techosconfianzaItzel Vargas Rodríguez
No es nada nuevo reconocer que a escalas mundiales, la desconfianza hacia el sector público, las instituciones, los regímenes democráticos y la mayoría de los protagonistas públicos como los políticos está en exponencial crecimiento de una forma preocupante.
Mucho de ello se debe en parte a la gran red de intercomunicaciones con las que actualmente contamos, y que proviniendo de los medios de comunicación masiva, así como los medios de comunicación interpersonal, y el enorme entramado de posibilidades e invenciones que surgen cada vez más para conectar a la población, hacen que sea más sencillo monitorizar el quehacer gubernamental, lo que desencadena el descontento, la indignación, el enojo o incluso el desinterés.
Podríamos generalizar en que en muchos de los países el tema de la corrupción es un tema delicado para la ciudadanía, en el que el mal uso del recurso público no sólo hiere la buena voluntad ciudadana, sino también menoscaba economías. Han sido últimamente publicados estudios que comprueban que aspectos como la corrupción o la violencia, le cuestan carísimo a las poblaciones.
Eso, por ejemplo, lo están empezando a dilucidar organismos internacionales como la UNESCO, consciente de la enorme red de corrupción que surge en torno al régimen educativo, ha diseñado una plataforma con el nombre “ético” en el que precisamente busca luchar contra la corrupción en la educación, evitando tener pérdidas en los sistemas.
En nuestro país, hace muy poco se acaba de publicar un documento de fácil acceso en Internet, llamado “Informe País, sobre la calidad de la ciudadanía en México” del IFE (ahora INE) y el COLMEX, que entre otras cosas habla mucho sobre la creciente desconfianza hacia las instituciones públicas y entes, lo que da muchas cosas a pensar a la par.
Por ejemplo, se dice que 42% de la gente no confía en las autoridades, el 49% cree que ningún político se preocupa por los mexicanos, el 66% dijo que las leyes se respetan poco o nada, los partidos tienen un 19% de confiabilidad, la participación ciudadana realmente recae sobre las pláticas cafeteras y nada más.
Los techos de confianza realmente recaen sobre el ejército, los maestros y la iglesia, porque todos los demás ámbitos que directa o indirectamente se relacionan con la política (como los partidos políticos, sindicatos, jueces, gobiernos) están debajo del 30% de credibilidad.
Cada vez más son las propuestas de plataformas de transparencia que surgen como contrarresto de la desconfianza ciudadana, ya sea en páginas web especializadas pero también con las iniciativas provenientes de las OSCs que mediante observatorios o acción social, presionan a los gobiernos a hacer del dominio público qué hacen con las finanzas públicas.
Cierto es que por aspectos económicos, de recomposición del tejido social, de recuperación de la participación y confianza ciudadana, conviene planear acabar con el mal de la corrupción aun cuando éste se encuentre muy enraizado en la sociedad. Hemos llegado al punto en que los estudios están hechos, las plataformas tecnológicas existen, pero faltan tres ingredientes importantes para dejar de percibir que caminamos cegados por no saber qué terribles cosas pasan en la política, y qué cosas seguramente seguirán ocurriendo: una es la voluntad política para terminarla, la otra es la valiosa participación ciudadana para promoverla y la última es la re-culturización social multisectorial para erradicar hasta las acciones que socialmente se consideran como corruptas, y éste es tal vez el más complicado porque implica a la educación personal, escolar y social.
Seamos conscientes del porqué de nuestra desconfianza hacia las instituciones, porque este es un tema latente y preocupante, consecuencia de las raíces de tantos problemas sociales que ha acarreado México por mucho tiempo ya.
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