Por J. Jesús López García

El presbitero Ricardo Corpus, en su libro La Catedral y su Cabildo de 1969, da cuenta de cómo la actual Catedral de la Diócesis de Aguascalientes inició su existencia como una pequeña capilla sin que los historiadores se pongan de acuerdo en dónde se encontraba ubicada. Jesús Bernal Sánchez menciona que se había levantado una humilde capilla por el rumbo de lo que en un futuro sería la calle del Apostolado, mientras que Agustín González afirma que se “… construyó una capilla en la plaza principal…” y Carlos Salas López cita que hubo un primer templo en el siglo XVI, “… formando la plaza y señalando sitio para las casas reales, como porque no hay noticia de otro más antiguo”. Y finalmente Alejandro Topete del Valle expone que “la parroquia de la Asunción fue primeramente una pequeña y modesta capilla, levantada a la vera del legendario y polvoroso camino Real… y con toda probabilidad su construcción, frontera al “fuerte” o “presidio”. Sea lo que fuere, a la primera capilla le sucedió una segunda y ésta a su vez una tercera, la cual es la actual iglesia, ésto en 1704.

La estampa que Carl Nebel dejó de la Plaza de Armas, sin jardín y sin la exedra, se aprecia la Catedral sin su torre sur y en lo que ahora es el Patio de las Jacarandas, ocupando su sitio el Portal de Jesús que a su vez fue demolido para construirse una serie de edificaciones que en su última versión quiso adaptársele una serie de rasgos de apariencia colonial a lo que anteriormente era un edificio de características Art Déco realizado por el arquitecto Francisco Aguayo Mora a la mitad del siglo XX.

Lo anterior es útil para hablar deuna serie de sustituciones que se dan a efecto en toda ciudad, pues al paso del tiempo, al cambio de estatus de los diferentes asentamientos o a la presentación de fenómenos contingentes, los cambios se suceden sin parar. A menos que el sitio en cuestión sea una ciudad museo donde la posibilidad de lo nuevo solamente ocurre cuando lo viejo experimenta alguna catástrofe pues fuera de ello, lo antiguo revestido de la densa pátina de la historia, reclama ser preservado, mantenido, cuidado y apreciado.

Aguascalientes fue en sus inicios un sitio de posta donde los viajeros podían pasar la noche o descansar y surtirse de vituallas para proseguir su viaje y con ello a la par, para evitar asalto o el perderse en medio del entonces enorme y mucho menos poblado territorio de la Nueva España.

En un siglo después de su fundación en 1575, comenzó la villa a prosperar y a sostener a una población cada vez más numerosa experimentando una relativa bonanza en el siglo XVIII. Pero a mediados del siglo XIX y sobre todo a finales, cuando Aguascalientes ya ciudad despegó como uno de los polos productivos regionales de importancia para llegar a nuestros días como uno de los centros industriales más importantes del país ya metido de lleno en una dinámica económica global.

Todo ello trajo consigo una aceleración en el último siglo y medio de sustituciones de edificios por otros, pues la ciudad en su transformación territorial y morfológica, debe adaptarse a los tiempos cambiantes que le son propios. La finca ubicada en la esquina de las calles de 5 de Mayo y de Allende fue demolida para sustituirla por el edificio actual, diseñado por el arquitecto Ramón Ortiz Bernadac justo frente a lo que fuese el Banco Nacional de México y que ahora aloja a una tienda departamental.

La finca presentaba algunos rasgos de la arquitectura tradicional basada en paramentos alineados a la calle; muros de carga y vanos verticales, cornisas y hasta guardacantón en la esquina, presentando la novedad de locales comerciales en su planta baja, lo que habla de una actividad económica mucho más activa de lo que vivió la ciudad en siglos precedentes. En fin, la sustitución de edificios, es un fenómeno que denota la vida que sigue presente en Aguascalientes.