Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Poco realmente es lo que la cinematografía británica ha desarrollado en los últimos años en cuanto a sus relatos cortesanos o de época en comparación a lo que llegó a producir en los 90’s o inicios de siglo, en particular los esfuerzos de directores y/o productores como Ismael Merchant, James Ivory o Shekhar Kapur, sin contar por supuesto esfuerzos bien trazados para la televisión como los documentales generados en el History Channel o la serie “The Crown” para Netflix. Es por ello que “Victoria & Abdul”, cinta dirigida por el agudo y usualmente confiable Stephen Frears (“Relaciones Peligrosas”, “Mi Bella Lavandería”, “Filomena”) basándose en una historia real, debió refinar la mirada en cuanto a su aproximación íntima de una conocida figura monárquica -la Reina Victoria en su etapa crepuscular- una vez que tanto el director como el bagaje argumental de su cine natal han depurado muy bien sus herramientas narrativas y plásticas con el paso de los años para superar un relato meramente anecdótico. Pero anécdota es lo único que encontramos en esta cinta, bellamente fotografiada y espléndidamente llevada a cuestas por su protagonista, la Dama Judi Dench, a quien no le resulta ajena tanto la investidura real habiendo interpretado a diversas soberanas británicas en su ilustre carrera (incluyendo a la misma Victoria en la notable cinta “Su Majestad, La Sra. Brown”) como el trabajar con Frears. Desafortunadamente su histrionismo no basta para elevar un filme que muestra peculiar desinterés por mostrar a sus personajes protagónicos como seres humanos dimensionados o reales, delineando sus acciones y conductas con endeble tiza que los presenta como simples cartones que se desplazan, hablan y solo en ocasiones (en especial durante el tercer acto) muestran emociones genuinas.
Ubicada a finales del Siglo XIX, la cinta comienza con una Reina Victoria (Dench) sumida en el hastío de la vida en el palacio, hasta que conoce a un hindú de clase baja llamado Abdul Karim (Ali Fazal), quien fortuitamente arriba a la Gran Bretaña junto con su amigo Mohammed (Adeel Akhtar) como emisarios de su patria para obsequiarle a la monarca una moneda ceremonial con que se pretende honrarla al ser gobernante imperial de su nación. Quebrantando el protocolo real, el joven y apuesto Abdul cruza miradas con la reina, quien solicita verlo a solas. A partir de ese momento ella encontrará en el indostano una catarsis a la sofocante opulencia normativa que conforma su cotidiano, conduciéndola a un mundo de descubrimientos cuando él le habla sobre su cultura, literatura y condición social de su tierra. Más los lazos que comienzan a estrecharse entre ellos causa disturbios y encono entre sus reales cortesanos, incluyendo a Bertie, Príncipe de Gales (Eddie Izzard), quienes no ven con buenos ojos que un plebeyo adquiera sus privilegios, por lo que serán sus confabulaciones e intentos por deshacerse de Abdul los que inyectarán drama e intriga al relato.
La película luce y se siente como un proyecto relevante ante la interesante premisa, pero por alguna razón el director Frears elige quedarse simplemente con los elementos representativos sin que ahonde como se debe en la psicología de los protagonistas, aludiendo antes que explorar. Es así que jamás se plantea con claridad cómo es que la Reina se deja seducir (platónicamente, ya que jamás hay planteamiento de una relación que vaya más allá de la amistad) por Abdul más allá de la evidente soledad que marca su condición de monarca, mientras que el hindú solo recita los diálogos que resultan efectivos para cada escena sin que sepamos jamás cómo un hombre de extrema pobreza posee vastos conocimientos literarios e históricos, los cuales lo colocan en la inverosímil posición de maestro de la Reina. Todos los componentes planteados resultan fascinantes, pero nunca se les da un seguimiento a fondo, como si Frears subestimara la inteligencia del espectador como para proveerle de mayores herramientas de discurso, permaneciendo únicamente a un nivel superficial y casi chantajista, pues el subtexto de la intolerancia racial se formula mediante maniqueísmos y relativas estridencias melodramáticas, como se manifiesta en la escena climática del filme cuando Abdul por fin manifiesta una reacción visceral acorde a la situación.
“Victoria & Abdul” vale tan solo por Dench, quien maneja casi en automático un papel de esta envergadura y resulta convincente, dotando de categoría una historia muy atractiva a la que se termina dándole tratamiento de filme televisivo. Recomendable tan solo para completistas de historias sobre la corona británica o fans de Judi Dench.

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