Yara Amallely Morales Aguilar
Agencia Reforma

Cd. de México, México.-Perdió siete kilos y en un mes sintió que la enfermedad lo comía a cuentagotas. Pero lo logró. Con su familia y personal de salud, Sergio venció al coronavirus en Cosoleacaque, un rincón veracruzano

La historia de Sergio Zapata se empezó a tejer en su trabajo, donde lo obligaron a seguir laborando sin ninguna medida, pese a que a la vista de todos se derrumbó un compañero suyo.

“Esa enfermedad es horrible no se le deseo a nadie, ni a mi peor enemigo”

“Te destroza rápido o te va comiendo lentamente”, dice y, por un momento, se le quiebra la voz mientras llora al recordar la odisea que amenazó su vida.

A él le paso lo segundo. A los dos días de que su compañero se desplomara frente a sus ojos, le empezaron los síntomas, primero casi invisibles, creciendo hasta hacerse insoportables.

Un dolorcito en el cuerpo. Fiebre. Una visita al médico. Un diagnóstico errado. Más fiebre. Tos intensa. Una segunda visita al médico. El mismo diagnóstico errado.

Y lo peor: la presión de seguir trabajando mientras veía, con horror, que sus compañeros también se estaban enfermando.

Cinco días estuvo así hasta que pudo regresar a su casa en Cosoleacaque. Su esposa y sus dos hijas, estudiantes de medicina, ya lo esperaban casi con la certeza de que, por sus síntomas, se trataba de la Covid-19.

“No podía consolarlo, cuando él llegó me preguntaba frenéticamente: Mari ¿tengo coronavirus, tú crees que tengo coronavirus?”, relata María Zapata, al recordar la imagen de su padre, desmejorado, y con una tos que no le permitía caminar bien.

Sergio se bañó, intentó comer, pero la tos era tan intensa que vomitó todo. Posteriormente, una ambulancia se lo llevó en una cápsula.

Estuvo cuatro días internado. Antes de salir, se lo dijeron a él, y a su familia en la distancia: era positivo a Covid-19.

“Llegando al hospital me pasaron al área de tomografía y me dijo el doctor que mis pulmones estaban lacerados. Cuando llegué era el primer internado, cuatro días después el piso ya estaba lleno, había 10 personas y sólo dos no estábamos intubados”, recuerda.

“Asu, me sentí muy mal me sentí muy triste, y pensé ‘ya no voy a ver a mis hijas, a mi esposa, ¿qué va a ser de ellas?’ Yo sentí que me estaba yendo. Ahí en la cama haces popo haces pipi, te dan un cómo (una bacinica con silla)”, relata.

Por esta experiencia, Sergio declara su admiración hacia los médicos, porque los vio trabajar turnos de ocho horas en los que no hacían nada más que atender a sus pacientes.

“Gracias a los médicos respondí a los medicamentos, pobres médicos”, expresa con empatía.

Al salir del hospital, debía estar aislado 21 días en su casa.

“Mi familia se organizó bien, una fue la cocinera, mi esposa; la otra su asistente, mi hija la más chica, y mi hija la más grande fue la encargada de llevarme la comida, bien organizadas como en el hospital”, dice y ríe.

Mientras relata el agradecimiento a su familia, su voz pasa de la tristeza al enojo al recordar una de las tantas vivencias desagradables.

“Me recetaron un antiviral y un antibiótico que se acabaron aquí y en Coatzacoalcos, es triste ver que hay re vendedores que se dedican a re vender medicamentos mi esposa los veía en tres mil pesos en mercado libre cuando cuestan de 400 a 700 pesos”, afirma.

Un familiar del Estado de México pudo conseguirle la medicina que empezó a tomar dos días después de lo recetado.

“Mi mamá se propuso que nadie más que mi papá se contagiara de coronavirus, le habilitamos un cuarto especial, sanitizamos todo, yo entraba con goggles, cubre bocas, careta, salía y no tocaba absolutamente nada. Directo a bañarme y lavar todo lo que traía puesto. Me bañaba cuatro veces al día.

“Al inicio era fácil, pero luego el cabello se me empezó a caer, la piel se me empezó a resecar”, asegura la hija de Sergio.

Pero ni la dermatitis, ni la angustia que se traducía en insomnio la hicieron desistir, ni a ella, ni al resto de la familia de Sergio, hasta que, por fin, se recuperó casi al filo de que también su salud emocional y mental se vieran comprometidas.

“Ya habían pasado 20 días, cinco en los primeros síntomas, cuatro hospitalizado, 12 aislado.

“Me dijo el doctor que ya podía darme da alta, que ya era mucho, porque las últimas dos noches empecé a alucinar, de la ansiedad el insomnio porque ya no aguantaba”, recuerda.

El 8 de mayo dejó de tomar medicamentos.

“El contagiado se vuelve una cifra y no un humano, pero detrás de ese contagiado hay alguien con familia, en este caso era nuestro papá”, asegura María.

“Esto nos unió y nos demostró que con amor y organización se puede superar”, agrega.

Sergio cree que fueron varios factores: los médicos, su familia y hasta Dios.

“Pero también me ayudó que no soy hipertenso, no tengo diabetes, ni sobrepeso”, dice, consciente de que muchos no fueron tan afortunados, entre ellos algunos de sus compañeros.

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