El miércoles asistí a la presentación del documental “Luz en las Sombras” “Destellos del toro bravo en México” producido por la brillante aficionada taurina Renel Tron. El evento, organizado por el Centro Taurino Seda y Oro, caló hondo en el de la pluma y en todos los asistentes, los sentimientos de serenidad y armonía que irradia esta obra, terminaron por tocar las fibras más sensibles de los que la miramos.

El documental abre al espectador el mundo del toro bravo, deja ver sus sabores y sobre todo su sentido. Utilizando entrevistas fascinantes, la obra entre muchas cosas, desnuda el amor incondicional de un caporal hacia el ganado que diariamente alimenta, muestra cómo el pase natural de un matador es capaz de conmover profundamente al alma del que lo mira y deja en evidencia el escrupuloso esmero de un ganadero por regalarle la mejor vida posible a su lidia.

No puede haber error más grande que enjuiciar sin conocer; así como para amar, antes se debe conocer; para condenar, primero se debe demostrar. No en pocas ocasiones, los humanos nos confrontamos en la defensa de pensamientos que incluso ni son distintos ni se contraponen; tercos de razón, los debates de pensamientos ante la ausencia de diferencias, acaban por reducirse a simples disputas entre egoísmos y necedades. Tal vez así ocurre entre los taurinos y los antitaurinos, pues, paradójicamente, lo que los separa es realmente en lo que coinciden: el amor por los animales.

Si existe una persona que ama a un animal, ese es el taurino; si existe alguien que defiende a toda costa a un animal, ese es el taurino. Yo mismo he presenciado cómo un ganadero ve a su encierro con una mirada de padre o como un matador, viéndole a los ojos al toro, mira fijamente a un ser con espíritu propio.

La tauromaquia y su dilema social al que se enfrenta, representa un debate dentro del profundo mundo de la ética, pero nunca dentro de la moral, si bien son válidas ante todo la existencia de posturas a favor y posturas en contra; ninguna de ellas debe imponerse por encima de la otra. En el dilema de la fiesta de los toros, no se trata de convencer, solo de respetar. Igual de erróneo será el taurino que quiera llevar a todo el mundo a la plaza como aquel antitaurino que intente privarle a una persona el gusto de gritar un olé.

En mi caso, ya desde la trinchera de un aficionado, encuentro que el que ama la fiesta ama al ser humano. La admiración hacia la estética es una capacidad exclusiva del hombre que nos recuerda nuestra grandeza; el placer que conmueve nuestra esencia cuando apreciamos la belleza, nos reafirma nuestra naturaleza distinta del resto; cada tarde de toros en donde la piel se eriza se pone de manifiesto la maravilla de vivir, la maravilla de existir.

La fiesta brava seguirá mientras la libertad se mantenga, el día que muera, no sólo acabaremos con un animal, sino que extinguiremos una prueba más de nuestra humanidad.

@licpepemacias