Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

En aquel tiempo, mi amigo Alejandro Velasco Rivas me dijo que él era tan así, pero tan así, que para hacer ejercicio se iba a Europa. ¿Cómo, cómo? Pregunté azorado, imaginando un gesto de arrogancia de su parte; una excentricidad. La verdad es que lo dijo no sin un dejo de triste ironía. , contestó, es que estando aquí nunca tengo tiempo de nada, de hacer ejercicio. No me lo doy, pues; no me organizo, por más que cada año me hago el propósito, pero cuando he ido a Europa ha sido caminar de la mañana a la noche; puro ejercicio.

Me acuerdo de esto ahora, a pocos días del fin de año porque he llegado a la edad en la que para ver a mis hijos solteros; a los que viven en mi casa, que es la misma y propia de mi mujer, preciso salir con ellos de vacaciones. Por cierto que en este tiempo en que el Sol se va a calentar el hemisferio sur del planeta es ideal el sureste, que en estos días de invierno tiene un clima ideal para nosotros, gente de las alturas de México; Campeche es una buena opción, pero también Yucatán, Oaxaca… Salimos unos días, lo cual nos permite estar juntos de tiempo completo, conociéndonos y reconociéndonos, y en el extremo, poniéndonos al día sobre diversos asuntos, y es que, no sé si a usted le suceda lo que a mí, que con alguna frecuencia cuando me levanto ellos ya se fueron al trabajo, y cuando regreso, o no han llegado, o ya se durmieron, de tal manera que pasan días en que ni siquiera los veo; ya no digamos comer con ellos, o cenar, nada, y en todo caso deben consultar sus abultadísimas agendas, mucho más de lo que está la mía, para ver si podemos desayunar o comer juntos el domingo, o ir al cine; hacer algo juntos, pues, vida de familia, aunque ciertamente la desgraciada pandemia que padecemos ha alterado de manera radical nuestras rutinas y hábitos de vida, incrementando nuestros tiempos de convivencia, y cancelando cualquier posibilidad de viajar… por ahora.

Pero no vaya usted a creer, estudioso lector, que esta situación me duele; o en todo caso no mucho, pues. Después de todo para su fortuna -de mis hijos- y la mía, llegaron a una edad en que ya les enseñé todo lo que sabía y debía y ya son capaces de valerse por sí mismos. Ya tienen credencial para votar y están en edad de pagar impuestos, y desde luego de otras cosas. Yo, como la recién casada, “ya cumplí” y adiós, que les vaya bien; ya todo lo que les concierna va por su cuenta y riesgo.

En todo caso comento lo anterior para señalar lo obvio, el hecho de que este es un signo de nuestro tiempo aguascalentense; una situación que nos posee y domina: las prisas, las carreras, la actividad incesante, etc. Desde luego también hay que tener en cuenta otra situación, que también es característica de nuestro tiempo: hoy en día los jóvenes le tantean más el agua a los camotes de lo que nosotros hicimos, y tardan más tiempo para instalarse por su cuenta y riesgo; pagar su agua y su gas, su energía eléctrica, y sus otras muchas cosas, y si muchos nos independizamos en la primera mitad de la tercera década de nuestras vidas, ahora se han pasado a la segunda mitad, e incluso a la cuarta década de vida.

Por cierto que estos asuntos del tiempo que vivimos me hacen recordar la canción aquella que dice “tu retratito lo traigo en mi cartera”. Si modernizamos semejante letra, y la adaptamos a los tiempos actuales, podríamos decir “tu retratito lo traigo en mi teléfono, o tu videíto”, porque debe usted saber que ya llegué a la edad en que cuando me encuentro con alguien de mi contento, y me pregunta por mi familia, le muestro un video que traigo en el móvil, donde aparece Carlos III, hasta ahora mi único nieto, aprendiendo a decir el nombre de mi hija, o repitiendo una y otra vez el clásico “dale, dale, dale”, que aprendió un día de estos, A.C. (que no es Antes de Cristo, sino Antes del Coronavirus), en que lo llevaron a una fiesta en la que hubo piñata.

Desde luego mi esposa y yo dejamos atrás, pero muy atrás, esa otra edad en que teníamos a los hijos con nosotros de tiempo completo, e íbamos y veníamos con ellos sin siquiera tomarles parecer, incluso decidiendo lo que comerían, cómo se vestirían, a donde irían, etc., pero ahora ocurre lo que señalo en el párrafo anterior, y quizá no tarde mucho en que las cosas se inviertan de manera radical, y sean ellos quienes tomen las decisiones importantes de mi vida y se encarguen de lo que yo ya no pueda, y me lleven a donde no haya pedido y coma lo que ellos ordenen. Pero independientemente de lo anterior, de mi satisfacción por el deber cumplido, debo confesar que tengo el sentimiento de una melancólica nostalgia por aquel otro tiempo, hoy perdido.

Quizá a estas alturas del escrito haya adivinado que mi intención en estas líneas ha sido la de referirme a las edades del hombre, o de la mujer, que para el caso es lo mismo, un tema que en estos días decembrinosse nos vuelve más sensible aún de lo que es normalmente, muy propicio y socorrido en estos días finales del año en que poco a poco la actividad disminuye, en muchos casos hasta cesar, y entonces podemos concentrarnos un poco en otras cosas; nosotros, por ejemplo. Aunque ciertamente no en este, que parece fin de año desde marzo, y en el que todo ha sido trastocado. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).