
Si esta esperanzadora épica heroica, dirigida por Ian Bonhôte y Peter Ettedgui (“Rising Phoenix”, “McQueen”), fuera un filme de ficción, seguramente el gran público lo pondría por los suelos. Sus actores sociales (personajes-tema en un documental) son demasiado perfectos; hay sobreabundancia de frases idealistas y los giros argumentales lucen demasiado improbables. Pero hemos de creer que así sucedió, y he aquí la vida de un actor con talento promedio llamado Christopher Reeve, cuyo corazón estaba bien puesto en el teatro independiente, pero que un giro del destino lo puso en las coloridas mallas, botas, capa y calzones del mítico Superman, papel por el que sería mundial y atemporalmente reconocido, del cual siempre quiso escapar y que ahora, irónicamente, se refleja en estos esfuerzos por emanciparse del personaje, una vez que trató de diversificarse como actor y posteriormente superar la cuadriplejia a causa de un accidente ecuestre en este sensiblero documental titulado “Súper/Man: La Historia de Christopher Reeve”, cuyo acto de coerción emocional hacia el espectador es reprobable al querer hacer pasar por héroe a una víctima de penosas circunstancias. Esto, obviamente, ante la mimetización que la percepción popular le otorgó debido a su rol como el superhéroe de DC Comics y que el mismo Reeve reconoce como un lastre en su carrera en las entrañas de esta película.

La narrativa más valiosa la encontramos en los personajes tangenciales en la vida del actor, especialmente su esposa Dana Reeve, quien lo acompañó siempre al punto de sacrificar su propia carrera artística para asistirlo durante las duras y extenuantes sesiones de terapia, para luego ella misma sucumbir al cáncer de pulmón; sus hijos, en particular William, quien constantemente ofrece mayor pathos al narrar con lágrimas en los ojos lo que significó ser el hijo de un actor tan emblemático, el recuerdo de su madre o momentos compartidos con ellos; y el gran amigo de Reeve desde sus inicios como histrión, Robin Williams, quien hizo frente común con la familia una vez ocurrido el accidente a caballo para apoyarlo constantemente mediante su sentido del humor, recursos financieros o simplemente como hombro donde apoyarse. Pero, por desgracia, todos estos elementos pasan a segundo plano para enaltecer la estampa de Reeve, quien indudablemente padeció en circunstancias dolorosas el dolor físico, mental y existencial producto del percance, además de apoyar a otros en una situación similar mediante su fundación. Todo esto es llevado al paroxismo dramático por una serie de elecciones discursivas poco honradas de sus directores, más preocupados por abogar a su canonización que por investigar y analizar su vida y obra, pues todo queda en una reiteración sobre Superman como personaje encarnado por el finado actor y como supuesto símbolo derrotado y postrado en silla de ruedas. Estos momentos están tan bien ejecutados que nublan la oportunidad del espectador de cuestionarlos o preguntarse sobre los apenas aludidos momentos de oscuridad que indudablemente brotaron ante tal coyuntura.
Como en sus trabajos anteriores, los directores Bonhôte y Ettedgui entienden perfectamente lo que quieren contar, en este caso la edificante épica sobre la superación de deficiencias físicas, la fortaleza moral que yace en un actor de Hollywood, la posibilidad de una integración familiar, aun cuando se habla de dos familias formadas por la misma persona cuando Reeve abandona a su primera esposa, Gae Exton, y el engatusar a la audiencia dándole lo que quiere, pero no lo que requiere. Tal vez por ello, los momentos más interesantes o conmovedores en este himno biográfico son las fugaces vislumbres tras sus imágenes idealizadas al dolor, la desdicha, el miedo y la duda. Pero jamás veremos eso en un trabajo así, pues Superman debe seguir siendo más Súper que “Man”.
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