluciones inéditas como la Villa Malaparte de Adalberto Libera (1903-1963) –aunque hoy la residencia es atribuida a su dueño Curzio Malaparte-, los edificios de Eero Saarinen (1910–1961), o la Ópera de Sidney del danés Jørn Utzon (1918-2008).

En todos los casos mencionados más que un intento de ruptura, el objetivo de esos autores se concentraba en llevar al límite sus propuestas, fuesen esas constructivas, funcionales, perceptuales o culturales. La ruptura por sí misma en arquitectura tiende a ser formalista más que sustancial.  En las décadas de los 60 y 70 se intentaban soluciones arquitectónicas desapegadas a la modernidad más canónica. Muchas de esas soluciones no fueron más que ocurrencias al ser las técnicas modernas de construcción algo de uso común y, por tanto, relativamente sencillas de llevar a planteamientos formales más libres.

En Aguascalientes esas propuestas coexistieron con las versiones más apegadas a la Escuela Moderna, pues ambas vertientes se empezaron a extender en el gusto local hasta esas décadas. Los edificios de la modernidad llegaron con cierta fuerza en los 50, pero hasta la década posterior fueron incluyéndose en un gusto más generalizado.

En el No. 436 de la calle General Barragán se encuentra ubicada una finca con características plásticas muy particulares, además que su estado de conservación es óptimo. Es una casa que posee en sus líneas generales los planteamientos de la Escuela Moderna de líneas rectas y vanos sencillos, llama la atención su tratamiento de piezas de barro en relieve de manera escalonada en el nivel superior desplantado en un volumen cerrado de block aparente pintado en color gris. La esquina del edificio dispuesto en planta como una cuña, se parte en dos planos que forman un ángulo obtuso para provocar un pequeño jardín al que da una especie de porche. Canceles y puerta principal presentan una composición sencilla e interesante en color naranja.

Edificios como el anterior son piezas divergentes de las tendencias modernas locales, fueron concebidas y ejecutadas hace más de cuatro décadas pero mantienen su estatus de singularidad aun cuando han pasado los años y hemos visto en nuestras calles edificios más recientes y con mucha menos fortuna. La finca citada es una buena versión de edificio que fue diseñado pensando en no ajustarse a las tendencias vigentes en su tiempo y a la vez buscar una manera diferente de implementarlas en nuestra ciudad.

La ciudad acaliteña tiene varios casos como el presente, edificios que parecen atender a otras maneras de ser modernos al margen de la línea común. Por ello al caminar por nuestras calles, un buen ejercicio de apreciación arquitectónica es ubicar esos inmuebles que sin ser totalmente fuera de lo común, manifiestan esa calidad de extrañeza que pone un acento diferente a lo que vemos como familiar.

Sin duda alguna el escudriñar en nuestra metrópoli nos depara un sinfín de sorpresas arquitectónicas que a lo largo de los años hemos dejado pasar. Conozcamos y reconozcamos Aguascalientes.