Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

“No camines detrás mío, pues no sé dirigir. No camines frente a mí, tal vez no te siga. Tan sólo camina a mi lado y sé mi amigo”
Albert Camus

A pesar de tener un conflictivo vecino geográfico gobernado por un megalómano hombre-infante, Corea del Sur ha logrado generar una cinematografía que logra sumarse sin obstáculo a la sensibilidad posmoderna a la vez que coloca un aporte idiosincrático al lenguaje fílmico de acuerdo al género que aborde, dotando de emotividad y conflicto dramático a aspectos de la narración en ficción donde no suele haberlos. Uno de los adalides en este fascinante ejercicio creativo es Bong Joon-Ho, quien con tan sólo un puñado de filmes se ha consolidado como uno de los cineastas contemporáneos más sustanciosos por sus historias fortalecidas con base en bases dramáticas golpeadas por algún componente fantástico. Es así que una familia disfuncional sólo encuentra cohesión gracias a la llegada de una monstruo tentacular gigante en “El Huésped” (2006) o una comunidad distópica localiza sus procesos de identidad al convivir en un tren estructurado como un desquicio sociocultural mientras atraviesa velozmente escenarios devastados en “El Expreso del Miedo” (2013). Ahora, el director emparenta conceptos como la amistad, el honor, el equilibrio ecológico y las diversas facetas del capitalismo y sus vicios en “Okja”, su más reciente trabajo.
La trama parte del lugar más habitual en este tipo de argumentos: una niña y su irrompible lazo con un ser diferente. En este caso, se trata de un cerdo gargantuesco producto de la manipulación genética cortesía de una multinacional muy poderosa liderada por Lucy Mirando (la excepcional Tilda Switon), quien alerta al mundo sobre este hallazgo y sus bondades como deposiciones sin metano con beneficios ecológicos o capacidad de producción abundante en cuanto a carne baja en colesterol que sepa “j*****mente bien” y anuncia mediáticamente su idea de producir 26 de éstos súper porcinos (los cuales semejan más un hipopótamo sobredesarrollado y orejón) para su crianza en diversos lugares del mundo en un lapso de diez años y, pasado ese tiempo, seleccionar un ganador mediante un certamen a celebrarse en la ciudad de Nueva York. La década transcurre y nos trasladamos a Corea del Sur, donde un anciano granjero se ha hecho cargo de su cuidado junto a su nieta Mija (Ahn Seo-Hyun). Ella procura y mima al impresionante chancho al que ha bautizado como Okja, una relación idílica y afectuosa que se acentúa gracias a una puesta en escena bucólica que replica incluso diversos aspectos de los celebrados paisajes naturales de los Estudios Ghibli, al punto que Okja semeja bastante a un Totoro por su disposición pacífica y somnolienta, pero que sabe actuar con oportunidad como aquella escena cuando, después de una tarde lúdica y tranquila, Mija cae por un barranco sólo para ser rescatada con bastante presteza y agilidad por el enorme animal.
Esta dinámica se verá entorpecida con la llegada de Johnny Wilcox (Jake Gyllenhaal), conductor de famosos programas televisivos sobre la vida salvaje que además funge como el rostro público de la Corporación Mirando, viajando por el mundo para seleccionar al cerdo ganador. Al conocer a Okja, inmediatamente lo señala como el vencedor y comienza los preparativos para su traslado a Nueva York, lo que contraría a Mija quien hará todo lo posible por recuperar a su colosal amigo. Durante esta odisea se aliará involuntariamente con el Frente de Liberación Animal y sus peculiares miembros, liderados por Jay (Paul Dano) y su asistente K (Steven Yeun). Quienes buscan liberar a Okja mediante peculiares y poco ortodoxos medios.
La aventura que se desarrolla es una que produce emociones diversas, ya que sus aspectos emotivos son trabajados con mucha honestidad gracias al excelente desempeño de la pequeña Ahn Seo-Hyun a quien nunca se le explota alguna faceta cursi, sensiblera o tierna a la vez que el guión del mismo Bong Joon-Ho en colaboración con Jon Ronson manejan con delicada perfección el ritmo de la narrativa, armando desopilantes secuencias de persecución (una en particular con un final tan hilarante que debe verse para apreciarse) las cuales se acoplan tersamente con diversas escenas donde se cuestiona la ética en el diseño de comida transgénica, así como tiempo para comprender a la antagónica y acomplejada Lucy Mirando a través de su relación con su ejemplar asistente (Giancarlo Esposito). Momentos en los que Gyllenhaal confiesa sus inseguridades y traumas a Okja antes de emprender su tortura o las complejidades morales que aquejan al grupo ecológico que pretende defender la fauna agrediendo a sus congéneres sólo dimensionan la historia a puntos ricos que debaten y exploran una premisa usualmente maniquea en manos de directores menos avezados o maduros como Spielberg o Ron Howard, puntualizando el interés que Bong Joon-Ho a despertado en los cinéfilos modernos con mucha razón. “Okja” es un maravilloso ejemplo del cine que logra entretener, provocar y obsequiar puntos de reflexión a la audiencia sin que nada se vea comprometido. Una cinta tan enorme como su protagonista generado por computadora que puede disfrutarse únicamente en Netflix, pero vale la pena aun si le pesa a los estirados académicos de Cannes.

Correo: corte-yquesda@hotmail.com