Por J. Jesús López García

73. BanamexEn varias ciudades europeas existe, desde hace tiempo, un proceso en el que se suplantan las piezas escultóricas clásicas por copias realizadas con materiales resistentes al paso del tiempo, el clima, el smog, a los residuos de palomas, a los turistas y a los vándalos locales. Las originales están protegidas en almacenes adaptados para su conservación; ciertamente el saber que esa gárgola de forma fantástica en tal o cual catedral gótica no es la primigenia, sino una réplica de fibra de vidrio –aunque bien hecha–, quita mucho del encanto. Sin embargo, esa medida es una de las múltiples estrategias en aquellos lugares para cuidar un recurso de difícil y dudosa renovación: el patrimonio cultural.

 Con los edificios es más complicado, la suplantación total de un inmueble ocurre, generalmente, cuando el original -apreciado notoriamente por una comunidad- ha sido dañado o completamente destruido; como ejemplo está la catedral de Colonia que sufrió graves destrozos durante la Segunda Guerra Mundial, o tantos edificios del casco antiguo de Cracovia, destruidos por los nazis durante el mismo capítulo bélico del siglo XX. En los casos anteriores se trató, con éxito, de reedificar los edificios originales con la mayor exactitud posible, cuando prácticamente ya eran inexistentes.

Parientes de las suplantaciones arquitectónicas, ocurren en mayor número, son las transformaciones y las mutaciones que consisten en ampliar, mejorar, enaltecer o actualizar el discurso arquitectónico de un inmueble; como la portada barroca del “Obradoiro”, del arquitecto Fernando de Casas Novoa, en la catedral de Santiago de Compostela, edificada siglos atrás en estilo románico; o la demolición total de la antigua Basílica de San Pedro de Roma, en el actual Estado de la Ciudad del Vaticano, para reelaborarla durante el Renacimiento con las intervenciones de Bramante, Rafael y Miguel Ángel, entre otros, no quedando duda que lo nuevo, que sustituyó a lo viejo, lo superó de manera extraordinaria transformando al edificio –como en el primer caso–, o el sitio completo –en el segundo caso–, y hasta el curso de la historia misma, pues la nueva magnificencia vaticana fue uno de los factores que terminaron por acelerar el desarrollo de la Reforma protestante en el norte de Europa y desencadenar con ello el decurso del mundo contemporáneo.

 La primitiva parroquia dedicada a la Virgen de la Asunción en Aguascalientes cambió de edificio varias veces, hasta que se construyó durante el siglo XVIII el templo que hoy reconocemos como nuestra Catedral. Los primeros ejemplares del siglo XVII, realizados con precario adobe, finalmente fueron sustituidos por una edificación de piedra.

Las muestras mencionadas aluden a operaciones constructivas pensadas para restituir una pérdida comunitaria o transformar y mejorar con ello la expresión arquitectónica y artística de un recinto, una ciudad o de una institución. Teniendo en cuenta que lo ejemplificado se refiere a casos en que el sustituto es mucho mejor que lo sustituido, no dejó de haber polémica en el momento de la puesta en marcha de transformación. El París actual debe más a la labor decimonónica del Barón Haussman que a la conformación, a lo largo de siglos, de la ciudad medieval de la cual queda realmente poco, sin embargo, no obstante algunos lamentos proferidos en aquel entonces –por parte de muchos parisinos más que reconocidos–, la ciudad resultante sigue siendo una referencia mundial de cosmopolitismo y sofisticación urbana.

  ¿Pero qué ocurre con las mutaciones operadas sobre inmuebles que de acuerdo a criterios muy particulares no manifiestan relevancia arquitectónica alguna? Se corre el peligro de destruir un edificio que da testimonio de una época para sustituirlo por otro que es testificación de un momento. No se trata con ello de amparar todo lo construido y provocar la inmovilidad arquitectónica. El objetivo es que todo lo erigido supere claramente a lo existente, y más cuando lo reciente se ha de realizar en sustitución de ello.

Fincas juzgadas como “viejas” mutan en edificios cuya pretensión es solamente renovar sin un sentido verdaderamente crítico. Lo transformado por desgracia se remite a la imagen y ésta lo hace a una paleta de soluciones pasajeras que al poco tiempo se ven desgastadas y faltas de sustancia.

 Para lo expuesto, en Aguascalientes aplica el caso del edificio del Banco Nacional de México, ubicado en el primer cuadro de nuestra ciudad, realizado en el estilo Internacional, casi infaltable en los inmuebles de las décadas sesenta-setenta. Su apariencia tal vez agresiva o indolente, a un contexto con obras barrocas, neoclásicas y eclécticas de principios del siglo XX, era no obstante un testimonio de su tiempo. Lo que lo sustituyó incluye actualmente un simulado segundo piso, ventanas ficticias, cornisas inútiles y una imagen fraudulenta pretendidamente “colonial”. El resultado: un falso testimonio de fines del siglo XIX.