Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

 Quiero agradecer a todas las personas que se comunicaron conmigo en el trascurso de la semana, con motivo del encabezado de mi entrega del lunes pasado, Día de los Inocentes, mi humilde contribución al lucimiento de esta fiesta. En verdad recibí mensajes que mucho aprecio, y que fueron como una amable palmada en la espalda. Algunos de ellos me hicieron ruborizar, e incluso revalorarme como persona y revalorar este apasionante trabajo de cronista que me honro en desarrollar, de tal maneraque pienso repetir la experiencia de cuando en cuando, (hablo de anunciar el fin de mi columna), para cargar baterías intelectuales. En verdad os digo que da gusto saber que hay personas a las que interesan la crónica y los temas que se desarrollan en esta columna.

Y ahora, si me disculpa, remataré el tema que he venido desarrollando en las últimas semanas, y que da título a estas líneas.

Hace unos días vi en Facebook uno de esos pensamientos amables que suelen compartir muchos; un pensamiento cálido como la luz de una vela que, verdad o ficción, me pareció de lo más sabio que leí en los días finales del año anterior. Y dice: Cuando era niño, en navidad le preguntaba a mi mamá: “¿Qué quieres de regalo?” Ella me decía, salud y que no falte nadie el próximo año, Yo le decía: no, mamá: un regalo de verdad… Hoy me doy cuenta de la razón que tenía, los regalos no son nada, si las sillas están vacías…”. Y a propósito de sillas vacías, un día de estos me encontré este poema titulado “Entre amigos”, de la autoría de Julia Santibáñez. Y dice: “Muchas veces jugamos a las sillas,/a ver quién sobraba/y tenía que despedirse/mientras los demás reían,/dueños del asiento repentino./Luego de infinidad de calendarios,/hoy seguimos jugando/aunque arrastramos los pies./Cada vez hay menos sillas.”

En fin, que quedan menos sillas… Este año que recién concluyó se fueron más personas conocidas que en ningún otro, pero no crea que esto se debió forzosamente a la pestilencia que padecemos, no, sino más bien porque las personas, en realidad todos los seres vivos, tenemos la pésima costumbre de morirnos llegado cierto momento de la vida, que en alguna medida tiene que ver con la edad. Deje me explico: conforme transcurre la vida, uno va a las fiestas de los amigos, después a sus bodas, luego a los bautizos de sus hijos, las primeras comuniones, los 15 años, y así, hasta llegar a los funerales, en una dinámica que llegará hasta que nos veamos enfrentados a nuestro propio funeral.Entonces ocurrirá que no iremos, sino que nos llevarán, y desde luego ya no veremos, ni sabremos y, para acabar pronto, ni seremos… Ahora, sin ir más lejos en el almanaque, lamento la partida de mi amigo Gustavo Arturo de Alba, que se quedó atrapado justo en el borde del puente que separó el año anterior de este, el 30 de diciembre próximo pasado.

En fin. Que así nos ocurre, pero le juro por la salud de su político favorito que digo esto sin resentimiento alguno ni nada que se le parezca; sino tan solo como la constatación de un hecho, esta conciencia que tengo del paso del tiempo, que se agudiza en este tiempo de luces de colores, imágenes amables y caldeados aromas en la cocina; esta época en que vivimos el sueño de una noche de fin de año.

El hecho es que un año se suma al anterior, y al previo a éste, y este último al que estaba antes que los dos y a todos los demás, hasta que la suma total del tiempo que usted ha vivido convierte aquello en una torre de Babel, el lugar en que unas personas, situaciones y cosas se olvidan, o se distorsionan, se confunden y se mezclan entre sí y terminan acomodándose en el cerebro en tiempos que no fueron los suyos, etc., como cuando sueña uno algo completamente disparatado; que conecta tiempos y personas que nada tienen que ver entre sí; algo tan alucinante,  que uno despierta y se pasa el día preguntándose el por qué de semejante ensoñación. Ni modo: somos carne de olvido, tiempo perdido.

Pero en rigor con esto de las sillas no hay tal. Los asientos siguen siendo los mismos, y más; lo que ocurre es que cambian los ocupantes: unos llegan y otros se van. El árbol de la vida se renueva y cambia de follaje, y de esta forma se mantiene vivo.

Por otra parte, ocurre que hay años que uno desea que terminen de volada, si es posible antes, y que uno declara que no extrañará, como este del COVID-19; esa pestilencia que vino a voltear todo patas arriba, y con la que todos perdimos algo; todos, pero que luego resulta que se resisten a irse realmente porque, por desgracia, como ocurrirá con la muerte microscópica, se quedan con nosotros mucho tiempo más; demasiado.

Por cierto: vaya una pregunta retórica: ¿qué pesó más en nuestro ánimo en este fin de año, los que dejaron su silla de manera definitiva, o nosotros, que aquí seguimos?, es decir, ¿llegamos al último día de este ciclo con más dolor por los que se fueron, que alegría porque seguimos aquí? Cada quien tendrá su respuesta, íntima y personal.

A propósito de esto alguien publicó en Facebook un mensaje del que transcribo un fragmento: “En el año de la muerte, estoy vivo. En el año de la enfermedad, estoy sano. En el año de la escasez, he sido bendecido con pan en mi mesa. En el año de la caída, estoy de pie. En el año del temor, estoy confiado. En el año de los desastres, estoy seguro. Este ha sido un gran año”. Sobre esto último, por mucho que me ponga el saco de lo que se dice, no estoy de acuerdo, justamente porque muchas personas están en la situación contraria. Entonces, si no estamos bien todos, pues no estamos bien y se acabó, independientemente de que en el seno de mi familia ocurrieron un trío de cosas maravillosas; trascendentes.¿Y a usted, cómo le fue? (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).