Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Sin duda este salto en el tiempo que implica pasar de un año a otro; este momento en que los extremos están a punto de tocarse, y el tiempo, como afirmara Pablo Neruda en frase luminosa, se dispusiera a dar su elegante vuelta de vals, es la temporada del año en que podemos sentir con mayor intensidad la manera en cómo transcurre la vida. Poco a poco va bajando la actividad, los políticos guardan silencio, no sin anunciarnos que el próximo año será mejor que este, las empresas hacen balance anual, los noticieros ofrecen resúmenes sobre todo lo ocurrido y por ocurrir, y en el contexto de la cultura cristiana en que muchos fuimos educados, se genera la necesidad a dar gracias por el año que concluye, y clamar por los mejores augurios para el que inicia.

Ya sé que esto del cambio de año es algo totalmente arbitrario, una construcción intelectual que el ingenio humano edificó para medir esta sustancia misteriosa, maravillosa, terrible, que es el tiempo, y sobre todo su paso, a partir del movimiento asombroso, siempre portentoso, de la Tierra alrededor del Sol. Tan es así, que otras culturas celebran el inicio del año en otra época del año.

Ya sé todo esto, pero a mí se me figura que hay algo más detrás del cambio de número. La imagen más certera que tengo sobre esto que siento, imagino y digo, es un lugar común: en el libro abierto de la vida; en este libro que somos y en el que vamos escribiendo y leyendo nuestras vidas y las de los demás, le mostramos al Sol una nueva página para que la ilumine y caliente con su intensidad acostumbrada; una nueva hoja, en la que iremos leyendo y/o escribiendo. Por esta razón echaremos al olvido la página anterior: ahora nos concentramos en esta página que al principio se mostrará tiernita, blanca, y poco a poco se irá tostando y manchando conforme la luz de la estrella la vaya caldeando, hasta tornarla amarilla como nuestros huesos, ese color emparentado con el de la flor de cempasúchil… Lo que nunca cambiará en ella será su fragilidad. Por eso deberemos tener cuidado con qué intensidad escribiremos, de no ir a romperla de cargarle el lápiz, bajo el impulso de una gran emoción, o a mancharla con gotas de café o de alcohol que derramemos sobre ella, incluyendo lágrimas…

Abierto el volumen en la nueva página, este ciclo a punto de iniciar, será ella la que recibirá la luz de nuestra atención, de nuestro entendimiento; del Sol, mientras que la otra se sumará a las anteriores con las que tendrá dos cosas en común: ya no será iluminada y poco a poco irá olvidándose. Esta es la auténtica muerte, el olvido; moriremos en la medida en que seamos olvidados.

No hay maldad en ello, no hay una intención perversa en esta actitud; simplemente ocurre que al cerebro humano le resulta imposible tener presente cada persona que se le ha hecho presente más allá de cierto tiempo, cada situación que le ha ocurrido, y a menos que la fije en la memoria de alguna manera, a través de la escritura y/o la imagen, estará condenada al olvido.

Pero aun cuando logremos fijar en el tiempo algo por los procedimientos señalados, aun así ocurrirá que terminaremos por perder el tono de la experiencia, su sabor y emoción; su sonido y frescura. Peor aún, perdemos el sentimiento que nos embargó en el momento de experimentar aquella situación, o de haber hablado con tal o cual persona, aunque ciertamente tal vez ocurra que esto último resulte benéfico, por ejemplo si le cantaron aquello de diciembre me gustó pa’ que te vayas.

Pasar de un año a otro es como cruzar el puente sobre el río que separa los dos lapsos. Los primeros días de la nueva etapa uno puede voltear hacia atrás y observar el periodo que terminó, y ver también como cada vez, cada día, queda más lejos, hasta que lo perdemos de vista y sólo se contempla lo que está alrededor.

Pero lo más triste no es esto, que demos vuelta a la hoja de este libro de la vida, sino que con este acto dejemos en el otro lado del puente de este río portentoso, inagotable, y caudaloso que es la vida, a las personas cercanas que no lograron llegar con nosotros a este fin de año; que se quedaron definitivamente ancladas en el que termina. Entonces nuestra experiencia con ellas queda cancelada, en ocasiones de manera brutal, siempre inmisericorde, de tal manera que ya no habrá cosas nuevas que vivir y conversar y luego recordar; ya no habrá encuentros callejeros preñados de asombros y sonrisas; ya no habrá reuniones con la obligada puesta al día. Es por eso que se quedan atrapadas en el lapso que termina.

Yo, por ejemplo, pienso ahora en el doctor Juan José de Alba Martín, cuya ausencia me acompaña desde el pasado 23 de marzo. Le siguieron Sergio Checho Dávila Díaz de León, Roberto López Gurrola, Emmanuel Muro Cornejo, Rodolfo García Calderón, Fernando del Bosque Dávila, Francisco Javier Márquez Martínez, y René Torres Mancera, ¡tan joven él!…

Francamente, a estas alturas no sé si todavía tendré que sumar a alguien más. Total: todavía le quedan a este año algunos días… De veras que somos tan frágiles, creaturas desamparadas, libradas a nuestra suerte, y nos morimos de nada, nomás de estar vivos. Usted, ¿en quién piensa; quién se le quedó atrapado en este año? (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).

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