Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Grandes ideas, resultado pequeño

Oculta, entre las bromas obvias a las que se presta una cinta sobre la miniaturización de hombres y mujeres y los amigables rostros tan familiares de Matt Damon, Christoph Waltz y Kristen Wiig se esconde una sátira inteligente, redonda y muy necesaria sobre la condición humana en la sociedad norteamericana de la Era Trump, pero las buenas ideas, las puntadas geniales y los diálogos chispeantes se entregan a cuentagotas en esta película del siempre interesante Alexander Payne (“Entre Copas”, “Los Descendientes”), quien con “Pequeña Gran Vida” deja tantito de lado sus observaciones sobre la miseria existencial producto del abandono, la soledad y la tristeza producto de vivir en un país donde se comercia con los intereses nacionales e internacionales y la banalidad es la moneda corriente mientras inocula con humor más negro que la noche todo ese procedimiento para mostrarnos un relato casi gentil sobre personas diminutas gracias a la ciencia como forma de contrarrestar el alto costo de la vida, La premisa de ciencia ficción tan solo activa la narrativa sobre lo que su director pretende y suele abordar como parte de su idiolecto: el hombre común -preferentemente de edad media a otoñal- escudriñando las vías de escape para su extravío emocional/social/vivencial (como ocurre en la obra previa de Payne con Jack Nicholson en estado de afasia humanista en “Las Confesiones del Sr. Schmidt” o Bruce Dern esquivando su realidad fraterna y marital en “Nebraska”), lo que queda claro cuando conocemos al protagonista Paul Safronek (Damon), casado con la comprensiva Audrey (Wiig) e incapaces de mantener una vida económicamente estable, viviendo en la casa de la infancia de Paul cuando su madre fallece y luchando por pagar hipotecas o conseguir préstamos bancarios infructuosamente. La solución parece llegar con el descubrimiento de unos científicos noruegos sobre cómo reducir de tamaño exitosamente a seres humanos a una dimensión de cinco pulgadas, pues quienes ya han sido miniaturizados manifiestan vivir como reyes con un presupuesto ínfimo en pequeñas mansiones de lujo ubicadas en comunidades protegidas por burbujas de plástico en Nuevo México (lo que me produjo varios cuestionamientos sobre cómo obtienen recursos monetarios para vivir así, si tarde o temprano su economía se ajustará a la escala proporcional una vez que más y más humanos se miniaturicen al punto de llegar a la inflexión económica que los llevó a reducirse en primer lugar, algo que jamás se aborda en la película). Convencidos, los Safronek se someten al procedimiento solo para que Paul, una vez como un liliputiense, se encuentre solo en su nueva vida porque su mujer cambió de opinión en el último segundo previo al proceso. El minúsculo devenir en este lugar cambiará su perspectiva, sobre todo cuando conoce al hedonista y desfachatado Dusan (Christoph Waltz) y a una vietnamita llamada Ngoc Lan (la excelente Hong Chau), quien fue reducida contra su voluntad por labores de activismo ecológico y que perdió una extremidad en el proceso de deportarla. Ella y Paul se aliarán el resto del filme para ayudar a los demás conduciéndolos a un clímax en Noruega donde conocerán a los creadores de la miniaturización.
Payne dirige con mano clásica un relato imbuido por el espíritu de Frank Capra (“¡Qué Bello es Vivir!”) al privilegiar un panorama esperanzador que muestra a personas luchando por sus metas en lugar de entes derrotados por las circunstancias, con un Matt Damon asumiendo el manto de James Stewart como paladín del ciudadano promedio ante la burguesía y el sistema, pero al final los personajes no logran superar su condición arquetípica y Payne ahora no cuaja en su guion la profundidad o nobleza dramática que caracterizan a sus películas anteriores, por lo que su construcción a modo de sátira sobre el estilo de vida norteamericano queda en una sucesión de falsos arranques, aún si su mirada como director permanece en forma, pues sabe cómo emplazar y mover su cámara sacando mucho jugo a sets y locaciones naturales que carecen de un fondo narrativo más a tono con las excelentes imágenes.
La película parece funcionar cuando su relato procura una cierta intelectualidad progresiva pero extrañamente se cae cuando el foco son las relaciones o dinámica entre personajes (y es extraño porque se trata del fuerte de este director), tal vez porque el lienzo ahora es muy extenso, con varios arcos dramáticos y situaciones que deben resolverse, y Payne parece más a gusto y diestro con el lírico minimalismo que le hemos visto previamente, pero independientemente del tamaño de sus pretensiones, “Pequeña Gran Vida” simplemente no está a la altura.

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