Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

O las molestias de Netflix para crear un anti-thriller.

A finales de los años 70 y principios de los 80, directores como Alan J. Pakula (“Todos Los Hombres del Presidente”), Sydney Pollack (“Los Tres Días del Cóndor”) y Oliver Stone (“Salvador”) generaron un compromiso no acordado de cultivar una inspección madura y analítica en el emergente cine de reacción post-Vietnam y Watergate sobre la condición de la geopolítica en pleno estado corrosivo debido a las intrusiones de su nación en facciones, fuerzas e intereses internacionales que a la postre provocarían centros y actos terroristas ahora por todos conocidos. Lo interesante en los planteamientos temáticos de sus trabajos fílmicos era el contacto entre tales elementos y el factor humano, siempre provisto por individuos que trabajaban dentro del sistema o cuestionándolo desde una perspectiva externa en la forma de periodistas, abogados y demás entes disputantes desarrollando un discurso maduro, válido e inteligente que incluso incita a una reflexión sobre la normatividad que impera en nuestro cotidiano.
“Su Último Deseo”, la más reciente producción de Netflix, una adaptación al texto homónimo de Joan Didion basado en hechos, desea con todas sus fuerzas ser un émulo a aquellos clásicos taciturnos y casi subversivos aludidos anteriormente pero fracasa miserablemente no por la dirección, ejecutada con brío y elegancia por la cineasta de color Dee Rees, ni por el reparto, el cual cumple incluso con más entusiasmo del que merecen sus papeles en la piel de Anne Hathaway, Rosie Pérez y muy especialmente Willem Dafoe, quien devora escena tras escena donde aparece, sino de un guion que simplemente no sabe qué hacer con la cantidad de información que suministra dispersando todas las vías argumentales a callejones sin salida y de un desafortunado montaje que descuida bastante todos los procesos de continuidad y ritmo provocando que el filme luzca incluso minusválido perceptualmente hablando.
Lo curioso es que técnicamente la cinta tiene una premisa bastante sencilla: Elena MacMahon (Hathaway) es una periodista encargada de cubrir los conflictos bélicos de la convulsa Centroamérica a inicios de los años 80, mostrándose muy comprometida a su trabajo arriesgando incluso su vida con tal de proveer la nota o artículo pertinente junto a su compañera de armas Alma (Pérez). Desde el comienzo entendemos que diversos asuntos turbios se cocinan en el panorama político latinoamericano en contubernio con el de su patria y que ella los intuye, entablando conflictos incluso con sus patrones en el diario donde labora para obtener los encargos que le permita llegar a la verdad, navegando entre una marejada de nombres, lugares, organizaciones y fechas, pero es relegada a la cobertura de la campaña presidencial de Ronald Reagan, frustrándola enormemente. Pero de la nada su oportunidad para continuar su indagación llega en la forma de su extraviado padre Richard (Dafoe), un lengualarga vivaracho y fanfarrón que abandonó a Elena y su madre años atrás y que padece una enfermedad terminal, condición que él aprovecha para solicitarle a su hija un gran favor (el “último deseo” del título): ir a Nicaragua a entregar una mercancía, recoger el dinero y volver. Por supuesto, se trata de armas para los guerrilleros de la Contra y a partir de aquí todo se torna una gran ironía para la protagonista, pues se transforma en el elemento central de aquello que tan solo investigaba conforme comienza a involucrarse más en los sucios negocios de su padre.
La trama daba para mucho, pero el libreto se muestra completamente incompetente para hilar una narrativa coherente, pues toda la información se desarticula ante la falta de una verdadera estructura que cohesione correctamente todos los componentes, tomando escena tras escena mediante incontables datos que el espectador debe asimilar en ocasiones sin llegar a algún punto conciso y librar diversas cabriolas narrativas que la directora Rees confundió en su guion por profundidad en el discurso, pero que se queda en la telaraña sinonímica, contrastando con su clara mirada en cuanto a la puesta en escena y construcción visual de su relato. Hathaway y Dafoe en verdad hacen lo que pueden con sus voluptuosos papeles, pero quien simplemente se pierde es Ben Affleck en su rol de agente de la CIA que aparece y desaparece sin consecuencias caprichosamente y que parece no tener una función significativa o de peso en la película. Además, todo el trasfondo latino termina luciendo desgastado e incluso trivial ante su manejo descuidado y poco intrincado. “Su Último Deseo” pudo ser una gran cinta, pero se queda en las acostumbradas e inútiles buenas intenciones.

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