Templo de San Joaquín y Santa Ana

Por J. Jesús López García

En la arquitectura religiosa hay formas que han definido el perfil de sus edificios de manera precisa desde la Antigüedad hasta hoy. Las torres y cúpulas han sido parte importante de las iglesias católicas a partir de la Edad Media, arquivoltas y arbotantes, chapiteles con fronda y arcos ojivales corresponden a su versión gótica; los frontones triangulares fueron característicos en los templos griegos y romanos antes de ser reproducidos en obras de diferentes usos, todos ellos tocados por la luz de la majestuosidad.

Al margen de la liturgia, credo o devoción los edificios religiosos tienen el poder de infundir misticismo y espiritualidad, como Santa Sofía en Estambul. El misticismo y la espiritualidad se manifiestan también bajo formas insospechadas como las esculturas altamente eróticas de los templos hinduistas de Khajuraho, o el Osario de Sedlec en la República Checa decorado con huesos humanos.

Es así como las religiones imponen formas a sus edificios que les hacen reconocibles no solamente para quienes profesan la fe de su devoción, sino también para aquellos que visitan el lugar incluso siendo ajenos a ella. Las iglesias católicas y los templos en general han cambiado mucho a lo largo del tiempo, y en la actualidad esa situación se ha hecho aún más visible por contar la arquitectura con materiales y disposiciones espaciales inéditos en su historia.

En los templos católicos el cambio en formas y disposiciones contó con el aval del Concilio Vaticano II en los años sesenta del siglo pasado, pero desde décadas atrás ese fenómeno ya se estaba manifestando. Como ejemplo tenemos en los años cuarenta del siglo XX el templo de San Francisco de Asís en Pampulha, en Belo Horizonte, realizado por el Arq. Oscar Niemeyer (1907-2012) utilizando la forma del paraboloide para solucionar el claro de la nave. La propuesta fue innovadora y disruptiva, permeando en la arquitectura católica a nivel mundial hasta convertirse en una modalidad bastante socorrida.

Años después el Arq. Francisco Aguayo Mora (1912-1995) y el Ing. Gonzalo González Hernández también acudieron a los paraboloides para diseñar los templos del Seminario Diocesano y del Espíritu Santo respectivamente en Aguascalientes.

Desde mediados del siglo XX las iglesias católicas han ido experimentando un cambio continuo en sus formas, aunque por lo regular su disposición sigue siendo una nave que mantiene el esquema lineal de la asamblea frente al presbiterio. De acuerdo con los dictados eclesiásticos vigilados por la Comisión Diocesana de Arte Sacro, los esquemas concéntricos y los materiales de la cubierta deben ser cuidados con especial esmero, pero con la profusión constructiva de formas variopintas, los templos han ido diluyendo su presencia en la imagen de la ciudad, por lo que deben recurrir a la vistosidad de sus volúmenes para mantenerse aún en la difícil competencia por atraer la percepción de los parroquianos.

Así, en las últimas décadas vemos una importante proliferación de formas inéditas para los edificios religiosos que van desde los más sobrios y neutrales a los de composiciones más complejas y llamativas. En la calle Guaymas No. 102 del Fraccionamiento Vista del Sol I, se encuentra ubicado el templo dedicado a San Joaquín y Santa Ana, con dos espadañas rematadas en arco de medio punto tal vez para simbolizar a los padres de la Virgen María a quien está dedicado el templo; al centro de la fachada se alza la cruz, como desplantada del marco en el que se abre el acceso de este recinto religioso. Las formas libres en la composición de los templos católicos así se manifiestan en interpretaciones también independientes por parte de arquitectos y feligreses por igual, tal vez sea uno de los efectos del Concilio Vaticano II.

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