Carlos Reyes Sahagún
 Cronista del municipio de Aguascalientes

–Protesto guardar y hacer guardar la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, la particular del Estado, las leyes que de ambas emanen, desempeñar patrióticamente el cargo de gobernador que el pueblo me ha conferido, mirando en todo momento por el bien y prosperidad del estado. Si así no lo hiciere, que el pueblo me lo demande.
Son las 17.54 horas del uno de diciembre de 2016. La liturgia se cumple puntualmente y Aguascalientes tiene un nuevo mandatario. Orozco pronuncia la fórmula consagratoria, escrita en un papel colocado sobre un podium de mesa, mientras algunos toman una fotografía con sus teléfonos, en medio del más absoluto silencio. Lo que sigue es predecible: al concluir las palabras rituales, los aplausos inician como el principio de una tormenta; como una cascada que arrastra piedras que chocan entre sí, para inmediatamente generalizarse.
Entre tanto, el flamante Ejecutivo sonríe -¿y cómo no; quién no?-, mientras estrecha las manos de quienes lo acompañan en el presidium, y si las palmas duran únicamente 25 segundos es porque ya se están sentando los que ocupan la mesa principal, y el diputado Báez solicita a todo el mundo ocupar sus lugares -siempre me ha intrigado esta frase: ocupar un lugar. ¿Un lugar se ocupa como Roma ocupó Israel; como Estados Unidos hizo con el norte de México; como la Alemania nazi con Polonia?-. El más joven de entre quienes encabezan esta ceremonia solemne vuelve a tomar su libreta engargolada, que quizá lleve el título de “Manual práctico para dirigir la toma de posesión de un nuevo gobernador. Ideal para evitar peligrosas improvisaciones y lastimosas equivocaciones”; o algo así. La toma y lee, concediendo «el uso de la palabra» al Ejecutivo estatal, a fin de que el nuevo mandatario nos dirija el mensaje “sobre la apertura de gobierno”.
El gobernador Orozco se pone de pie, y entre aplausos baja de la tarima donde está con los personajes que encabezan el poder que representan, además del delegado presidencial, rodea la mesa y viene adelante, donde esperan el podio con el escudo de esta, nuestra Suave Matria, y los teleprompters. Toma un vaso con agua colocado a un lado, y bebe un sorbo. Luego, intenta acomodar a su gusto los dos micrófonos, pero se queda en la mano con el de su lado izquierdo.
–Ya lo…
¿Ya lo qué? ¿qué dice: ya lo zafé, fastidié, o algo más mexicano? La conclusión de la oración se le ahoga en la garganta, mientras se concentra en regresar el objeto a su lugar. Cuando por fin lo logra, voltea y nos observa con la sonrisa del niño que ha cometido una travesura, pero que sabe que hoy se le perdonará todo; hoy sí; en seis meses quién sabe, en un año. Abre las manos y dice:
–Nada más lo toqué.
El respetable celebra el dicho con risas, y acto seguido inicia la lectura de su discurso. Luego de los saludos de rigor entra en materia. El primer aplauso se produce 1.25 minutos después, cuando proclama:
–El acto más significativo es asumir el compromiso y responsabilidad de ponerme a la orden de la ciudadanía. El hecho más trascendente no es elevar la figura del gobernador, pues es momento ya de restituirle al ciudadano su lugar. El legítimo reclamo ciudadano no acepta ni quiere gobernantes por arriba del pueblo, sino personas que sirvan con cercanía, sencillez, sensibilidad y capacidad de dar resultados.
O sea que te lo digo a ti, Juan, para que lo entiendas tú, Pedro, porque esta es una evocación al que se fue, el que ya no es. Por cierto que el individuo de referencia, que nunca alcanzó la estatura del gobernante, que fue muy moderno con los temas económicos, pero tan anacrónico como un déspota oriental en lo político y social, y que invariablemente se limitó a ejercer funciones de secretario de desarrollo económico; digo que este señor nos obsequia con un último acto que lo pinta de cuerpo entero. Es… ¿cómo se le podría llamar? ¿Falta de educación, de civilidad, de respeto a la sociedad a la que nunca mereció conducir? ¿Mezquindad? Bueno, ahí usted escoja la opción que le guste, que yo me quedo con todas y una que otra que mi educación y el respeto que usted me merece, me impiden plasmar en estas líneas. El hecho es que quien dejó de ser no se presenta a la ceremonia. Entonces, contrariamente a la tradición, por esta vez no hay tal transmisión de poderes. Y bueno: no se le pueden pedir peras al olmo. Me acuerdo de aquel dicho que le he escuchado a mi amigo el médico charro Juan José de Alba Martín: ya valió madre el entierro: no se presentó el difunto… Bueno, no se presenta el «difunto» pero igual la ceremonia se realiza.
Que yo recuerde es la primera ocasión que ocurre semejante descortesía. Aun en la inauguración de la modernidad política; en la primera alternancia, en 1998, ahí estuvo el ex gobernador Granados.
Me imagino que aquel se despertó hoy, ya sin poder alguno; sin esa aura que ofrece el poder discrecional sobre el presupuesto; sobre las vidas laborales de infinidad de personas, y sobre las inocentes expectativas de bienestar de miles, y se sintió desnudo; desamparado: ya no habría caravanas ni aplausos ni celebración de sus chistecitos. Se despertó, digo, y se sintió desnudo, como la vez que el zonzo de Adán se comió la manzana, y con ello violó la única regla que Dios le puso -¡Caray! ¡Una sola regla, y no fue capaz de cumplirla!- se sintió desnudo y fue a esconderse.
Eventualmente -genio y figura- el sujeto se vio como usted y como yo lo hacemos cada mañana, tarde y noche, simples mortales, y no le gustó. Otra posibilidad podría ser que al ciudadano no le gusta estar con personas y en lugares donde no es el primero, el del medio y el del final; el centro principal de atención, y entonces optó por no asistir. ¿Cómo saberlo?
Los inocentes; los generosos, los bien pensados creen que quizá no fue invitado, cosa poco menos que probable. Y bueno: que cada quien piense y crea lo que quiera que, al fin y al cabo, como afirma la plenitud del lugar común mexicano; la frase que vació el cerebro de quien la inventó: estamos en un país libre. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).

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