Josemaría León Lara Díaz Torre

Al provenir de cuna taurina y con el paso de los años aficionado por convicción a la Fiesta Brava, pretendo aprovechar las presentes líneas para hacer un llamado a la afición de la más bonita de las fiestas a abrir los ojos y defender el elemento más importante de la misma: el toro.

A pesar de los movimientos de cierta parte de la sociedad que pretenden terminar con esta tradición, no puedo dejar pasar, el hacer un merecido reconocimiento como taurino al actual Gobierno Estatal, que en fecha diecisiete de octubre del año dos mil once tuvo a bien declarar mediante un decreto a la Fiesta de Toros como Patrimonio Cultural Inmaterial del Estado de Aguascalientes.

Tal es el caso de Zacatecas, Tlaxcala, Hidalgo, Querétaro, Guanajuato y Michoacán; pero por más esfuerzo que desde las cúpulas gubernamentales se hagan para salvaguardar las corridas de toros, mientras empresarios, ganaderos, autoridades de plaza y los profesionales del toreo sigan permitiendo que se le falte al respeto al toro, cuando son lidiados animales tan faltos de casta, de bravura, de trapío, de edad, de peso, de cornamenta por mencionar algunas cosas, tan hermosa tradición está condenada a su extinción.

Es verdaderamente lamentable y además insultante el encierro del domingo pasado en la “Temporada Grande” de la Plaza México; a pesar del gran orgullo como oriundo de Aguascalientes de ver a un paisano confirmar su alternativa (quien por cierto fue el verdadero triunfador de aquella tarde) sigo dolido como aficionado por haber presenciado que la segunda plaza en importancia en el mundo, nos decepcionara de tal manera.

Pero no es necesario ir la Ciudad de México para darse cuenta de la realidad que vive la fiesta hoy en día, si en casa estamos hasta peor. Cada año cuando se acerca la Feria Nacional de San Marcos, a quienes nos gustan los toros esperamos la develación de los carteles para lo que la empresa llama “el serial taurino más importante de América”. Tradicionalmente se creía que la temporada de novilladas terminaba poco antes de comenzar la verbena abrileña, pero en los últimos años todo parece que continúa hasta mediados del mes mayo.

Y es que como dice el refrán, no hay más ciego que el que no quiere ver, puesto que la fiesta está en decadencia y mientras el interés económico vaya por encima del misticismo, el arte y la cultura, la comunidad taurina desaparecerá.

Debemos volver la mirada a la esencia de todo, el toro. El ganado bravo, durante siglos, ha sido una especie preservada y criada con el único objetivo de ser la materia prima en un espectáculo donde el hombre y la bestia se tienden en un combate de elementos a la vez tan simples pero también profundos, donde el elemento central es el respeto del uno hacia el otro, durante ese diálogo en el que ambos se juegan la vida.

Ya basta de menospreciar al toro de esa manera; no es posible que se cobren cantidades fuertes para ingresar a un festejo taurino y presenciar una becerrada. Donde el animal no embiste, no demuestra bravura, no tiene fuerza pero sobre todo, no se presta al toreo, ese toreo que es ya para nuestro Aguascalientes patrimonio cultural.