Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Mi amigo Humberto Chávez Aranda, unos pocos años mayor que yo, sostiene que no ha envejecido y su razonamiento es impecable: si una de las características de la vejez es perder la capacidad de asombro, yo, dice, sigo asombrándome todos los días de lo que sucede en nuestro país. Por no ser menos y por unirme a su campaña de no envejecimiento, también todos los días pongo a prueba mi capacidad de asombro. La prueba es muy sencilla, basta encender el televisor o el teléfono móvil e ingresar a alguna de las llamadas redes móviles. No habrá que esperar mucho.  En todos los medios de comunicación la propaganda de la 4T le alcanzará y los exabruptos, gracejadas, declaraciones, invectivas, admoniciones, regaños, etc., le harán el día, tanto si es simpatizante como si no lo es del presidente de la República. Si lo es, porque le endulzará los oídos y alimentará su convicción de que nuestro país es el mejor de los mundos posibles y que nunca habíamos estado tan bien y, en corto plazo estaremos mejor. Si usted no ha sucumbido al canto sirénico del pez macuspano o si ya logró escapar de su “embrujo”, encontrará motivos para llorar y para reír: los mismos, sólo que después del momento inicial de hilaridad vendrá el golpe con la gran verdad: la realidad gana.

Me aparto ligeramente de mi tema para referirme al anuncio del presidente “de que” Palacio Nacional cuando termine su mandato se transformará en un museo para que el pueblo “bueno” pueda visitarlo, conservando algunos espacios para servicio público. Pero ¿es en serio?, piensa uno, “de que” se transformará en museo el Palacio. ¿El presidente ya olvidó que Palacio Nacional es un museo y que por su capricho ha usado el museo como su casa y lugar de despacho de los asuntos gubernamentales? ¿Lo ha olvidado o nunca lo supo? ¿O de plano le vale? Los Pinos, que fuera residencia oficial del Presidente de la República, fue creada por Lázaro Cárdenas, justamente para no hacer ostentación y dejar el Palacio Nacional como patrimonio del país en una función museística. Entonces ¿el presidente López Obrador decidió vivir en el museo y ahora decreta que seguirá siendo museo para que otro Presidente ya no pueda vivir en él? La proverbial humildad del presidente López Obrador sólo es comparable a la del “mínimo y dulce” Francisco. Si no denotara toda una estructura mental sería para reír a mandíbula batiente, la realidad gana y es para sentarse a llorar con tonada.

Regreso al tema de esta columneja y para ello conviene recordar algunos antecedentes. El llamado “nuevo sistema de justicia penal” se vendió hace algunos sexenios con un estribillo muy atractivo: hay que instaurar la presunción de inocencia porque el antiguo sistema presumía la culpabilidad. Eso era una mentira pero el producto se vendió bien, ¿por qué mentira? Porque el Código Penal Federal y siguiéndolo los códigos penales de la República señalaban: “la intención delictuosa se presume”, no la culpabilidad, sino la intención de delinquir. Dado el hecho delictuoso y acreditado el nexo causal entre el comportamiento de una persona y el resultado, la ley establecía la presunción de que si había obrado de una manera determinada, es que había tenido la “intención” de obrar de esa forma. Es evidente que siendo la intención algo subjetivo, no puede ser probada externamente, sin embargo, quien realizó la conducta podría aportar pruebas que echaran abajo la presunción. Tocaba al Ministerio Público comprobar los elementos objetivos del delito y la presunta responsabilidad. Sin embargo, en los delitos que revestían mayor gravedad, gravedad que se estimaba en función del término medio aritmético de la pena se obligaba al presunto responsable a afrontar su juicio en prisión, prisión preventiva se le llamaba, provisional creo le llaman ahora.

El “nuevo” sistema de justicia penal cambió muchos principios, para bien, y estableció de manera expresa la presunción de inocencia, por lo que se establece que una persona no es culpable mientras no exista una sentencia que declare su culpabilidad. Es importante señalar que ni los señalamientos de los periódicos, ni de los medios de comunicación electrónica, ni las redes sociales, ni siquiera las acusaciones del presidente, pueden constituir sentencias, aunque hay una cierta proclividad en la sociedad a asumir como culpable a cualquier persona que sea señalada públicamente. En el “nuevo” sistema se redujeron al mínimo los delitos en los que se establecería la prisión preventiva, dejando la medida para casos de delincuencia organizada y delitos graves. Un punto que no comparto pero no es momento de analizar. Por otro lado, cambió la forma de determinar cuáles son los delitos graves. Ahora son delitos graves los que la legislación penal dice que son delitos graves, llegándose al absurdo que hay delitos graves que tienen una penalidad mínima con relación a delitos no graves.

El catálogo de delitos graves era pequeño a partir de la reforma, pero la incapacidad policíaca, la de las fiscalías y la cuestionable función judicial, hicieron que el gobierno decidiera volver a aumentar el número de delitos graves, pudiendo detener a los “presuntos” responsables para ser juzgados detenidos, lo que es una violación grave de la presunción de inocencia, pero transmite la impresión de que se está castigando a los delincuentes, aunque luego salgan en libertad.

La Suprema Corte de Justicia resolvió antier que en los delitos del orden fiscal debe prevalecer el principio de presunción de inocencia y no detener a los presuntos responsables para ser juzgados, sino que, una vez juzgados y hallados culpables, procederá el castigo.

Al presidente López Obrador no le gusta la presunción de inocencia. No le gustó la resolución de la Corte y declaró (¿en serio?) que aunque no la compartía la acataría (¿cómo? ¿El presidente no sabe que está obligado a cumplir lo ordenado por la Corte?). Remató diciendo que “los ministros tienen la arrogancia de sentirse libres”.

Recurro al diccionario: La arrogancia es el sentimiento de superioridad que desarrolla un individuo en relación con los otros, basado en la falsa creencia de que merece mayores privilegios o concesiones que el resto. La palabra, como tal, proviene del latín arrogantia.

La arrogancia es un defecto del carácter que consiste en ser altaneros, presuntuosos, prepotentes o soberbios.

¿No se dio cuenta el presidente que se estaba refiriendo a otro de los Poderes de la Unión, consagrado por la Constitución? Esa falta de respeto raya en la responsabilidad oficial. ¿Quién será más arrogante?

 

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