Moshé Leher

Hace tantos años que no me aparezco en la Feria, que ya ni siquiera me planteo la posibilidad de darme una vuelta por allí y ver las novedades; hace unos cinco o seis años, después de una corrida, caminé de la plaza a J. Pani, de allí al jardín y de allí a un negocito de Carranza, donde tenía una cena y me cercioré que aquello estaba muy cambiado. Con eso me basta.

Como concluye una anécdota que cuenta el matador Manolo Arruza, que involucra a un torero ya fallecido, un autobús que iba de Juárez a la Ciudad de México, a unos norteños grandotes y a unos vendedores ambulantes de quesos, en Querétaro: ‘Está ca…mión saber tanto’.

Resultaría, no obstante, que echar pestes de la verbena, de esta donde parece que se busca, año con año, meter más y más gente, en un perímetro cada vez más grande -y entiendo que cada vez mejor equipado-, se prestaría para que cualquiera de mi peña me recordara aquellos años, ya lejanos, en que si la Feria duraba 23 días yo había asistido no menos de 20.

Me justifico, como cualquiera de mi edad, diciendo que se trataba de otros tiempos y de otra fiesta, pues soy tan viejo que recuerdo aquellas verbenas donde se daban media docena de corridas, en la vieja Plaza San Marcos y el perímetro ferial se limitaba a la calle Carranza y al jardín, en tiempos en que ni existía la Monumental, ni la Expoplaza, en que J. Pani era una vialidad y uno llegaba a las corridas en auto, por López Mateos.

Una mañana, ya hace casi medio siglo, un viernes, o un sábado, con mi mochila y mi bolsa de dormir colgadas en la espalda, caminaba rumbo al jardín, pues iba a encontrarme con un grupo de amigos, adolescentes todos, como yo, que íbamos a acampar por la Sierra del Laurel: así era yo en esos lejanos años.

Amanecía. A la altura del Templo de la Merced, creo recordar, los vi venir, tras reparar en la música: dos parejas seguidas de una charanga desafinada. Ellos, de traje, llevaban ya la camisa de fuera y las corbatas hechas una desgracia; ellas, de vestido de noche, llevaban los chongos colgando de la coronilla, venían descalzas y llevaban los zapatos, de tacón, colgando de sus manos; creo que uno de los sujetos, uno gordito y chaparro, bebía de una botella y pegaba de ajúas, mientras que el otro champurraba el Gavilán Pollero. Que me sirvan otra copa cantinero…

Yo me pegué, aterrado, a la pared y me volví de piedra, los borrachines, que seguían con el Gavilán, Gavilán, Gavilán, te llevaste mi polla Gavilán, ni los músicos, que recuerdo como autómatas, repararon en mi presencia: ellos se fueron a donde sea que fueran, seguro a dormir la mona, y yo fui a donde mis amigos, nos fuimos de campamento y después paz y luego gloria.

Luego más de una vez, la verdad sea dicha, me tocó ser yo el borrachuzo del cuento; después me hice mayor y finalmente decidí, hace dos décadas, que para mí ya estaba bien de amaneceres, de empujones, de ver pleitos de beodos y de todas esas cosas hermosas que eran, ya entonces, y son ahora el espíritu de nuestros festejos.

Pasó ya el primer fin de semana y esta noche, que usaré para terminar un libro de Víctor González, comienza el segundo; ayer, camino de un asunto por los rumbos del centro, crucé el ya largo túnel que pasa por debajo del lugar de los hechos, que será lo más cerca que estaré de la fiesta de este año.

La noche de ayer, aburrido, salí sobre las nueve a una cantina de por mi rumbo, muy lejos de los festejos, a que me diera el aire y a beberme un whisky, a las diez estaba en casa; me serví un segundo y un tercero, mientras, señal de los tiempos, regaba mi sediento jardín, tras lo cual, con los restos de la última copa, me fumé un cigarrillo en la terraza viendo el cielo, desierto de nubes y de estrellas.

Luego subí a leer a mi habitación, leí un poco y traté de dormir hasta que los tamborazos lejanos, que entraban en mi ventana a falta de nada que pareciera viento, despertaron a todos los perros del vecindario (creo que alguien por aquí debe tener criaderos), que, junto con el atroz calor, me regalaron un concierto cacofónico y una noche de ídem.

¡Sameaj Pésaj! Todavía.

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