Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Don Pancho Jáuregui era líder de los propietarios de coches de sitio de Aguascalientes en los sesentas. Entonces, me parece recordar que los automóviles de alquiler estaban asignados a los llamados “sitios” que eran cuatro o cinco ubicados estratégicamente: Catedral, frente a la plaza y a un paso de las oficinas de gobierno en el Palacio Rojo y las del municipio en el Palacio Rosa; San Diego, frente al Parián y a tiro de piedra del mercado y los mesones; la Estación obviamente para los viajantes mas que para los obreros; y Guadalupe, por ser un barrio populoso. Los coches de alquiler eran coches modernos para su época, muchos último modelo, que los choferes, también muchos de ellos los mismos dueños mantenían impecablemente limpios, quitando cualquier brizna de polvo, lavándolos varias veces al día. Más de alguno aromatizaba el interior con unas vainas de vainilla, con unas hojas de eucalipto o unas gotitas de citronela. En el enrejado de Catedral y en lugares como postes o incluso árboles, las curiosas cajitas de madera que protegían de la intemperie a los teléfonos de operadora que por lo común compartían entre dos la misma línea y que distinguían convenientemente llamándoles rojo y negro. Ambos sonaban al mismo tiempo, pero la operadora precisaba para cual era la llamada.

Don Pancho Jáuregui era también el dueño de su coche, que además de estar siempre reluciente, tenía unas alfombras peludas muy de su agrado sin duda. Sobre el asiento posterior algo que recuerdo como zarape, pero que podría ser simplemente una cobijita que ayudaba a no sentir tanto en las asentaderas, el calor de los asientos forrados con los modernos, vistosos y calientes materiales plásticos de los tapices. El cubreasiento del conductor era otra cosa, de vaqueta perforada con artísticos dibujos, era como un trono de conducir y así se conducía Don Pancho. Servicial y atento, lo mismo acudía para trasladar a un enfermo, que para recoger a un profesionista que requería moverse con cierta rapidez, o acudir en auxilio discreto y esmerado de alguien que pasado de copas no deseaba deambular por las calles, o servir convenientemente adornado con flores y listones de llamativa carroza nupcial. No faltaba el picos pardos que distraía las miradas curiosas con recorridos fatuos antes de arribar a su objetivo final, ni tampoco el cura caritativo que acudía a administrar los sacramentos a un enfermo o a un anciano que no podían acudir al templo. Para ciertas cargas los choferes de sitio se ponían sus moños. Para eso estaban los cargadores con su pantalón de pechera, su gorra con su placa reluciente ostentando su número, su mecapal y el sufrido chamuco, que había aliviado tantas jornadas de otra manera insufribles, aligerando el transporte de cargas brumosas o pesadas. No era infrecuente que los coches de sitio sirvieran para viajes fuera de la ciudad. Los choferes eran garantía de seguridad, atención, eficiencia y algo invaluable: discreción. Mi papá cuando no se veía tan apretado, siendo niños nosotros, los hijos, alquilaba un coche del sitio de San Diego, de…sería Humberto…¡ Creo que sí! de lo que estoy seguro era de que se apellidaba Gourcy.

Don Pancho Jáuregui era un líder combativo, tesonero, respetuoso y mal hablado, (lo uno no quita lo otro), que entendía razones y acataba instrucciones cuando no había mas remedio. Sus agremiados se sabían defendidos, confiaban en él, si no ciegamente, al menos tuertamente sí. El que no caminaba por la derecha con el se encontraría y no había justificaciones. El gremio de los taxistas era un gremio confiable.

Las cosas han cambiado. La ciudad ha cambiado. El mundo ha cambiado. Las concesiones de taxi, coches de sitio entonces, eran casi patrimonio familiar. El servicio de transporte era, para empezar, un servicio, útil y confiable, debido en buena parte a que se defendía la concesión y el trabajo con la vehemencia y la fuerza de quien defiende lo suyo.

Los taxistas se quejan, y en taxistas englobo a los titulares de las concesiones (beneficiarios de gobiernos clientelares o patrimonialistas), a los administradores: pescados de mucha agua, coyotes muy baleados, sábanas muy miadas, que se hacen cargo de manejar concesiones que sus titulares no tienen idea del manejo del servicio de taxis y prefieren darlos en administración, y a los choferes, el eslabón más débil de la cadena que sucumben a las tentaciones para lograr un peso mas, tentaciones no pocas veces peligrosas cuando no francamente delictivas. Los taxistas se quejan de la competencia, dicen desleal, de las modernísimas compañías como la muy conocida Uber, que da, hay que reconocerlo un servicio sensiblemente mejor que el de la mayoría de los taxistas. Vehículos mas modernos, mas cómodos, mas limpios, operadores (nótese la discriminación, no les llamo choferes) mas atentos, mas cordiales, mucho mucho mas seguros, con un seguimiento vía internet que permite conocer su ubicación momento a momento, tarifas transparentes y facturación eficiente.

Los taxistas se quejan, llevan razón, aunque a fuer de ser justos, habría que decir que “son la ocasión de lo mismo que culpáis”. ¿Cuántos han recibido una concesión por la cercanía con el gobernante en turno? ¿Cuántos han acaparado mediante simulaciones multitud de títulos para explotar taxis? ¿Cuántas veces hemos escuchado la tan traída y llevada regularización, tan solo para regresar a los mismos vicios de siempre?. Nuevamente la iniciativa privada, ahora con las compañías de internet que ofrecen el servicio de transporte, pone en evidencia la corrupción de los gobiernos.

Imaginemos, nada cuesta hacerlo, que en vez de las latas que se autorizan como taxis tuvieran que ser de modelos uniformes y cómodos (estoy pensando en Inglaterra, soñar no cuesta nada), que las concesiones fueran sólo para quienes acreditaran trabajarlas personalmente, lo que, por supuesto, abarataría el servicio, porque ahora el mismo taxi sirve para pagar a los choferes, para pagar al administrador y para que el titular de la concesión cobre también. Pensemos que siendo el dueño quien la trabajase cuidaría el vehículo, habría menos accidentes, mucho menos altercados, y mejor servicio, y, seguramente, sería menos proclive a sucumbir a las presiones u ofertas de la delincuencia.

En fin, soñar no cuesta nada y, mientras tanto, pediré mi Uber.

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