Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

“It´s the end of the world as we know it, and I feel fine…”

En 1978, el célebre escritor Stephen King decidió que, con cuatro exitosos trabajos previos (“Carrie”, “La Hora del Vampiro”, “El Resplandor” y “Rabia”), estaba listo para embarcarse en su primer trabajo de magnitud épica, emulando la estructura polifónica de Dostoievski que involucra un reparto copioso de personajes que someten a la trama a sus propios discursos pero involucrados en un marco argumental general que permite un desarrollo hacia eventos muy particulares. La novela en cuestión se tituló “The Stand” (conocida en nuestro país como “La Danza de la Muerte” en su primera edición y “Apocalipsis” tanto en su versión revisada y ampliada de 1990 como en el cómic editado por la Marvel de 2008 al 2012), una epopeya maniquea que presenta la acostumbrada batalla entre el bien y el mal detonada por una supergripe que aniquila a la mayor parte de la población con un trasfondo fantástico que bebe derechito de la mitología cristiana. El texto se coronó como uno de los libros más vendidos en la carrera de King hasta la fecha y objeto de dos adaptaciones televisivas luego de muchos intentos por llevarla a la pantalla grande (incluso George A. Romero luchó denodadamente por adaptarla). La primera compactó varios de los arcos argumentales del material fuente por el director y guionista Mick Garris y se recuerda más por un reparto singular que abarcaba estrellas vigentes y olvidadas de Hollywood (Gary Sinise, Rob Lowe, Laura San Giacomo, Molly Rinwald et al.) que por alguna virtud tésica, mientras que ésta fresca iteración desarrollada por CBS All Access y comprada por el servicio de streaming Starz Play México para su exhibición doméstica nacional, pone mucha carne en el asador de producción, ya que esta miniserie de nueve episodios extiende sus recursos a la maciza puesta en escena y a otro conjunto de actores consolidados que comunican adecuadamente el sentir y pensar de sus personajes. El obstáculo que ahora atraviesa esta costosa adaptación es un guion que laxa los puntos dramáticos que debieran apretarse por efectividad y un juego raro e innecesario de inconexión cronológica que altera la linealidad de la trama, desinflando la potencia de una historia que se percibe tan relevante hoy en día y esto solo puede producir un efecto en el espectador: frustración.
La premisa de la novela permanece: un experimento viral gubernamental se sale de control e infecta a la población de la Tierra, diezmándola hasta que solo queda un pequeño porcentaje de inmunes, los cuales reciben mensajes oníricos de dos entidades diametralmente opuestas: una misteriosa mujer afroamericana de edad avanzada llamada Madre Abigail (Whoopi Goldberg) con un aura mesiánica que los convoca a una apartada choza rural y un hombre barbado de semblante mefistofélico que posee extraños poderes de nombre Randall Flagg (Alexander Skarsgård, cuyo hermano Bill también se ha puesto en la piel de un villano de Stephen King en forma de Pennywise en las dos partes de “Eso”) quien seduce a los débiles y oscuros de corazón para que se les una en Las Vegas con la idea de conformar una Gomorra que resista el holocáustico plan que tiene para con la humanidad. Sus oponentes, la facción que acude con la Madre Abigail, son liderados por Stu Redman (James Marsden), un hombre sencillo que inicia en esta historia como cautivo en las instalaciones militares donde se gestó la terrible enfermedad (conocida por el mote de “Capitán Viajes”) y a la postre aliado con otros personajes como Larry Underwood (Jovan Adepo), un cantautor de renombre cuyo éxito se ve frenado por la pandemia, Nick Andros (Henry Zaga), sordomudo que tiene mucho que decir, Glen (Greg Kinnear), un académico que logra resolver algunas pistas esenciales para la resolución de este enigma sanitario/místico y Tom Cullen (Brad William Henke), quien padece de debilidad psíquica pero que muestra resolución y valentía. El punto focal, al igual que la obra original, le pertenece a un joven inadaptado e inestable llamado Harold Lauder (Owen Teague), quien se nos muestra como un ser misántropo, inteligente y colmado de cierto ego que anhela estar con su adorada ex niñera Frannie (Odessa Young), por lo que aprovecha el desamparo que la embarga debido a la muerte de su padre por la enfermedad para llevarla en un viaje por carretera donde dejarán mensajes esperanzadores a lo largo de su trayecto. El destino querrá que ella termine por sentir aversión por Harold ante sus desubicados y bizarros flirteos y ponerla en brazos de Stu, a quien conocen durante un conflicto en carretera con un chofer de tráiler maniático. Durante el progreso de la historia, se teje una red de intriga y suspenso en cuanto a la lealtad de Harold y sus torcidos planes, los cuales incluyen traicionar al grupo y asesinar a Stu. Por otro lado las huestes de Flagg, que incluyen al demencial homicida Lloyd (Natt Wolf, muy involucrado en su papel), la sociópata Judy (Katherine MacNamara) y el bestial Hombre Basura (Ezra Miller) tratarán de cristalizar el esquema trazado por su amo de detonar una ojiva nuclear que ponga al mundo a arder, convergiendo en un clímax descomunal y estridente cuando ambos sectores se confronten.
El gran contratiempo de esta macrohistoria es el trato desigual y desestructurado que se le da por el contingente de escritores (6 en total, incluyendo al mismo King) que trabaja la narrativa dando incomprensibles brincos y retornos afectando la diégesis y perdiendo foco. A la mitad de la trama ya no importa qué personajes son proactivos, quiénes pasivos, quiénes desean sobrevivir y quiénes buscan exterminar a la humanidad, pues la dilución de sus motivaciones y psicologías por su arrimo al arquetipo funcional y la mera inercia maniquea (los “buenos” y los “malos” operan por visión creativa monocromática, sin tonos o elementos que los definan más allá de sus trilladas personalidades), lo que arruina el ritmo de la serie y los momentos y detalles logrados que ésta tiene (Marsden, Skarsgård y Teague lo hacen de maravilla, así como la fotografía y su sentido de la cinemática), los cuales por desgracia ceden a los que no lo son, particularmente las escenas con Goldberg como la mística Madre Abigail, entidad dispersa sin capacidad de enclavamiento emocional con el espectador. “The Stand” es otro de esos proyectos que buscan hacerle justicia al autor que lo inspiró, pero termina siendo un embolado que busca complacer en lugar de proponer y experimentar en lugar de crear.

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